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Este puente hecho a base de juntar palabras



Carlos A. García   cidcc@cubarte.cult.cu 

Investigador cubano del Centro Juan Marinello de La Habana


foto: José Kozer    www.zunai.com.br


José Kozer nació en La Habana en 1940 y en 1960 emigró a Estados Unidos. Enseñó lengua y literatura en el Queens College de Nueva York. Ahora vive en Málaga.


Para los amantes de la poesía hispanoamericana contemporánea, decir José Kozer es evocar uno de esos fenómenos literarios que no por conocidos, dejan de parecernos menos singulares: se trata de un poeta que, por hábito, enfermedad, juego y religión a un tiempo, a contrapelo de las supuestas lentitudes del oficio, vive en estado de constante creación o —como él mismo ha dicho— “segregación” de escritura, “estallido” diario en el poema.

La suya es una poesía mayor frecuentemente apegada a lo ínfimo y en apariencia insignificante, que “va relatando y recogiendo la diversidad del mundo en cuanto mundo” (J. Kozer en: Sefamí; 2002: 219). Están la veleta en lo alto de la torre, los ingredientes de un almuerzo con su mujer o el insecto que zumba en el alféizar de la ventana, pero no en otra forma que palabras degustadas, casi comestibles: ristra, orla, veleta… moscatel, mojo, arroz… escarabajo, jején, abeja o tábano… casi nunca el trazo sintético y confiado de un hiperónimo, sino el medrar de la mayor variedad posible de hipónimos o de sus imágenes suscitadas en el poeta; una multiplicidad proliferante, instaurada como principio que reproduce, en lo fónico (efecto sonoro de su característica estrofa de largo aliento), en lo léxico-sintáctico (ligazón sintáctica alógica, propiciada por el anacoluto y relacionada con la asociación emotiva entre palabras), en lo tropológico (la metonimia es el recurso kozeriano por excelencia) e incluso, en el número mismo de sus poemas (el poeta ha contado más de seis mil obras escritas hasta hoy), eso que algunos críticos han llamado Efecto Kozer, y que alude a la proyección de la complejidad del mundo sobre las estructuras del lenguaje.

Pero el afán de Kozer no se agota en la inmanencia. Ese muro/puente/cuenco hecho a base de juntar palabras surge necesariamente de un estado de contemplación anhelante de jerofanía (‘manifestación de lo sagrado’), de una suerte de especulación, al mismo tiempo desesperada y feliz —acaso sencillamente honesta—, sobre la verticalidad posible en la horizontalidad del mundo, y la falibilidad evidente del lenguaje para iluminarla. ¿Poesía religiosa, poesía mística la de él?: digamos que sí, pero no en los términos tradicionales, puesto que desde hace mucho tiempo, como judío, cubano y escritor diaspórico, este autor está de vuelta de aquellos viajes utópicos conocidos y fracasados, para proyectar el suyo propio minando los espejismos del poder (Historia, Religión, Cultura, en sus sentidos estrechos).

Un profundo sentido de libertad se manifiesta al observar, por ejemplo, los modos de la multirreferencialidad cultural en la poesía de Kozer, vista en la peculiaridad e imbricaciones de tres de sus núcleos básicos de referencia cultural, a saber, el componente cultural judío, el componente cultural cubano y el componente cultural oriental, enfocado en el budismo zen.

Para aprehender por lo poético, parece decirnos, es imprescindible una visión enteramente nueva y diferente –en el sentido de “desocultadora”: romper el esquema establecido del mundo; librarse de la experiencia unívoca. El poema nace del deseo que informa la pugna con la sujeción. De esta suerte, la multirreferencialidad cultural aquí adquiere la forma de un interculturalismo concienzudo y desacralizador.

Kozer asedia cada cultura en busca de un aporte sustancial en el interior de su personalidad, pero la índole de las apropiaciones que de ellas hace, difiere radicalmente de la de las apropiaciones posmodernas a las que pudieran evocar: mientras que éstas se corresponden con el juego nihilista de los signos tan gustado por los artífices posmodernistas, en aquellas todavía se conserva la creencia nada perversa en la posibilidad de un descubrimiento por el arte, implícita en la idea de la poesía como revelación y arma de la pregunta por la existencia.

En determinada zona de su quehacer, estos núcleos de referencia culturales adquieren contornos bien definidos y son, por esto, susceptibles de ser analizados, en sus marcas visibles. En Bajo este cien (1983) y Carece de causa (1988), dos de sus obras emblemáticas, la peculiaridad del tratamiento de estos referentes radica en que, lejos de someterse a esquemas y reglas de funcionamiento preconcebidas, el poeta actualiza sus significados culturales en virtud de un principio de convergencia o recombinación creadoras que se activa en el interior de su personalidad. La evidencia de esto lo constituyen los modos muy particulares en que cada uno de estos tres componentes culturales básicos se manifiestan.

Del componente judío, remarco en la obra de Kozer lo concerniente a su interés por la esfera de la cultura simbólica, aunque lo judío en esta poesía es también un tema e inclusive un lenguaje (el yiddish) que, según algunos críticos, influye la estructura profunda del poema. Al poeta parece absorberlo la noción del Deus Adsconditus que domina tanto la filosofía y el arte como la religión judaicas. En su obra subyace o se manifiesta explícitamente el tema de la relación polémica entre lo múltiple y lo uno, lo manifiesto y lo inmanifiesto, lo impermanente y lo permanente, mostrando con suma frecuencia una preocupación metafísica que, según dice en algunas de sus entrevistas, preside su vastísima obra poética: el deseo del Uno, la angustia por alcanzar, mediante la escritura profusa, “la anhelada, radiante letra Aleph” (Claudio Daniel. “Entrevista a José Kozer”, p. 7 [Correspondencia personal con el poeta]) Junto a la pregunta por la trascendencia, otras nociones capitales como la idea del hombre como un ser transterrado eterno e incluso la peculiar concepción de la escritura (la letra) como el espacio idóneo para encaminar aquella indagación y para zanjar otras como la de la identidad étnica (debe pensarse en la Cábala), no pueden pasar por fuente más rica que la ancestral judaica para beber y contemplarse en el reflejo.

Del componente cultural cubano, por otra parte, destaco varios elementos: la presencia de un amplio vocabulario de cubanismos en los que encarna el espíritu de la tierra natal evocada; en ausencia del elemento natural natal por la partida hacia los Estados Unidos, también aparece en esta poesía una especie de geografía insular doméstica suavemente delineada por la presencia de ciertos platos, bebidas, pertenencias y usos. Sin embargo, entre otras características, el más sugerente aporte parece radicar en dos elementos estrechamente vinculados entre sí: el primero, la aquí nada superficial noción kozeriana de ‘tropicalidad’, de la cual el poeta deriva una reflexión estética muy seria sobre la literatura latinoamericana contemporánea y sobre la suya propia, reflexión que puede seguirse claramente en algunas de las diversas entrevistas que ha ofrecido, y que lleva directamente al análisis del llamado neobarroco poético. Y segundo, la concreción de esa teorización en su obra misma en virtud de la hibridez y desenfadada flexibilidad que caracteriza aspectos como este de la multirreferencialidad cultural, pero también otros, que otorgan a aquella una diáfana y singular fisonomía.

Es en su filiación zen donde esta poesía demuestra su más libre condición intercultural puesto que nada, excepto el interés propiamente poético, explica su profunda inclinación hacia el “Lejano” Oriente. En Bajo este cien, la comprensión de formas poéticas tradicionales japonesas como el hai-kai se manifiesta en el dialogismo de su tratamiento: allí vemos hai-kai llevados al límite del versolibrismo por la ausencia de silabismo y métrica tradicionales (“Zen”), o poemas donde la síntesis clásica es quebrada por una dilatación perifrástica, casi narrativa (“Bienvenida”). Carece de causa, por otra parte, los recoge clásicos, nítidos, pero en el seno de típicos poemas kozerianos (como aquel verso “Centro, helado: el mundo, exterior”, de “1983: Final”). Este laboratorio de experimentación formal es también, y con mucho, el de las indagaciones filosóficas y espirituales que le son consustanciales a esas formas. Algunos poemas de Bajo este cien constituyen una clara huella del acercamiento inicial de Kozer a la sabiduría zen (de ahí la atenta, aunque nada pasiva, escrutación del hai-kai) en tanto que Carece de causa es un libro donde la apropiación cultural es ya tan madura que infunde el modo de acercamiento a la realidad circundante que es inherente al poema kozeriano típico. Lo zen -y también lo cubano, en un modo diferente- parece aportar a esta poesía el contrapeso necesario a la ardua faena espiritual impuesta por la filiación primera del poeta. La espiritualidad basada en la búsqueda de la armonía interna en la convivencia con la naturaleza, la idea de equilibrio con la totalidad (el centro compuesto por muchos centros) y la noción de ‘revolución en la calma’, aplacan el rigor de la tremenda pregunta judaica por la trascendencia. De hecho, devienen un método de atención en virtud del cual el poema de Kozer se erige como el resultado, siempre incompleto, del intento de captar el “estado total del presente”, presente no entendido como el tiempo opuesto a un pasado y un futuro al que la concepción racionalista nos tiene acostumbrados, sino como uno abierto, múltiple, convergente, donde las experiencias se integran prismáticamente entre sí y con la realidad, buscando provocar esa vivencia hacia lo Último, Total y, por ende, Uno de que ha hablado Kozer (“El que vive en lo presente vive en Dios –ha dicho el poeta-, vive en estado de santidad, en estado de sosiego. […] el poema lo que pretende es eso. […] Captar el momento es hacer el poema: haikú, instantaneidad, rapidez, iluminación…” Sefamí; 2002 (I): 3).

Lo anterior expresa una idea que, por simbiótica, lleva las marcas de un pensamiento largamente mascullado por un hombre receptor de influencias culturales muy disímiles: justamente, heterodoxia, “espíritu de riesgo”, diría el poeta, junto a un particular poder de síntesis, son los requisitos indispensables para realizar la más profunda condición de lo intercultural que implica, no sólo la participación activa de los sujetos en los diferentes complejos culturales, sino también el diálogo y la integración hasta donde esto sea posible, entre sus sistemas de significación.

Descategorizar, hacer subir y bajar, converger o diverger, desacralizar lo sacralizado o viceversa… Si como Kozer le replica a Kierkegaard, la poesía es una forma integral del conocer donde lo estético, ético y religioso se entremezclan con lo lúdico, rompiendo toda jerarquía, a nadie podría sorprender la cualidad totalizadora, asimiladora, regurgitadora que la suya tiene. Y este aspecto de la multirreferencialidad cultural expresada en el modo de un dinámico y nutritivo interculturalismo que ahora, de modo muy general he tratado, no sería allí sino una de las facetas más visibles y representativas del iceberg inmenso de ese universo de indagación y sabiduría.



Referencias

Sefamí, Jacobo, La voracidad grafómana: José Kozer. México, DF: Universidad Nacional Autónoma de México (Colección Paideia), 2002.
-------------------, “La devoción en busca de un poema: Entrevista a José Kozer” [Correspondencia personal con el poeta], 2002 (1).



Mayo de 2006




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