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Secuelas de la esclavitud |
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Jesús Guanche jguanche@cubarte.cult.cu
Antropólogo cubano, profesor de la Universidad de La Habana y miembro de la Junta Directiva de la Fundación Fernando Ortiz y del
Comité Cubano de la Ruta del Esclavo
'El compartir es la base de la unidad y la concordia'
Proverbio Achanti
La diáspora cultural africana nos convoca a la reflexión y al
debate.
A poco más de un siglo, el estigma de la esclavitud aún está
presente en las mentalidades de los descendientes de quienes la padecen
y de los que hoy, conscientes o sin saberlo, disfrutan de una ventajosa
posición social y económica gracias a sus frutos directos e indirectos.
Los valores culturales de los pueblos africanos viven
transformados hoy en este Nuevo Mundo, pero no sólo en los antiguos
descendientes por decenas de generaciones, sino en una parte muy
significativa de su población que, 'más allá de sus cruces genéticos'
asumió o debe asumir como propio ese rico patrimonio y lo recrea hasta
formar esa sustancia indisoluble de una parte importante de las culturas
nacionales del continente y muy especialmente de sus áreas insulares.
Uno de los grandes retos de los pueblos de América en este tercer
milenio es la superación del estigma de la discriminación y los
prejuicios raciales, para alimentar la llama de la cultura, cada una con
su propia identidad.
Y reconocer en igualdad de condiciones todo el legado procedente
de Europa, Africa y Asia, junto con la originalidad irrepetible de cada
una de las culturas añejas y nuevas, independientemente de su lejanía
en el tiempo o de su conmensurabilidad en el espacio.
La trata y sus secuelas
Muchas son las interpretaciones sobre la mayor sangría demográfica
y cultural que ha tenido la humanidad.
La trata esclavista, desde la justificación del gran crimen 'hoy
se sabe mejor que antes que todo acto humano puede ser justificable y al
mismo tiempo rebatible' al concebir a los cargamentos de Africa al sur
del Sahara como parte de los bienes muebles, en tanto mercancía
convertible en capital; hasta las múltiples denuncias que se hicieron
en América, desde el propio siglo XVI hasta el presente, acerca de la
degradación extrema de la condición humana.
Como bien se ha señalado en una perspectiva universal:
'La trata fue el mayor desplazamiento de población de la historia
y por consiguiente un encuentro, ciertamente forzado, entre culturas.
Generó interacciones entre africanos, amerindios y europeos de
tal amplitud, que quizá hoy, en el bullicio americano y antillano, está
en juego algo vital para el tercer milenio: el pluralismo cultural, es
decir, la capacidad y el potencial de convivencia de pueblos, religiones,
culturas de orígenes distintos, el reconocimiento de la riqueza de las
especificidades y de la dinámica de sus interacciones'.
En el caso particular de Cuba, el profundo impacto de la
esclavitud marcó primero la sociedad colonial durante tres siglos y
medio, lo que condicionó una lacerante desventaja histórica para la
ascensión social y el nivel de vida de los esclavos y sobre todo de sus
descendientes, que fueron convertidos en fuerza de trabajo asalariada
con el advenimiento de la República neocolonial.>
Los niveles de calificación de estos estaban en dependencia de
los oficios y las ocupaciones realizadas en su anterior condición de
servidumbre.
De ese modo, el otrora barracón de esclavos en las áreas rurales
se transfiguró en el conocido solar de la marginalidad urbana y
suburbana, símbolo de promiscuidad y hacinamiento, propio de la
periferia de las ciudades, que sirvió de caldo de cultivo para diversas
formas de patología social.
Desde los albores del siglo XX esta parte de la población fue
considerada como un hampa, denominada entonces y consciente de su
imprecisión, con el adjetivo de 'afrocubana'. Luego, esta apreciación
prejuiciada removió de pies a cabeza al joven investigador cubano
Fernando Ortiz hasta afirmar que 'sin el negro Cuba no sería Cuba'.
Paralelamente, de resaltar la significativa presencia de una
población libre que tiene sus orígenes desde el siglo XVI, procedente
de Andalucía, y que se asienta en las primeras villas.
Esta población negra y mulata, hispanizada por sus tradiciones y
costumbres, pero con una alta capacidad de reproducción natural, fue
apropiándose de los principales oficios y ocupaciones desdeñados por
los sectores sociales dominantes y se abrió espacio en la formación de
una cultura laboral en las áreas urbanas, entre las que se destacó el
magisterio y el ejercicio de las artes hasta muy entrado el siglo XIX.
La herencia cultural de los pueblos de Africa en la formación
histórica de la cultura cubana, sin distinción de matices epiteliales
ni resabios protagónicos de una u otra etnia, es un hecho sustancial e
imprescindible para el conocimiento de la diversidad de manifestaciones
que hoy forman parte de la cubanidad, devenida cubanía y entendida como
identidad cultural cambiante y distinta cualitativamente de sus
componentes indígenas, hispánicos, africanos y chinos originarios, así
como de otros inmigrantes llegados en pleno siglo XX de casi todos los
confines del planeta.
Debido al conocido retraso de la ciencia respecto de la acelerada
riqueza de la realidad, no siempre los científicos son capaces de
nombrar los fenómenos nuevos según su nueva cualidad. Y esto marca sus
derroteros en este Nuevo Mundo.
Por falta de términos precisos o por la vieja resaca de los
paradigmas axiológicos de Europa y Norteamérica, resulta difícil
mirar con ojos propios a estos fenómenos y los estudiosos se ven
obligados a echar mano a denominaciones incapaces de valorar los nuevos
fenómenos, que lejos de ayudar nos confunden.
Quizás por ello aún se designan manifestaciones artísticas,
lingüísticas, culinarias, religiosas, danzarinas, musicales y otras
como supuestamente 'afrocubanas', cual falsa imagen estética de una
compleja trama simbiótica que pasa por múltiples procesos de trasmisión
intra e intergeneracional.
Esto forma parte hoy de la cultura cotidiana en nuevos portadores
de los más diversos biotipos humanos, inmersos en permanentes procesos
de transculturación, como hace ya más de medio siglo acuñó el propio
Ortiz.
A diferencia de la época colonial, la República neocolonial
inaugurada casi al despertar el nuevo siglo en 1902, muy lejos de
aplicar los ideales democráticos y antirracistas de líderes
independentistas como José Martí, Antonio Maceo y Juan Gualberto Gómez,
se vio sometida al modelo de gobierno dependiente del naciente
imperialismo norteamericano, con una arraigada cultura de la estamentación
y segregación de grupos y clases sociales muy marcada por criterios
racistas.
De ese modo, las conquistas sociales y políticas del movimiento
intelectual, obrero, campesino, estudiantil, femenino y antirracista, la
sociedad cubana se vio también dividida en asociaciones de supuestos 'blancos',
'negros' y 'mulatos' que agrupaban de modo artificial lo que las
relaciones biológicas y culturales fundieron durante decenas de
generaciones.
El convincente Engaño de las razas (1940) fruto de múltiples
denuncias, artículos y discursos de Ortiz y de intelectuales como Lino
Dou, José Luciano Franco, Rafael Serra Montalvo, Gustavo Urrutia y
otros, cuyos fenotipos los implicaba más con las víctimas del racismo
que con los victimarios, no fue capaz de crear una conciencia
generalizada, ni en los sectores sociales favorecidos con la situación
existente y mucho menos en aquellas masas analfabetas que no tenían
acceso al conocimiento a través de la lectura y que dependían sólo de
la tradición oral.
Estas ideas tampoco gozaron de una suficiente divulgación
internacional como para crear un amplio estado de opinión antirracista
en América, pese a la considerable bibliografía existente.
Las ideas de superioridad e inferioridad de unos sobre o respecto
de otros, los prejuicios que alimentan la discriminación según el
fenotipo humano, que deterioran la autoestima y que generan crisis de
identidad, se arraigaron y trasmitieron tanto de modo vertical en los
diferentes estratos sociales mediante la cobertura del Estado
dependiente y la prensa, como de manera horizontal a través de las
relaciones interpersonales y familiares, y se afianzaron de tal modo en
el imaginario popular que formó parte de los falsos valores de la vida
cotidiana.
Se crearon estereotipos del 'blanco', 'chino', 'mulato', del
'negro' y de otros fenotipos populares denominados a su modo por la
población, que concentraron virtudes y defectos reales y aparentes, los
que condujeron de modo paralelo a la 'cromofilia' (en el sentido
terminológico del color de piel y otras características anatómicas)
como aspiración a las virtudes, y a la 'cromofobia' como rechazo a los
defectos.
Todo ello se vio reflejado en el arte y la literatura, en el léxico,
en la cultura de tradición oral y en el comportamiento social
Febrero de 2006
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