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  Leonor González Mina. El alma de la Negra Grande de Colombia 



Ricardo Rondón    redaccion@argenpress.info

Periodista colombiano. Editor de Cultura y espectáculos del diario El Espacio, de Bogotá.




                                                                                                           foto: www.argenpress.info


En la soledad de su refugio del norte de Bogotá, Leonor González Mina, la popular 'Negra Grande de Colombia', lee, pinta, borda, teje, riega sus matas, cocina y piensa. Piensa mucho...

Ahora mismo está hilvanando su propia filosofía, producto de una vida fecunda y provechosa de 70 años en su papel de actriz, de cantante, de folclorista, de embajadora ante el mundo, de madre ejemplar, de negra, cuando dice que ha sentido los azotes de la segregación. No obstante, a sus 70, Leonor sigue rompiéndose el alma.

Le ha dado varias veces la vuelta al mundo llevando su canto y su folclore a través de su poderosa y a la vez desgarradora voz. Durante 15 años consecutivos recorrió palmo a palmo las naciones de la Unión Soviética. Ha grabado más de 30 discos. Ha cantado por igual boleros, pasillos, bambucos, todo el folclore del Pacífico y del Caribe, y hasta música llanera.

'Llevo la módica suma de 45 años en el mundo artístico. Y este año cumplí los 70 de estar dando brega', dice la querida Negra, que es al tiempo sensibilidad y fortaleza, lucha y emoción, alegría y dolor de patria.

Ha grabado cualquier cantidad de seriados, dramatizados, telenovelas. Como si fuera ayer recuerda uno de los papeles más entrañables de su periplo escénico: el de Hipólita, la nana del Libertador en Bolívar, el hombre de las dificultades, dirigida por Jorge Alí Triana y protagonizada por el desaparecido Pedro Montoya: 'a mí me dio muy duro la muerte de Pedrito'.

Ha filmado a las órdenes de ese monstruo de la cinematografía italiana llamado Bernardo Bertolucci. Ha trabajado al lado de Trinity, de Bud Spencer y de Franco Nero. Nos ha dejado personajes imborrables en la memoria como Zenobia, en Azúcar, bajo la batuta de Carlos Mayolo, una de las series mejor logradas y significativas de la televisión.

Sabe qué es levantar un auditorio en China, en la India, en el Japón, en Madrid, en París y en Londres, y la nostalgia le hace soltar una lágrima cuando recuerda aquel disco con el que nació como artista: Cantos de mi tierra y de mi raza, con esos temas que le abrieron las puertas del éxito y la popularidad: El Tío Guachapecito, Angelitos Negros, El rey del Río, en tiempo de 'aguabajo' (ritmo tradicional chocoano) y plegarias orales del Atrato.

Solo se casó una vez. El matrimonio le duró 19 años y juró que nunca más se volvería a casar, con la siguiente sentencia: 'Aquí en esta casa no se vuelven a colgar ni calzoncillos ni medias que no sean de mis hijos'. Y lo cumplió al pie de la letra.

Y siguió rompiéndose el alma levantando a sus muchachos: Juan Camilo, administrador de empresas, y Candelario, genio de la música, que falleció absurdamente hace siete años en Italia, en un viaje de Milano a Torino, víctima de un aneurisma, en la plenitud de su juventud (apenas tenía 34 años), cuando se disponía a hacer uno de los trabajos cruciales de su carrera: modernizar la música de las películas de Federico Fellini.

A Leonor, ese fatídico episodio la marcó para siempre: 'Sentí que se me escapó el alma, que lo había perdido todo. Ha sido la tragedia más grande de mi vida'.

Por eso a veces entra en unas tristezas y aislamientos profundos, de los que sólo la saca la tierna sonrisa de su nieta Juana.

Muchos creen que Leonor es chocoana, pero no. Nació en Robles, jurisdicción del municipio de Jamundí, en el Valle del Cauca, la misma tierra que años después viera nacer un prodigio de futbolista: el negro Viáfara.

A contracorriente y librando más de una batalla, llegó a los estrados del poder como Representante a la Cámara por la circunscripción de Bogotá, en el período pasado. 'Más de uno intentó bajar a la negra del púlpito, pero no pudieron'.

A sus 70 años todavía se quiebra el espinazo en los escenarios y en los sets de grabación. En abril fue conmovedora su presentación en el concierto de despedida de Chavela Vargas, con Diego El Cigala y Sara Baras.

Hace poco terminó las grabaciones de Un ángel llamado Azul, donde encarnó a Nieves, y está preparando su nuevo álbum que piensa lanzar a finales de este año.

¡Dios, mío!, y uno se pregunta, ¿de dónde tanto vigor, energía y fe en la vida? Porque eso es la 'Negra Grande de Colombia': un monumento a la vida, a la sensibilidad y a la creación.

-¿No se cansa usted Leonor de romperse el alma?

-No me cansó, para nada. Solamente se romperá el día en que mi alma abandone mi cuerpo.

-Porque usted ha sido una guerrera de muchas batallas...

-Sí, he sido una guerrera realmente como usted dice, y me lo demostré cuando trataron de sacarme injustamente del Congreso en dos ocasiones. Pero di la batalla y no pudieron. Y seguiré en la lucha.

-¿De dónde ese espíritu combativo?

-De mi mamá, que se llamaba como yo. En la época horrible de la violencia entraron a la casa, mataron un hermano y le cayó a los pies a mi mamá, y ella enloquecida se lanzó contra el asesino y le quitó el rifle. Decía mi papá que si ella hubiera sabido utilizar el rifle, ni él hubiera quedado vivo en ese momento. Leonor fue una mujer supremamente luchadora'.

-Usted heredó ese temperamento, pero también la sensibilidad, porque en medio de su dureza también es una mujer muy tierna.

-Es cierto, me conmuevo con nada. Lloro con el dolor de la gente. Casi no veo ni los noticieros porque me producen mucha angustia. Lloro porque sí y porque no. No sé de donde me salen tantas lágrimas. Y cada día me pregunto: Dios mío, ¿hasta cuando?.

-¿Hasta cuándo qué, Leonor?

-Cuándo será que nos vamos a despojar de nuestros egoísmos, de nuestros odios, de nuestros rencores, y cuándo vamos a empezar a acordarnos de la armonía y la tranquilidad que merecen nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos.

-He ahí su canto desgarrado, porque usted canta con el alma abierta, canta como una negra...

-Por eso canto como escribe el maestro José Barros: 'Violencia, maldita violencia, por qué no permites que reine la paz, que reine el amor, que puedan los niños dormir en sus cunas, sonriendo de amor''.

-Usted es de las que llora cantando...

-Sí, para mí cantar es una declaración de amor; me lo tomo muy a pecho, lo siento, lo vivo, y por eso lo lloro.

-¿Cuál es la canción qué más se parece a su vida?

-En diferentes etapas, hay varias que ligan con mi vida, por ejemplo: A la mina no voy, porque la compuso mi ex marido y estuvo mucho tiempo ligada a mi vida. Y también Angelitos negros, que es un tema absolutamente hermoso.

-¿Hay algo de su banco genético en las selvas del Atrato?

-No. Yo soy bien valluna, olorosa a caña, y con una gran nostalgia y dolor de la Costa del Pacífico'.

-¿Qué es ser negra, Leonor?

-Es un compromiso muy grande, porque con toda la segregación tapada que hay en este país, y que la he sentido, me toca cada día demostrarle a la gente el potencial que hay en mí, tanto como artista, como mujer y como ser humano que tiene dolor de patria.

-Fuera del arte, de sus hijos, de su canto, de su adorada nieta, ¿qué más puede redimir tanto sufrimiento?

-La soledad y la tranquilidad de conciencia, esa paz interior que no tiene precio. Esa felicidad de saber que he cumplido sin engañar a la gente, y que me he cumplido a mí misma.

-¿Por qué no se volvió a casar, Leonor?

-La verdad quedé muy cansada, con muchos miedos, con muchos traumas; tampoco voy a decir que no he tenido ilusiones, porque alma de Sor Teresa de Calcuta no tengo. Soy mujer y como mujer también he vibrado.

-¿Y hoy con qué ojos ve a los hombres?

-Mi hijo me dice que a mí qué me pasa, y la verdad es que he entrado como en indiferencia, y como que tengo otras cosas en qué pensar.

-Eso se llama sabiduría, Leonor, eso quiere decir que usted está alimentando con lo que ha vivido y con los años, su propia filosofía...

-Es la mejor escuela. Es el resultado de tantas vivencias, donde he podido aprender a seleccionar hasta los amigos.

-¿De qué más se ha desprendido?

-De lo único que no me he desprendido es del amor a mis hijos, a mi nieta, a mi familia, y a mis amigos.

-¿Qué se siente al tener 70 años?

-Sabe, el día que cumplí 70 años no quería que nadie me llamara, y entonces ese día fue cuando más llamadas recibí; cuando más publicaciones hicieron. Yo quería tener la cabeza debajo de almohada. Yo decía: 'Leonor, ¿70 años? Te estás acercando mucho, mucho a chupar gladiolos'.

-Pero no los demuestra...

-A pesar de los dolores y los sufrimientos que he tenido, yo digo, '¡Eh!, Leonor, adelante, tú puedes''.

-Déjeme decirle que usted todavía levanta más de un suspiro...

-¡Ay Dios mío!, imagínese, eso sería como volver al kínder (escuela primaria) y tengo mucha pereza.

-¿De vez en cuándo se toma un traguito?

-Eso sí. Pero en estos momentos no puedo porque estoy en tratamiento. Sufrí una diverticulitis y afortunadamente mi médico bioenergético me salvó del apuro, y de una operación. Pero, sí, me tomo mis traguitos: un buen vino tinto de vez en cuando, me anima.

-¿Por qué se resiste a no estar acompañada?

-Porque me encanta la soledad, me fascina el silencio, y porque vivir con alguien no deja de ser tormentoso. Yo leo, escucho música, pinto, bordo, tejo, hago mi comida, y pienso; pienso mucho.

-¿Con qué bolero le gustaría que la despidieran para abordar la nave definitiva?

-No sería un bolero sino muchos currulaos y música guasca; mire esta vaina tan complicada: a mí la música guasca me enseñaron a escucharla en Medellín un grupo de profesores de la Universidad de Antioquia. Y se me metió en el alma

-¿Qué idea tiene de Dios, Leonor?

-¡Ay!, es que ese Señor si es un todopoderoso. Nos aguanta todo, con todas nuestras bondades y nuestras miserias humanas. Como dicen los muchachos de ahora: 'ese Señor es un bacán'.



Publicado en Argenpress 30/09/2004


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