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 La fiesta de un poeta



Luis Toledo Sande      

Subdirector de la revista Casa de las Américas. Ha publicado numerosos libros en diversos géneros: uno de los más recientes, Cesto de llamas. Biografía de José Martí, se ha editado varias veces en español (lengua en la cual reaparecerá próximamente), y circula en inglés y en chino.



foto: Diaz Granados



José Luis Díaz-Granados, nacido en Santa Marta, Colombia, en 1946, luego de otros viajes a Cuba llegó a La Habana el 5 de febrero de 2000 para establecerse en esta tierra, donde vive como un cubano humilde más. En su país lo habían amenazado de muerte fuerzas ultraderechistas que condenaban su actitud política, particularmente su actividad en la Casa Colombiana de Solidaridad con los Pueblos, radicada en Bogotá, y que él presidió desde 1992. En esa responsabilidad participó en la organización de actos como un encuentro celebrado en la capital colombiana en 1994 con el líder cubano Fidel Castro.

Su hija, Carolina, se ha arraigado tanto en Cuba que a Díaz-Granados y a Gladys Siabato, su esposa y madre de la ahora treceañera, les será difícil arreglárselas para volver a Colombia, aunque desaparezca el peligro encarnado en aquellas amenazas. El primer trabajo de relevancia pública llevado a cabo por el escritor en la Isla fue como jurado de novela en el Premio Literario Casa de las Américas 2001, a inicios de ese año. Alguien acostumbrado a seccionar a los seres humanos, e ignorante del rigor con que la Casa asume sus responsabilidades, pudo acaso pensar que a dicho trabajo se incorporaba, sobre todo, el revolucionario acosado en su tierra de origen y bien recibido en su segunda patria. Pero entonces ya él tenía publicada una extensa obra, apreciada dentro y fuera de Colombia.

Esa obra incluía los poemarios El laberinto, Cantoral, Poesía dispersa, Rapsodia del caminante y Oficio terrenal -que habían dado lugar al de Poesía escogida-; los volúmenes para público infantil Juegos y versos diversos y Cuaderno matinal (ambos con poemas y relatos), Cuentos y leyendas de Colombia y la pieza teatral La muñeca nocturna, estrenada en 1996; el libro de reportajes Las mil caras de la URSS (a partir de sus viajes a esa tierra en 1985, como delegado al Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes, y en 1986, como periodista invitado), y las novelas El muro y las palabras, El esplendor del silencio y Las puertas del infierno.

La tercera edición de Las puertas del infierno la publicó Planeta Colombiana en su colección Espasa Narrativa en 1999, poco antes de que el autor se estableciera en Cuba. En la contracubierta y en una de las solapas muestra varios elogios: entre ellos los de sus paisanos Manuel Zapata Olivella y Joaquín Peña Gutiérrez, y, como para asustar al mismísimo novelista, el del estadounidense Jonathan Tittler, estudioso de la literatura de nuestra América: "Podría afirmar que en este momento ha nacido un Ulises bogotano."

El narrador-protagonista comienza anunciando al lector que esa novela le permitirá saber "cómo es Bogotá en las horas de la madrugada después de haber llovido durante la noche", y "cómo es la vida íntima de un poeta solitario, obsesionado por unos ojos femeninos, unos labios, una cabellera desordenada, unos pies blanquísimos con las uñas pintadas de rojo ardiente; obsedido, también, por los ángeles custodios, por los fantasmas de la historia, por los recuerdos de su infancia y de su adolescencia y, sobre todo, torturado por la idea de escribir una novela a manera de exorcismo".

Ciento treinta páginas se enfilan a cumplir ese propósito, cuya formulación hace pensar más en el texto emocional de un poeta que en el estricto raciocinio narrativo.

Desde La Habana, donde en limitadas ediciones de autor puso a circular los poemarios El libro de las visiones y La fiesta perpetua, ambos en 2000, Díaz-Granados retomó en 2003 su circuito editorial colombiano: ese año aparecieron El otro Pablo Neruda, estudio reseñado por su compatriota Álvaro Castillo Granada para el número 236 de Casa de las Américas, y -en más de trescientas páginas a cargo de la Universidad del Magdalena- la summa de sus versos. Uno de aquellos poemarios habaneros, La fiesta perpetua, le dio para ella el título propio de la constancia de su braceo en el oficio, ratificada en el subtítulo Obra poética 1962-2002. (1)

Su fertilidad creativa la corrobora asimismo su producción periodística, de la que ahora se benefician primordialmente el semanario Orbe, de Prensa Latina, y Radio Habana Cuba; pero la presente nota se dedica -como la asociación de títulos sugiere- al compendio La fiesta perpetua. Ese volumen incluye un apéndice donde se espigan varias alabanzas hechas a la obra del autor por una amplia gama de enjuiciadores: desde Leopold Sedar Senghor hasta el juvenil Juan Gustavo Cobo Borda, pasando, entre otros, por Giovanni Quessep, Luis Vidales y Thiago de Mello. Y lo honra como pórtico de lujo una carta que el 5 de abril de 2001, en su propio nombre y en el de Cintio Vitier, le escribió Fina García Marruz a Díaz-Granados luego de leer su Poesía escogida.

Que se sepa, Díaz-Granados no es lo que se llama un repentista; pero su oratoria muestra a un excelente improvisador. De ello dan fe quienes lo han escuchado intervenir en distintos actos, como una reciente celebración colombiana en la sede habanera de la OSPAAAL, oportunidad en la que pronunció un discurso acerca de su destacado compatriota y maestro Luis Vidales, cuyo centenario se cumplió el pasado 26 de julio. La poesía de La fiesta perpetua se nutre de esa facultad -que le da un fluir espontáneo-, así como de sensibilidad y del poder de observación de un periodista. No se busque en ella la "perfección" de caminos académicos a menudo válidos para digerir y aprovechar influencias, pero no siempre para comunicar emoción.

En Díaz-Granados se combinan agudeza e ingenuidad, y una franqueza gemela de la sencillez. No hay en sus páginas ciertos modos de elegancia, de exquisitez, que sacan la cara por la poesía. La suya es una poesía que se permite "incorrecciones" y "descuidos" (acentuados en La fiesta perpetua por la poco atenta edición). No es casual que, desde la afinidad y con su conocido poder de desentrañamiento, García Marruz agradezca hallar en su Poesía escogida admiración por esos a quienes suele llamarse -como, con sana sonrisa irónica, los denomina ella misma en su carta citada- "los malos poetas": esos "nobles, pequeños y sudorosos poetas" a quienes convoca un respetuoso "Llamado lúdico" -cierre del definidor libro Rapsodia del caminante- "porque en la noche perdida de tanta vana sílaba / alguna estrella helada debe estar perforando el insomnio para crear el sol".

No es cuestión de enaltecer o privilegiar a la poesía esmirriada o chambona, sino de reconocer las conquistas -de autenticidad y toque emotivo, sobre todo- que pueden hallarse en los autores aludidos. A ellos no los distinguirá el magisterio para ganar discípulos y renombre, pero sí la capacidad de legar a otros el ejemplo de la sinceridad y el decoro expresivo -"gotas que mojan permanentemente el alma"-, aunque carguen con el rótulo de poetas menores. Esta fiesta perpetua lo es de la poesía sin bridas, confiada a los riesgos y aciertos de la naturalidad. Y todo ello sin renunciar a las búsquedas formales.

El autor se sabe heredero o contemporáneo de altas voces en la poesía de su país: baste mencionar a José Asunción Silva, Porfirio Barba Jacob, Guillermo Valencia, León de Greiff, Álvaro Mutis, Jorge Gaitán Durán, Juan Manuel Roca, entre otros por quienes ha expresado el aprecio que merecen. Pero también ha observado -como expresando un reclamo- que allí no abundaron los creadores que en su momento hicieran suyo de modo explícito y resuelto los caminos de la Vanguardia, salvo, ante todo, según su juicio, el Luis Vidales de Suenan timbres (1926).

Ese asunto ocupa un sitio en sus motivaciones estéticas, y no parece ajeno a rasgos de su quehacer, como haber sellado "El amor brujo", sección de Cantoral, con "Algarabiónica". Para García Marruz y Vitier es el texto "de más hallazgo verbal" en el ya citado volumen de Poesía escogida: "por versos como 'Entretanto yo atisbo bonaeréo [sic] canto / chiflo diciembro emerjo fantaseo.' o 'locomoto llovizno malbarato', interrumpido, sin más que la inevitable ironía, de los dulces versos tan caros a las lecturas juveniles: 'Tu dulce habla ¿en cuya oreja suena? / Tus claros ojos ¿a quién los volviste?'"

El poema tiene otros versos similares a los ya citados: "garcho huelo imagino jodo kirio / [...] / nicaraguo ñequeo oberturo / pajéome quitopesares repentizo / sartrecamío tiro unjo veintinuevo / walkirio xifoido yugulo zarzamoro". En orden alfabético y lúdicamente, sin excluir -ver bonaeréo- alguna tilde de intención extranormativa, el autor conjuga y a veces crea verbos de un modo que enloquece al diccionario de la computadora. Luego pasa al bloque iniciado con la cita garcilasiana de "Tu dulce habla." y "Tus claros ojos.", expresión de su búsqueda en fuentes y proyecciones varias.

Entre el inicio del poema, "Sombra pesada pasada voy a demolerte / a torcerte como a un trapo mojado / para volverte añicos y sacarte luz", y el final, "Comunícote ahora concubina en potencia / en momentos más inesperados besarete / lugar mancha nombre no acordarme / oh dulces prendas por mi bien halladas / tuyo del alma firmo original y copia", se establece un arco del que no quedan fuera ni el prosaísmo coloquial ni el toque de jerga forense.

Ni reminiscencias como la huella vallejiana, que da título a un poema de Rapsodia del caminante y asoma en otros textos. Los pulseos formales, asidos a la realidad, se insertan en la conciencia histórica de quien incluye en su laberinto el poema-sección "Cátedra bolivariana", dedicado a un magisterio central en su pensamiento. Por su obra, asumida también con voluntad de crónica, transitan acontecimientos y figuras fundamentales del devenir de Colombia y, en general, de nuestra América, y ahí el abrazo a la Revolución Cubana. Todo ello junto con el homenaje a grandes creadores literarios de estas tierras, quienes forman para él una heterogénea zona sagrada, que preside Neruda.

Estamos ante una relación de pertenencia asumida en el modo familiar con que se retrata incluso a un héroe de fundación como Bolívar. La historia y la familia, lo extraordinario y lo cotidiano se funden en la sentimentalidad del autor. Los poemas a su compañera, o -la hija está presente en Juegos y versos diversos- al hijo y colega "Federico creciendo", comparten terreno con aquellos en que desfilan, desde El Libertador mismo, representantes de la dignidad de nuestros pueblos, como el Che y Allende, para solamente citar dos ejemplos. Las preocupaciones parten de lo inmediato, y en ese entorno solicitan centralmente la atención del poeta, quien, lejos de restringir su mirada y su voz, va con ellas al ámbito mundial, donde aparece "Parodiando a Marx".

El amor del fuego individual y la pareja, y el que impulsa actos colectivos, dan médula y camino al conjunto y a la diversidad de sus inquietudes. En su "Autorretrato" el poeta se define como "un eterno enamorado, miren / que mi inconstancia en los afectos tiene / un no sé qué de gusto por lo bello." Por ese camino, salpicado con alusiones clásicas, llega el lector a comprobar que en la poesía explícitamente amorosa, o asociada a esa vertiente humana, se localizan algunos de los momentos más felices de La fiesta. Sin ignorar la impronta que puede venirle del Neruda a quien venera, se nota que la autenticidad expresiva le propicia conseguir una pegada como esta, de "Tu risa": "Tu risa es alarido, / pero también volcán lejano. / Puede ser melodía o cacareo, / con leves reminiscencias del demonio. / Música que aletea, grito cósmico. / Ah, tu risa es todo eso y más que eso: / es un llanto con fuego entre los dientes."

La angustia y la esperanza, el reto de la palabra y la voluntad de adecuarla a sus fines, tensan como definición el poema -fechado en "La Habana, verano del 2000"- con que cierra La fiesta perpetua: "Mi historia está llena de silbidos y dédalos, / de voces y de veces, de jodidas preguntas, / de estaciones narradas para un inventario / de cicatrices y de resonancias. // Mi historia es una casa que envejece / con sus recintos intactos. Mi historia / es un cuerpo que habita entre estupores / y una boca que incendia las palabras / cuando bebe el amor. Mi historia debe ser / un banquete, una fiesta perpetua / donde conviven el duende y el disturbio." Sea.



www.cubarte.cult.cu    

Marzo de 2005


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