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  Costa Rica - Serenatas en Guanacaste (II)



Yazmín Ross    info@papayamusic.com



(Véase Serenatas en Guanacaste parte I)



V. el río copiaba claro tu perfil divino, en su corriente…”

Hace medio siglo, la mayoría de las personas entraba o salía de Guanacaste en lancha. Cruzar el Río Tempisque en panga, salir al Golfo de Nicoya y llegar a Puntarenas en unas horas era mucho más rápido y menos cansado que pasarse días a lomo de caballo o licuarse bajo el sol en una carreta durante una semana.

Puerto Humo, Bebedero, Puerto Ballena y Puerto Bolsón eran los principales puntos de partida o de acceso a la provincia. Allí en los atracaderos se amontonaban los fardos de forraje, las tucas de madera, el queso fresco, la leche sin pasteurizar, el ganado que iba para el matadero en Alajuela, los granos y las frutas esperando la marea y, con ella, la llegada de la panga desde Puntarenas. Cuando ésta por fin arribaba al muelle, traía los rollos de tela, el alambre de púas para las cercas, los clavos, las latas de zinc, el jabón, las medicinas y toda clase de frascos y latas para abastecer los comisariatos. También, para un lado y para el otro, viajaban los cantores y sus canciones.

Muy a menudo se hacía de noche y las lanchas de pasajeros o de provisiones tardaban más de la cuenta en llegar o quedaban varadas en el lecho del río hasta que entrara de nuevo la marea. Durante la espera, el zumbido de las marimbas y el compás de las guitarras se entreveraban con el humo de los fogones, donde las cholas no paraban de tirar tortillas, silbando ellas también sus tonadas favoritas. La música siempre hizo más cortas las esperas.

En las lanchas el tiempo transcurría de otro modo. No era extraño que el romance comenzara durante el viaje de ida o de vuelta. A lo largo de una de esas travesías nocturnas por el río Tempisque o por el Bolsón en una lancha, es probable que el profesor Adán Guevara tuviera motivos para comenzar a escribir mentalmente los primeros versos de su “Serenata Romántica”:
“La luna columpiaba en el confín
su lámpara sonriente.
El río copiaba claro tu perfil
divino en la corriente”

Adán Guevara nació en Liberia, Guanacaste, en 1913. Maestro normalista y miembro del Partido Comunista, Adán fue parte de una generación de intelectuales y folcloristas como Emilia Prieto, Carmen Lyra, Luisa González y Carlos Luis Sáenz, alumnos todos de Omar Dengo y forjadores de la identidad costarricense.

Adán era una rara mezcla de citadito y hombre de campo. Tenía todo el aspecto del intelectual con sombrero de fieltro, gabardina y mostacho, pero también sentía un profundo arraigo a las costumbres populares de la pampa guanacasteca. Era un apasionado de las serenatas, de montar a caballo y de conquistar el cariño de una mujer con los artilugios de la guitarra.

Pese a la marginación y relativo olvido que sufrió a causa de sus ideas políticas, Adán Guevara fue autor de canciones que se han convertido en verdaderas joyas del folclore guanacasteco. Los tres temas suyos incluidos en esta selección, “Morena linda”, “Serenata Romántica” y “El Hombre Macho” emanan una poesía natural y vernácula que retrata los sueños sencillos a los que podía aspirar un guanacasteco: la exaltación de su valentía, de sus tradiciones, el olor del corral y el sudor del trabajo, pero también la ternura y la esperanza de hallar ese “rincón” donde compartir con la amada las delicias de “un cielo de amor”.



VI. “el perfume de un beso que dejaste olvidado”

“He Guardado”, una de las canciones de amor más cantadas en Costa Rica, lleva la mano musical de Manuel Rodríguez Caracas y su letra ha sido atribuida a Arístides Baltodano, maestro, seis veces diputado, ministro de gobernación en los tiempos de Teodoro Picado y amante de la poesía. Miembro de una de las familias más prominentes de Liberia, Arístides Baltodano se consagró con una sola canción, alrededor de la cual se han tejido historias y conjeturas.

Distinguidas damas liberianas, algunas de ellas con más de 90 años de vida, sostienen que Don Arístides la compuso para una novia de juventud que murió a los 15 años de apendicitis. La versión parece tener sentido por la temática misma de la canción que nos habla del “perfume de un beso” que se queda en los labios del amante aún después de su muerte, recordándole “el sabor de la vida”.

Otra de las historias que circulan entre los familiares de Adán Guevara es que don Arístides quería impresionar a su prometida Belén Guillén con una canción propia y muy inspirada para lo cual le pidió ayuda a Adán, con quien se reunía de vez en cuando a rasguear la guitarra junto con Manuel Rodríguez (el autor de la música). Lo cierto es que la canción no solo cautivó a Belén, quien fue su compañera de vida, sino a todo el que la escucha.
“He guardado en mi boca
cautamente encerrado
el perfume de un beso
que dejaste olvidado”

“He guardado” nació como un pasillo, aunque también se conocen versiones en bolero, salsa y varias instrumentales. Los hijos mayores de Don Arístides y Belén recuerdan que a su padre le gustaba mucho cantarla. Era como una música interior que tarareaba continuamente y que los Baltodano siguen entonando en los funerales, en las fiestas familiares y en toda ocasión.

En cuanto a si fue o no una creación colectiva, nadie lo sabe a ciencia cierta, y es que la propiedad intelectual no era un tema que desvelara a los músicos de esa época. Establecer la paternidad de muchas canciones es un asunto complicado ya que los compositores guanacastecos eran amigos, daban serenatas y colaboraban entre sí. De hecho, muchas tonadas han ido pasando de generación en generación por transmisión oral sin que los músicos se preocuparan por estampar su nombre.



VII. “la guitarra empecé a bordonear...”

Héctor Zúñiga Rovira, considerado el pintor musical de Guanacaste, fue otro liberiano nacido en 1913 que desde niño tuvo vocación por la música. Su método para aprender a tocar guitarra fue dar clases a un amigo al que le enseñaba lo que él iba aprendiendo en unos cursos por correspondencia.

Zúñiga pertenecía a una de las familias acomodadas de Liberia (de ascendencia catalana) que en verano se trasladaban a las playas del Coco en caravana con varias carretas, peones y cocineras. Los peones se encargaban de hacer enramadas a la orilla de la playa, un campamento provisional en el que comían, pescaban, tocaban música, recitaban.

Parte de su abundante producción nació en esos paseos como “Amor de temporada”, su primera canción que data de 1930, y “Murciélago”, la cual fue escrita en una bolsa de papel porque fue lo único que encontraron cuando le llegó la inspiración, según cuenta una de sus amigas cercanas, Nora Loáiciga*. (Nota al pie: *Doña Nora aparece en varias de las fotos de este libro realzando la belleza de las mujeres guanacastecas que fueron las destinatarias de los serenateros.)

Zúñiga fue ingeniero agrónomo, una profesión que le permitió recorrer de arriba a abajo la provincia y curtirse con la vida de las haciendas y con las pasiones que ahí se fraguaban.

Don Héctor es el Atahualpa Yupanqui de Guanacaste. Uno de sus temas más emblemáticos es “El huellón de la carreta”, el lamento del hombre que vaga la noche entera, inconsolable por la traición de una “coqueta”, hasta que despunta el sol y llega la hora de volver a trabajo, solamente para que se inicie un nuevo ciclo, en el que “después de vaquear / …solo el caballo tendrás por compañero”.



VIII. “…alma de rosa y ensueño, ven ayúdame a cantar.”

El legado romántico del Guanacaste serenatero es enorme. De los solares y corredores, de las cantinas y salones, de las tranqueras y hasta de bajo los puentes, mes a mes brotaban nuevas canciones. No todas eran hechas para serenatear, pero aún las compuestas para otra cosa podían acabar en las gargantas de los enamorados trasnochadores.

Tal es el caso de “Peñas Blancas”, de Amado Madrigal. Es uno de esos boleros clásicos, que podrían haber entrado como si nada en el repertorio de Los Panchos. Lo que tiene de especial “Peñas Blancas”* es que se coloca junto a muchas otras canciones del folclor regional, como “Nandayureña”, “Bolsón”, “Santacruceña”, etc., en las que la historia de amor es más bien secundaria y lo importante parece ser la mención del lugar que las inspiró.

Otro caso es el de “Liberianita” de Medardo Guido, maestro y folclorista que trabajó como educador en el corazón de la pampa y cultivó la canción del amor alegre, festivo, con el inconfundible sabor regional del son. Con 90 años de vida, don Medardo es el único sobreviviente de esa camada de compositores nacidos en las primeras décadas del siglo pasado.

Atribuida a Pasión Acevedo y Roberto Arce, “Pasión” toca otro confín del romanticismo de la pampa. Dicen algunos que es una canción de amor a una marimba. ¿Será? Si ponemos atención, la letra personifica al instrumento como si fuera una niña abandonada en una “rústica cabaña”:
“Te adoraban los indios que te querían tanto tanto.
Tus canciones nacieron en las jícaras del campo
y hoy vagan alegres por el orbe sacrosanto...”

La escogencia de estas piezas en “Al Pie del Balcón” pretende mostrar la riqueza de ritmos y la gran variedad de instrumentaciones que permite la serenata guanacasteca. En los arreglos alternan, con bastante libertad, las guitarras y el requinto con las mandolinas, el acordeón y las marimbas, e incluso el piano. En algunas canciones se cuelan los instrumentos propios de las cimarronas y bandas municipales, que eran la escuela musical de muchos serenateros. Así aparece un saxofón, una trompeta o una tuba haciendo contracantos o subrayando las líneas de la melodía. A ratos, también, cuando el espíritu de la tonada lo amerita, se deja escuchar la cimarrona entera.



IX. “…si pudiera volver a encontrar la dulzura…”

A finales de los 50, un viejo radio Zenith todavía daba guerra en una repisa detrás del mostrador de la cantina “Los cuatro vientos”. Era un aparato de madera con rejillas de tejido metálico, que lograba que todos los cantantes sonaran como las chicharras del campo. Eso fue antes de la aparición de la TV y de la expansión de las rockolas, que se adueñaron de las cantinas en las décadas de los 60 y 70.

Aparte del viejo radio de “La cuatro vientos”, las canciones de fuera llegaban a Guanacaste de dos maneras. Una era de boca en boca, proceso en el que las letras y melodías se iban transformando paulatinamente hasta convertirse en canciones totalmente diferentes. La otra manera era por medio de los discos de acetato. Para escucharlos hacía falta una consola o un tornamesa de bulbos, pues todavía no se habían inventado los transistores, por lo que los discos solo se podían escuchar en algunas casas y los salones de baile.

Lo cierto es que, de tanto oírlas a través del achicharrado zumbido de la radio, o en las sesiones de audición en la casa de algún vecino, los cantores regionales se las arreglaron para ir apropiándose de decenas de canciones importadas. “Ojos verde mar” y “Ya nada soy”, del mexicano Gustavo Curiel, son sólo parte de esa oleada que llegó con los boleros, los tangos, las cumbias y los ritmos tropicales.

“Ya nada soy” fue uno de los temas predilectos de los serenateros para pedir perdón a la novia o la esposa, en especial si la falta tenía que ver con algún desliz o infidelidad:
“No puede ser, no puede ser
que no hayas perdonado
si alguna vez por mi culpa
nuestro amor he traicionado…”

Pero no solo los boleros y las cumbias extranjeras chirriaban al atardecer en el Zénith de “La cuatro vientos”. También sonaba de vez en cuando algún bolero nacional. Así fueron adoptados temas de Ray Tico, Ricardo Mora y muchos otros autores de la capital, siempre y cuando los cantantes guanacastecos encontraran un buen motivo para incluirlos en sus repertorios.

Ray Tico y Ricardo Mora alzaron vuelo en las voces emblemáticas de César Portillo de la Luz, Julio Jaramillo, Bienvenido Granda, Los Panchos, Los Reyes, en tríos y orquestas famosas de Latinoamérica, sin que Costa Rica haya figurado medianamente en la historia del bolero.

Nacido en 1919 en Puriscal, un pintoresco pueblito del Valle Central, Ricardo Mora trabajó en una fábrica de guitarras que instaló su padre en la capital muy cerca de la Estación del Pacífico, de donde partían los trenes hacia Puntarenas con muchos de los encargos que la gente de Guanacaste ocupaba del “mundo civilizado”. La primera desilusión amorosa le reveló su facilidad para componer canciones que calan hondo. “Por qué me engañas, corazón” fue la primera de un centenar y medio de temas suyos.
“¿Por qué me engañas, corazón, si aún la quieres?
¿Por qué me mientes, si no puedes olvidarla?…”

Mora fue otro serenatero incorregible. “Llegó un momento en que le dije ya no quiero ni una serenata más”, recuerda su esposa Carmen Víquez, quien se enamoró de él en un concurso infantil de radio. “Llegaba a deshoras, me cantaba. Yo muy contenta le hacía un campito en mi cama pensando que ya se iba a acostar conmigo. Me daba un beso y no volvía hasta terminar la ronda de serenatas a todas las novias y las mamás de los que andaban en el grupo”.
“Yo no quise que sacrificara la música por mí. Nunca lo puse en esa disyuntiva porque era un músico completo, un músico nato”, dice esta mujer que conserva su belleza a prueba del tiempo y que padeció, como tantas otras esposas los inconvenientes de esa vida de bohemios, de trasnochadores al servicio del romance.



X. “…cruzar el espacio con el alma rota…”

La época dorada de las serenatas y el romanticismo vernáculo pasó hace tiempo. Lo que queda hoy es la estela, el “huellón de la carreta” y el repique de los cascos de los caballos en que miles de cantores recorrieron los caminos polvorientos para llevar sus quejas y esperanzas a oídos de sus amadas.

Cuántas parejas, cuántas familias, cuántos amores y también cuantas traiciones comenzaron con una de esas serenatas. Cuantos amigos se enemistaron al encontrarse de noche en la calle y darse cuenta de que venían a cantar frente a la misma ventana. Cuánto de la historia de la provincia debería contarse a partir del impacto, bueno o malo, que causó la letra de una canción o el temblor de la voz coyoleada de un cantor.

Vale la pena detenerse un instante y escuchar las voces de esa herencia. Son las voces de los güilas de entonces, los que aprendieron el oficio directamente de aquéllos maestros y lo han ejercido a lo largo de cuarenta o cincuenta años.

Max Goldenberg tuvo el privilegio de aprender con su tío Adán Guevara. Los hermanos Juárez son hijos de una familia de músicos en la que su madre tocaba marimba. “Papi” Baltodano, quien tiene un parentesco lejano con Don Arístides, el autor de “He guardado”, emigró a San José a ejercer su profesión de ingeniero civil donde se relacionó más con el ambiente y el estilo de los boleristas. Incluso la guitarra que posee desde 1966 la adquirió en la fábrica de Ricardo Mora.

Max Goldenberg y “Papi” Baltodano se encontraban prácticamente retirados, dedicados a la ebanistería, a una granja ecológica y una huerta orgánica, en el caso de Max, y los negocios de construcción y bienes raíces, en el caso de “Papi”. Volvieron a reunirse con los hermanos Juárez en los estudios de Papaya Music para grabar “Al pie del balcón” y lucir las armonías vocales, los contracantos y un fraseo distinto para cada una de las dieciséis piezas de este disco.

Sus voces destacan gracias a la sensibilidad y el buen gusto de Fidel Gamboa, líder del exitoso grupo Malpaís y encargado de los arreglos la dirección artística. Su aparición en este disco viene a cerrar el ciclo de la herencia serenatera. Vale la pena escucharlo en “Ya nada soy” o cantando a dúo con su tío Max “El hombre macho” de Adán. Son tres generaciones en una sola canción.

Con Fidel, se hacen presentes además una serie de músicos que representan la actualidad del quehacer artístico costarricense. Entre ellos se destacan el concertista de guitarra clásica, radicado en Brasil, Mario Ulloa, quien ejecutó magistralmente el requinto, y el tecladista, compositor y arreglista Walter Flores. Junto a ellos figuran también Iván Rodríguez en las mandolinas y Jaime Gamboa en el bajo, ambos integrantes con Fidel del grupo Malpaís, así como el percusionista Carlos “Tapao” Vargas, quien además de Malpaís integra el grupo Éditus. A ellos se suman otros músicos de primera línea, integrantes de agrupaciones como la Orquesta Sinfónica Nacional, Trombones de Costa Rica y Sonsax, entre otras. Todos ellos hicieron contribuciones decisivas para convertir este disco en un verdadero aporte a la recuperación, renovada y fresca, de este capítulo de la identidad cultural costarricense.

Ahora las serenatas se desarrollan en otro contexto, pero la necesidad de componer es la misma de hace cincuenta años. Es la búsqueda de las palabras y las melodías que digan lo que ninguna otra canción ha dicho antes.

No se lo preguntamos, pero suponemos que eso exactamente fue lo que le pasó a Max Goldenberg cuando a finales de los años ochenta, sentado allá en su granja, entre varios quesos que chorreaban suero, comenzó a borronear los versos de su bolero “Alma y barca”. No hay necesidad de preguntárselo, porque “Alma y barca” nos responde por él:
“… quisiera muy pronto anclar mi destino,
o salir volando como la gaviota,
cruzar el espacio, con el alma rota,
y seguir subiendo como ángel bendito
buscando consuelo en el infinito.”

De un modo extraño, pensamos que estos versos resumen lo que ha sucedido con la propia tradición de las canciones románticas y serenateras de Guanacaste. Como barcas que dejaron su puerto hace muchos años, ahora buscan consuelo en un país tan cambiado que acaso cueste reconocerlo. Y buscando ese consuelo se elevan sobre nuestras cabezas y pasan dejándonos sus sombras y un dolor, y el perfume de un beso para siempre en nuestra boca.



Abril de 2006


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