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Zumbí
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Kintto Lucas info@argenpress.info
Esta semblanza pertenece al libro de Kintto Lucas
Rebeliones indígenas y negras en América Latina,
Ediciones Abya Yala, Quito, 1992, varias ediciones.
1695. El negro viejo de pelo blanco, fuma su pipa
recostado contra una pared de madera. Fuma y mira los
negritos que corren por la plaza ser reprendidos por sus
madres. Fuma y recuerda... 'Cien años ya que se fundó
Palmares. A sabiduría do Exu, a força de Ogún y a
astucia de Oxosse nos faz viver... Y nosos irmaos siguen
chegando... 'Como hace cien años, cincuenta o veinte,
ayer varios negros han llegado a Palmares... Y llegan
queriendo ser gente. 'No somos cosas, tenemos nuestra
historia' suelen decir. Escapan del maltrato en los
ingenios de caña de azúcar que se extienden por el
nordeste brasileño. Tierra de sol quemante: selva,
sertao y sierras. No quieren seguir dejando el corazón y
el alma en los trapiches. Se hacen cimarrones y caminan
a la sierra en busca de la libertad de esta nación negra
comunitaria de seis pueblos: Macacos que es la capital,
Subupira, Dambrabanga, Obenga, Tabocas y Arotirene. Cada
uno es dirigido por un jefe y en las plazas las
asambleas populares definen rumbos. Cosechan feijao,
maíz, mandioca y tabaco; crían gallinas y porcos. La
palma africana que cubre la sierra les regala su
nobleza: las hojas son techo, pared y cama; las fibras
material para tejer ropas y canastos; la pulpa del fruto
alimento y el carozo da el aceite. Son treintamil
libres, dueños de su propio mundo. Trabajan para
ellos... y también descansan porque 'o branco nao vem
cá, si vem o diabo levará y a garrotazos sairá'. Al son
de maracas, tambores y campanillas cantan y bailan;
veneran a sus orixás, defienden con armas las
conquistas... y por las noches tocan fogo nos
cañaverales... 'Cuando amanece desde a praia, la de
longe, se ve a fumaza', piensa el preto velho, y sonríe
con cierta ironía, soltando bocanadas de humo...
Los portugueses están preocupados: en cien años, más de
treinta expediciones militares intentaron acabar con
Palmares... no pudieron. Unas veces los
soldados-cazadores de negros, terminaron enloquecidos,
tragados por la floresta, otras quemaron pueblos vacíos
creyendo haber vencido...
Siempre imaginan vencer... tan solo vencen la sombra que
aparece y desaparece. Ni los holandeses que ocuparon
Pernambuco durante muchos años, ni los portugueses, han
podido con Palmares... Cuando lograron algún prisionero:
los holandeses lo crucificaron y los portugueses lo
mutilaron para dar temor a los que todavía eran
esclavos. 'Cuando los holandeses invadieron -recuerda el
viejo-, los portugueses querían darnos la libertad para
que combatiéramos con ellos. Creyeron que
aceptaríamos... esa guerra no era nuestra, cualquiera
que triunfara nos seguiría esclavizando'.
Algunas de las expediciones contra Palmares estaban
comandadas por negros esclavos a los que se daba la
libertad por liquidar a sus hermanos... Otras cruzadas
iban dirigidas por mestizos engreídos como aquel capitán
que en 1677 dijo a sus tropas antes de partir: 'La
naturaleza hizo a los esclavos para obedecer y no podrán
resistir. Si terminamos con ellos habrá tierras para
plantar caña de azúcar nuestra, negros para el trabajo y
honor para todos'. Volvió derrotado... Y como la
victoria no llega, los portugueses inician
conversaciones de paz... Al año siguiente en Recife el
gobernador de Pernambuco representa la corona
portuguesa, el jefe Ganga Zumba al pueblo de Palmares, y
el obispo hace de intermediario. Hay acuerdo: 'Los
santuarios de Palmares serán desalojados. Se declara
libres todos los que allí nacieron. Los que llevan la
marca de fuego candente vuelven a ser propiedad privada
de sus amos'. De los treinta mil palmarinos solo cinco
mil aceptan el trato. 'Traidor, merecía la muerte, ese
grande diabo de
Ganga Zumba', piensa el negro viejo y sus ojos se
iluminan. Zumbí, jefe de Macacos y sobrino de Ganga no
acepta lo que cree traición. 'No creo en la palabra de
mis enemigos, ni entre ellos mismos se creen', dice al
pueblo que se queda... 'Han pasado diecisiete años y la
resistencia se mantiene. Zumbí sigue aplicando la
justicia del fuego en los cañaverales', piensa el viejo.
Y mientras el recuerda y se regocija con sus pensares,
en Recife se prepara la mayor expedición militar de que
se tenga memoria.
Jorge Domingos, un mestizo que había sido contratado por
la corona portuguesa para exterminar indígenas
sublevados en el sertao de Pernambuco y Río Grande do
Norte, cumplidor de su trabajo, fue llamado para
destruir Palmares. Tierras, negros para vender, órdenes
religiosas y grados militares, son los ofrecimientos. Se
vacían cárceles y pobres de todos los rincones vienen a
engrosar el ejército más grande que se haya formado en
Brasil. Diez mil hombres: indios, negros y mestizos -los
europeos mandan no pelean-, atraviesan la selva y suben
la sierra donde están las fortificaciones negras.
Varios días duran los cañonazos que logran destruir la
triple muralla de madera y piedra. Tras el combate
cuerpo a cuerpo son miles los muertos, otros al intentar
huir resbalan por el despeñadero al vacío; también están
los que se arrojan al precipicio prefiriendo la muerte a
la esclavitud; unos pocos logran escapar... El preto
velho cae con lágrimas en los ojos pidiendo a los orixás
que protejan a Zumbí de la saña enemiga... Desde la
costa se puede ver el humo que surge de la sierra
mientras las llamas se tragan Palmares. El jefe Zumbí ha
logrado escapar y se interna en la selva reuniendo a sus
hermanos. Allí estará tiempo reconstruyendo los
sueños... Entre los esclavos se corre la voz: 'A Zumbí
la muerte no lo toca'... Pero un día, cuando el sol está
naciendo llega un negro a la floresta, amigo en Macacos.
Zumbí lo abraza, el traidor le hunde su puñal en la
espalda. Los soldados lo degüellan y clavan la cabeza en
una lanza. La llevan a Recife para exhibirla en la
plaza:
'Así aprenderán que Zumbí no es inmortal', gritan. El
viento ya camina rápido por las ruinas de Palmares. El
fuego se ha comido todo... creen los que han vencido que
con Zumbí han muerto la memoria de Palmares... Y como
antes, se equivocan. Dicen sus hermanos que el jefe
sigue caminando entre los espíritus y a veces decide
bajar. Mientras un hombre explote a otro, él andará por
acá, entre las palmas, cantando el canto de las araras,
danzando el ruido de los tambores, dirigiendo a su
pueblo entre el cielo y la tierra...
Los jefes de las rebeliones que vendrán seguirán
llamándose Zumbí...
Hoy cuando mil o dos mil agricultores sin tierra del
nordeste ocupan un latifundio o toman un pueblo
saqueando depósitos de alimentos hay quienes recuerdan a
Zumbí. El anda caminando, baja en los templos de
candomblé, sale a la calle y dirige las revueltas
fumando seu charuto. Hasta que un hombre explote a otro,
andará revelándose por los tiempos...
Argenpress
Noviembre de 2005
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