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Un libro sobre el debate cubano entre oralidad y escritura



Ana Vera Estrada   ave@cubarte.cult.cu



Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello La Habana



Comenzamos a pensar en este libro (La oralidad: ¿ciencia o sabiduría popular? /Cátedra Carolina Poncet, Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello, 2004) hace más de cuatro años, por necesidad compartida de filólogos, historiadores del arte, estudiosos de la estética, de la cultura popular, musicólogos, lingüistas e investigadores sociales.

El tema de la oralidad es de absoluta pertinencia en un mundo donde el despliegue de nuevas tecnologías, con su propensión a masificar la cultura ha contribuido a cuestionar la escritura como símbolo de poder y vehículo principal de transmisión del saber. El flujo de información -verdadero torrente- accesible actualmente, permite situar el debate entre formación e información y volver sobre la discusión, un tanto retórica ya, de si es lo mismo informarse que aprender, si la información es sólo un complemento inevitable e imprescindible en el proceso de aprendizaje, si la imagen virtual sustituirá por fin al papel impreso, etc. A pesar de los criterios que puedan manejarse en defensa de otras posiciones, la escritura continúa siendo el vehículo principal de transmisión del conocimiento, y el libro, el papel, la principal reserva de una memoria histórica de la sociedad, inmóvil en tanto herencia material de cierto momento del pasado, un pasado histórica, social y geográficamente delimitado.

En la estructura del libro he intentado responder a la pregunta formulada en su título, y en las palabras que siguen referiré algunos de los puntos más candentes del debate que recoge. El estudio preliminar retoma el origen de la escritura desde la antigüedad y reivindica la presencia indeleble de la oralidad a lo largo de las modernas civilizaciones, donde la escritura se impuso como forma de transmisión del conocimiento y como forma de comunicación culta; en él se valora la escritura como instrumento de equilibrio en el acto de comunicación interpersonal y como objeto principal de una nueva ciencia que se ocupa del estudio integral de la oralidad como parte de la cultura. En este ensayo esclarecedor, María del Carmen Victori Ramos avanza el reconocimiento de que la Oralidad ya existe como nueva ciencia para el estudio de la comunicación humana y celebra su nacimiento.

La primera sección reúne a lingüistas e historiadores orales para un acercamiento no dogmático al fenómeno de la expresión oral, la historia de su problematización y estudio y la pertinencia de sus contenidos para el conocimiento y la transmisión de la cultura. Con vocación de maestro, Alejandro García Álvarez lanza una primera piedra cuando recuenta la trayectoria del documento oral como fuente para la historia científica y paso a paso nos lleva a descubrir las estaciones de un diálogo tan antiguo como es la ciencia misma. Continúo con una propuesta conceptual para distinguir entre testimonio como género literario, como expresión autoral, y testimonio como fenómeno de comunicación, de transmisión oral de saberes y experiencias, que se procesa literariamente -mejor sería decir “escrituralmente”- para servir de fuente a la historia científica y de pretexto a escritores para entretejer historias no exactamente de ficción. Aurelio Francos Lauredo, en su doble condición de historiador e informático, eligió abordar el documento oral como objeto de clasificación y almacenamiento, y problematiza la conservación de los documentos orales y el trabajo técnico del archivero, una opción que aún la mayoría de nuestras instituciones más prestigiosas, docentes y de investigación, ha esquivado considerar, quizás por razones presupuestarias, comprensibles en nuestro país.

La ronda de los lingüistas comienza por Sergio Valdés Bernal, quien se interesa por la contribución que los análisis lingüísticos pueden hacer al conocimiento de la cultura de una civilización antigua, y nos advierte sobre la necesidad de la sospecha para descubrir los meandros del punto de vista o las lagunas del conocimiento que muchas veces la escritura intenta ocultar. Gisela Cárdenas Molina aborda el problema de la lengua como sistema donde la oralidad y la escritura constituyen las dos caras de un mismo fenómeno; plantea el conflicto de la identidad lingüística de un pueblo como parte de su cultura y lo que ocurre cuando una identidad nacional, avalada por un Estado, comparte dos o más lenguas, o cuando una misma lengua tiene múltiples expresiones nacionales; en este último caso se halla la lengua española, por eso se habla de la variante cubana del español o de “el español de Cuba”, que aunque responde en términos generales al sistema de la lengua española, obedece a normas y reglas específicas, desarrolladas en Cuba como resultado de los procesos históricos particulares que han tenido lugar y de las modificaciones que el uso oral y escrito le ha impuesto. En este sentido, no olvida resaltar la creatividad del proceso de comunicación oral y su papel activo en las transformaciones históricas de la lengua como sistema siempre en movimiento.

Como algo muy especial en este bloque, Raquel García Riverón muestra algunas de las particularidades de la “música” -es decir, la entonación- del español de Cuba y la importancia de considerarla elemento de significado; es un análisis técnico, elíptico, donde se siente la ausencia de algunos textos de apoyo para ayudar al lector a seguir la explicación erudita, pero sugerente y original llamado a tomar en cuenta a la más preterida de las asignaturas pendientes de la Lingüística y sin embargo quizás la aproximación científica más pura a los secretos de la oralidad. Todos ellos aportan el necesario complemento al debate sobre una oralidad que, sin escritura, carecería de su necesaria contrapartida, como una viuda inconsolable.

La segunda sección de la obra es la más extensa: el reino de los letrados, donde desde nuestra posición de poder, los dueños de la palabra escrita pugnamos -en pírrica batalla- por demostrar que, a pesar de todo, lo que más vale es la escritura. Vivir en la Habana Vieja es un experimento de composición literaria; podría resultar original si nos despojáramos de los prejuicios de la cultura erudita y saltáramos sin transición a los zapatos de quienes casi nunca acceden al sagrado ámbito de la cultura letrada, de quienes casi nunca han sentido el sumo placer de ver sus modos de hablar y los contenidos de su cultura canonizados en la letra impresa; si, en suma, nos dispusiéramos a escucharlos hablar, aunque cometan errores.

Esa es la idea: escucharlos -leerlos en este caso- hasta el fin y aceptarlos con sus errores, con su cultura diferente y sus a veces adocenados puntos de vista -no más frecuentes en su prosa que en el terreno de la literatura “culta”- donde sin embargo brilla con fuerza anticipadora el “menos común de los sentidos”. El texto aquí funciona como ejercicio de reconstrucción de pasajes de la memoria local, utilizando como fuente principal testimonios de un grupo de personas elegidas al azar.

Texto y música se abordan por igual en el ensayo de Martha Esquenazi Pérez, quien explora los orígenes remotamente comunes de la música y la literatura, expresiones ambas de la subjetividad, y analiza la mutua relación dinámica en el origen de los mitos; la autora ve la tradición oral como fuente de la memoria colectiva, accesible a un número mayor y más diverso de personas que la escritura misma. Algunas de sus propuestas conceptuales nos recuerdan que para muchos la oralidad se define como un sistema complejo de transmisión y de intercambio cultural, y la escritura como sistema secundario de comunicación, dependiente y posterior en el tiempo respecto a los procesos orales, aunque de mayor vigencia y permanencia histórica en sus diferentes momentos, jalonados por las formas diversas de presentación de los textos escritos. Desde este ángulo, la oralidad se confirma como modo de subversión de los valores de la civilización letrada y se impone como factor desencadenante y expresión consustancial del cambio cultural.

Algunas propuestas sin embargo, son menos compartidas: la “nueva oralidad”, por ejemplo, referida a las nuevas tecnologías, no parece justa si se considera que éstas sí emplean la escritura y mucho, tanto como para inundar la Red de “basura” electrónica. La ganancia quizás está en el hecho de que ellas enseñan a no aferrarse tanto a la expresión escrita, a la palabra justa, resaltan que lo importante es comunicar, más mientras más rápido, imponiendo cantidad por calidad, en un proceso donde el ser humano y sus virtuales destinatarios, muchas veces desconocidos, son los únicos censores de los discursos; la mayor velocidad de ejecución, la infinita capacidad de diseminar información, dan mayor flexibilidad a la expresión escrita y la hacen menos severa, menos aislada, quizás más democrática en su medianía.

Pero toda ganancia trae aparejada pérdida: si hay más con menos, inevitable es la pérdida de calidad. La autora celebra la fascinación de la oralidad como acto social, frente a la soledad de la lectura; habría que considerar seriamente también el contrapunto planteado al inicio de estas palabras entre informarse y aprender, entre pasar el rato y detenerse a interiorizar la experiencia que viene acompañando a la lectura. Lo que no debemos perder de vista: la escritura como vehículo de conocimiento, de transmisión de experiencia y de conservación del legado cultural, y lo nuevo que la oralidad le agrega al saber canonizado y asentado en diversos soportes materiales.

El debate sobre la escritura y la oralidad contamina también el ámbito de la religión y las creencias y llega a tocar hasta el universo secreto de la santería. Flavia González Mariño aborda con el pie en el plato el asunto, asegurando que ya nadie confía entera y exclusivamente en la memoria humana para legar la verdad revelada, aunque tampoco en la escritura. Escritores creyentes han emprendido la creación de un saber libresco que funciona también por su valor material: ya las libretas de santos no son sólo libros prohibidos que pasan de mano en mano, de iniciador a iniciado sucesor, sino que se han convertido en obras de consulta más amplia para cuya comprensión sin embargo, es preciso conocer la parte del cuento que no está escrita, la que los verdaderos depositarios de un saber ancestral se guardan para sí, como segunda llave.

La transmisión escrita del saber sincrético afrocubano, la reescritura de los patakíes, verdadera mitología, permite que exista un corpus para acompañar a la práctica ritual donde se impone, de todas formas, memorizar una parte que se da por conocida en todo lector iniciado; la memoria continúa desempeñando su papel, y el que no recuerda, no accede a los rituales porque el respeto es para quien logra recordar; sólo él puede demostrar que sabe y será por eso respetado. Lo oral funciona aquí como resistencia a los códigos de la hegemonía cultural: quien tiene la memoria en sí depositada, tiene el poder. La oralidad es continua recreación y permanencia, aunque es en los documentos conservados por escrito donde puede observarse y conservarse con mayor pureza las transformaciones históricas de los rituales.

Un peligro amenazante es la vulgarización; otro, la comercialización, el abaratamiento de las prácticas sagradas. Una ventaja: el neófito tiene un corpus sobre el cual apoyarse, y éste funciona como una base informativa común para todos los iniciados, una base que no es necesario reiterar cada vez para poder participar en la construcción del conocimiento y en la acumulación del saber. Los manuales no explicitan todo; no todas sus verdades son reveladas. El análisis estilístico de estructuras frecuentes, muchas de ellas provenientes de la expresión oral, le permite a la autora comparar las versiones oral y escrita de un mismo texto y constatar el perfeccionamiento que el propio corpus sufre gracias a la escolarización creciente de sus practicantes, más cultos ahora, con la generalización de la enseñanza formalizada. El ensayo, sustancioso, concluye con una invocación forzada sobre la cual quiero agregar dos palabras: aunque todos en Cuba tengan su congo o su carabalí, no todos necesariamente andan en busca del orisha regente. En materia de creencias religiosas hay opciones suficientes para todos los gustos, y queda incluso la alternativa cero. Ninguna. No hay tal. Y esta es también una opción verdadera.

Rosa María de Lahaye Guerra vuelve sobre patakíes, historias de orishas que guían los actos cotidianos de la comunidad santera. Para ella constituyen ya una verdadera mitología que confiere identidad a la comunidad de los creyentes en ella. Comenta cómo en los patakíes se mantiene el contenido simbólico aunque cambien los episodios, y considera que esto atenta contra la estructura interna de los mitos, para ella verdaderos estereotipos cuando el narrador es poco profesional; por otra parte, agrega, la presentación a veces contradictoria de un orisha, quien puede exhibir virtudes y crueldades por igual, explica la dialéctica entre transculturación y resistencia cultural, o más bien el trasfondo humano característico de los dioses del panteón yoruba. Para ella, más allá de prejuicios y exclusiones, se debe empezar a considerar la santería como una religión en proceso de configurarse, con sus ritos y liturgias y dejar de verla como conjunto de prácticas desconectadas entre sí donde lo que predomina es la arbitrariedad del conocimiento de cada babalao. El tema de la oralidad, del diálogo entre lo oral y lo escrito, subyace en su discurso, aunque el sistema que ambos conforman no se aborda en su totalidad porque su interés analítico en esta ocasión se circunscribe a una de las caras de la moneda.

Emilio Jorge Rodríguez comparte el criterio de que ninguna creencia religiosa es privativa de sujetos que ostentan un mismo color de piel, y afirma que la apariencia externa no tiene nada que ver con las creencias ni afiliaciones y que ser negro no equivale necesariamente a poseer raíces culturales africanas. Es un buen punto de partida para contradecir anacrónicas posturas racistas que en ocasiones acompañan al debate sobre los vestigios culturales africanos en América. Es sin embargo una realidad histórica que la memoria de los sujetos se compone de fragmentos combinados de la experiencia propia del sujeto y de la experiencia social compartida, y en este sentido, quienes están más cerca por parentesco, o pertenencia geográfica, o creencias religiosas a las experiencias de esclavitud, comparten, evidentemente una memoria donde la crueldad del sistema colonial y sus sobrevivencias está aún más o menos vigente, lo cual explica ciertas sobreestimaciones. El autor se sumerge en la literatura abolicionista que proliferó en el siglo XIX y menciona la Autobiografía de Juan Francisco Manzano como ejemplo de asimilación de la cultura letrada europeizada que en aquella época se identificaba con la élite blanca, fuese blanca o blanqueada. También menciona la obra de Nicolás Guillén como modelo de expresión de una auténtica cultura criolla y mestiza donde la dolorosa frontera entre blancos y negros queda desdibujada e integrada, y termina recordando de pasada la larga vida de los vestigios de origen africano en el plano de las tradiciones orales.

La contraparte del mundo en que la oralidad se vuelve escritura es la de la literatura, que a su vez cuenta, como hemos visto arriba, con un origen remoto en la oralidad. Así lo reconoce Denia García Ronda en su trabajo sobre el cuento literario y sus especificidades, sin olvidar la gracia del cuentero popular estilizado en la literatura de autor, aunque dejando abierta la puerta para sugerir que quizás mucho de lo que hoy figura en la memoria colectiva como literatura oral, puede haber tenido su origen en la repetición de textos originalmente escritos, en la tradición libresca. Ella asegura que para que sobreviva el cuento oral es preciso escribirlo, fijarlo en la escritura; me gustaría más reconocer que nos tranquiliza la escritura, porque así nos parece que estamos preservando mejor el legado recibido.

Virgilio López Lemus trata sobre la décima y sus orígenes en la literatura. Se refiere a canturías y guateques donde reina la improvisación, pero nos recuerda que a veces el repentismo es una suerte de juego casi teatral en que hasta el menor gesto ha sido ensayado ante el espejo. Con gran erudición filológica reseña estudios donde la décima es tratada como texto y comparando versiones literarias y orales pondera la espontaneidad de la improvisación. Se refiere a la cultura oral y su auge permitido y facilitado por los medios de difusión masiva. Reconoce cómo estos han sido determinantes para darle una mayor difusión a esta forma de la cultura campesina, rural, popular, y llama la atención sobre el anquilosamiento que podría sobrevenir si continúa reforzándose lo que él llama uso institucionalizador de la décima en celebraciones patrióticas.

Luis Alfaro Echevarría se va muy lejos, hasta el origen de la cultura canaria y su relación con la colonización de América y de Cuba en particular, y trata sobre la presencia de fraseologismos de este origen en la tradición oral cubana y en otras expresiones de la cultura popular en la región central de la Isla. Analiza concienzudamente estas expresiones en todas sus variantes y practica también un análisis estilístico de las funciones que cumplen las frases idiomáticas de origen canario en el lenguaje y la comunicación populares orales, así como las diferentes formas que pueden adoptar al transculturarse.

La tercera sección constituye dentro de este libro una declarada licencia poética permitida por el tema de la obra: sólo en un texto donde se aborda el debate sobre la oralidad, se justifica la inclusión de fragmentos parciales, rescatados de otras ocasiones, y seleccionados por su significado al apuntar temas que hubiésemos deseado ver desarrollados más profundamente. En esta sección Ana Cairo rememora la destreza de Lydia Cabrera en el manejo de la relación con sus informantes, exalta el arte de cuenteros populares y reproduce la nómina de los grandes científicos cubanos que en el siglo XX, siguiendo el camino trazado por Fernando Ortiz, han continuado explorando el mundo de la cultura mestiza cubana. Jesús Lozada Guevara hace el elogio del cuentero teatral, “rey palabrero”, como él le llama, que evade practicar el fetichismo de la escritura, pero se nutre del texto escrito para su performance recreada, y con conocimiento de causa nos recuerda que la narración escénica no es improvisada sino altamente ritualizada.

Eric Fernández Hernández deslinda el acto de la palabra del de la ejecución y vuelve sobre la idea de que decir no es hacer, que discurso no es acto, y distingue entre texto como estructura formal del discurso y discurso como lugar donde confluyen el texto y también las condiciones concretas en que éste se produce. Para terminar, en la clausura del Taller Oralidad y Posmodernidad, organizado por la Cátedra Carolina Poncet, desde su experiencia con el Cimarrón, Miguel Barnet dice la última palabra cuando advierte al auditorio sobre los peligros de absolutizar los aportes de la oralidad, sin confrontación suficiente con fuentes diversas para contrastar la información.

La oralidad y sus procesos se relacionan con la comunicación interpersonal, aunque no es solamente diálogo, ni “discurso de la oralidad”, como lo llama alguno de nuestros autores. En la medida en que es intercambio de mensajes, muchos de ellos representados en el gesto y la mirada, la oralidad es fluida, flexible y sus formas de expresión escrita -o mejor digamos las diversas captaciones que de ella se hacen- constituyen momentos en la evolución de los textos orales, por eso podemos decir que está en continuo cambio. Al analizar la oralidad no basta con valorar lo que se transmite sino el cómo, el porqué y el cuándo; la forma y las circunstancias de la comunicación es por ello importante y forma parte del significado. Diversas ciencias la tienen como objeto de estudio y disección, pero los científicos no se han puesto de acuerdo sobre su carácter desde el ángulo de la cultura, en sus relaciones con otros procesos comunicativos y de interrelación humana como son el mito y su transmisión, el cambio social y cultural, la educación y las nuevas tecnologías, y muchos más. Campo aún experimental, abierto a múltiples interpretaciones, pero que ya cuenta con cierta experiencia acumulada y tiene bastante por descubrir. No importa quién lleva razón ni cuanta parte de ella tiene cada cual, lo importante es el debate, del cual nace naturalmente el cambio. Alternativa cultural ante el imperio de la escritura, de resistencia ante los códigos hegemónicos, se relaciona naturalmente con otras esferas del arte y la cultura en general: la música, la poesía, la religión, la vida cotidiana.

Visiones desde la cultura libresca sobre los procesos orales, evidencian acerca del monopolio de la escritura en este debate y predominan en este libro, que nos deja con deseos de saber más sobre las realidades culturales populares. Quiero recalcar la actualidad del debate, pero no me corresponde valorar. El tiempo dirá si este libro ha sido útil. Para intentar contribuir al juicio por venir, quisiera agregar que recoge, si no a todos los profesionales cubanos que tienen algo que decir en este campo, al menos una muestra significativa de voces que sientan pautas. Queda pendiente una reflexión más a fondo sobre la oralidad popular, el tema quizás responsable de que se convocara el diálogo. Pero ninguna obra humana se concluye para siempre, y esta es una de ellas; ojalá motive discrepancias y profundizaciones.





Marzo de 2006




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