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José Alcántara Almánzar : un clásico de la narrativa dominicana contemporánea



Maricel Mayor Marsán



Maricel Mayor Marsán nació en Santiago de Cuba (1952). Poeta, narradora, dramaturga, crítica literaria, editora y profesora. Reside en los Estados Unidos desde 1972. Sus obras han sido traducidas al inglés y al italiano. Actualmente se dedica a la docencia y es Directora de Redacción de la Revista Literaria Baquiana (www.baquiana.com).


José Alcántara Almánzar nació en Santo Domingo, República Dominicana (1946). Educador, sociólogo y escritor. Ha realizado una amplia labor como narrador, ensayista y crítico literario, habiendo obtenido reconocimientos y galardones. Desde 1996 se desempeña como Director del Departamento Cultural del Banco Central de la República Dominicana. Varios cuentos suyos, tanto en español como traducidos al inglés, alemán e italiano, figuran en antologías publicadas en Alemania, Bulgaria, España, Estados Unidos, Italia, Puerto Rico y la República Dominicana.



Durante la XXII Feria Internacional del Libro de Miami, correspondiente al mes de noviembre de 2005, tuve la oportunidad de reencontrarme con el escritor José Alcántara Almánzar, después de no vernos por varios años, convirtiendo la ocasión en un verdadero festín literario y de recuerdos amenos que solamente una persona con su capacidad narrativa puede llegar a generar. Como resultado de nuestras largas e inevitables conversaciones surgió la entrevista que sigue a continuación.

A través de tu obra se puede advertir el tema del hombre marginado como una constante. ¿Te consideras un escritor comprometido desde el punto de vista social y político?

Todo escritor –y no soy la excepción– siempre está comprometido con su sociedad y su tiempo, aunque su mayor compromiso debería ser siempre con la literatura misma. Comencé a publicar en una época de utopías revolucionarias que impregnaron la narrativa latinoamericana con acentos muy definidos, y en mis cuentos, en particular, se respira esa atmósfera común a las obras de muchos escritores que hicieron su aparición en los años sesenta y setenta del siglo pasado. En cuanto al “tema del hombre marginado” a que te refieres, es algo que llevo muy dentro, pues crecí en un barrio humilde de Santo Domingo, donde la marginación en todas sus formas me conmovió desde que tuve uso de razón, llevándome a tomar conciencia de lo que significan la desigualdad, el rechazo, el ostracismo. Muchos de mis personajes son, pues, seres marginados por su condición grotesca, sus deformaciones, sus desviaciones, sean éstas ideológicas, políticas o sexuales.

Muchos te consideran un maestro del cuento caribeño contemporáneo y tu obra es objeto de estudio en la mayoría de los cursos de Literatura del Caribe en América Latina, EE.UU. y Europa. ¿Cómo has podido combinar tus actividades profesionales con esa fructífera carrera literaria?

Ser escritor en nuestra América es un oficio difícil, casi nunca exclusivo, que debemos combinar con otras ocupaciones para poder sobrevivir. Salvo las excepciones que todos conocemos, de escritores con enorme prestigio, traducidos a numerosos idiomas, que viven de los beneficios que les reportan sus obras, el escritor latinoamericano es al mismo tiempo profesor universitario, empleado privado o burócrata. Pero las ocupaciones son las que han cambiado, no la situación, porque antes los escritores eran diplomáticos (todavía suelen serlo), abogados o periodistas. La vida era distinta y había escritores “malditos” situados voluntariamente al margen de la sociedad, o escritores “bohemios” que soñaban con París y la vida muelle en los elegantes salones de la burguesía de entonces. En mi caso, fui profesor desde los veinte años, primero en un instituto comercial; después de inglés, francés, literatura e historia dominicanas en un prestigioso colegio jesuita para varones; más tarde en un instituto de idiomas donde enseñaba español a extranjeros y, ya graduado en la universidad, sociología en varias universidades durante tres décadas, hasta mi renuncia hace unos años. Mi trabajo de profesor me daba tiempo para leer, investigar y escribir, y así surgieron mis libros, porque el trabajo de un maestro, cuando se hace por vocación, constituye también una valiosa labor intelectual.

En tu más reciente libro de cuentos “Presagios de la noche” te internas en las complejidades de la naturaleza humana de una manera más abarcadora, sin dejar de lado los temas de tipo social. ¿Tiene esto algo que ver con la madurez del autor?

“Presagios de la noche” es la segunda antología publicada en Puerto Rico, donde mi obra goza de una favorable aceptación. La primera fue “El sabor de lo prohibido” (1993), con prólogo del reputado crítico Efraín Barradas, y lleva el sello de la Editorial de la Universidad de Puerto Rico. “Presagios de la noche”, de la Editorial Isla Negra, con estudio preliminar de Nívea de Lourdes Torres Hernández, autora de un libro titulado “El enigma de las máscaras. La cuentística de José Alcántara Almánzar” (2002), es una obra por completo diferente a la anterior, integrada por quince cuentos tomados de las cinco colecciones publicadas hasta ahora: “Viaje al otro mundo” (1973), “Callejón sin salida” (1975), “Testimonios y profanaciones” (1978), “Las máscaras de la seducción” (1983, Premio Anual de Cuento), y “La carne estremecida” (1989, Premio Anual de Cuento). De manera que no se trata de textos inéditos, sino de cuentos que fueron escritos hace muchos años, cuando no había alcanzado la madurez actual, y y cuyos temas han sido una constante en mi obra narrativa.
En fin, en vista de que no puedo ser juez y parte de mi propia obra, me remito a lo que dice la profesora boricua en su estudio introductorio, cuando señala que en mi cuentística se advierten tres tendencias: el neorrealismo social, el neorrealismo psicológico y lo fantástico. En estos momentos trabajo en otra dirección, a base de cuentos breves que vienen apareciendo en una revista local y en los que el tema predominante es la nostalgia, el deseo de recuperar personajes, situaciones y recuerdos que conservo intactos en mi memoria.

Más allá de la miseria y el hambre, muchos de tus personajes participan en todo tipo de juegos sexuales, manifestaciones eróticas y obsesiones individuales. ¿Consideras que la satisfacción sexual en cada uno de ellos es un paliativo de renovación y vida?

El erotismo, que es la expresión cultural de la sexualidad, ocupa en mi obra un espacio nuclear, tanto en los personajes marginales como en los de clase media o alta. Con una franqueza que a veces raya en el atrevimiento, las manifestaciones eróticas y las obsesiones sexuales de mis personajes son, más que juegos, respuestas de la condición humana ante situaciones diversas. A veces se presentan como prácticas que dominan al hombre y la mujer, a pesar de las apariencias de urbanidad y la simulación que caracteriza las relaciones interpersonales en nuestro país, o como válvulas de escape; pero, sea como fuere, el sexo en mis cuentos no es un mecanismo reproductor, ni una práctica ceremonial santificada por la costumbre, sino como transgresión, desquite, flaqueza, que forman parte intrínseca del género humano.

¿Se podría atribuir tu fina destreza narrativa y tu abundante lexicografía a tu trayectoria como profesor de literatura, a tu voracidad insaciable de lector consuetudinario o a tu práctica periodística?

He ejercido el periodismo literario en distintos momentos de mi trayectoria. Primero en la revista “Ahora”, donde publiqué mis primeros artículos de sociología e historia. Luego, también en “Ahora”, durante cuatro años, cuando hacía crítica literaria; y más tarde, en una época inolvidable, en el suplemento literario “Isla Abierta”, del periódico “Hoy”, creado y dirigido por mi inolvidable maestro y amigo Manuel Rueda. Paralelamente, he publicado en casi todos los periódicos dominicanos y en revistas internacionales. El periodismo, como decía el gran poeta Héctor Incháustegui Cabral –que también fue un notable periodista–, nos enseña a tener un sentido del espacio y de la síntesis, a saber cuando hay que “echarle agua a la leche”, o lo que es igual: a escribir largo, si hay que decir mucho, aunque sea breve el material que se tiene a mano. En 1996 obtuve el “Premio a la Excelencia Periodista Dominicano Arturo J. Pellerano Alfau”, en el renglón de “Crítico”, que otorga cada año el “Listín Diario” a una categoría del periodismo. Pero esa destreza narrativa que mencionas, no creo que provenga de mi práctica periodística, sino que es anterior, resultado de un arduo proceso de ejercitación continua a través de los años, copiosas lecturas de los grandes maestros universales, reflexión, anotaciones, estudio, conversación con amigos y maestros, y tenacidad, sobre todo para depurar un estilo que debe parecer fácil pero que en el fondo es muy difícil de conseguir: “la difícil facilidad” de que hablaba Juan Ramón Jiménez. Cuando escribo, siempre temo que el lector pueda llegar a aburrirse con un texto mío. Es una falta que no me perdonaría jamás, por lo que intento mantener al lector atado a mis palabras, sin que quiera dejarme hasta llegar al final.

¿Qué memorias notables tienes acerca de tus años en que te dedicaste al periodismo?

Luces y sombras. Alegrías y sinsabores. Recuerdos imborrables de un medio cultural limitado, donde las relaciones personales a veces pesan más que el valor real de una obra literaria y donde un nombre es encumbrado por la publicidad; o, por el contrario, es atacado sin cuartel por razones personales, completamente extraliterarias. Pero, sobre todo, me quedó un aprendizaje para el oficio de escritor y para la vida, ya que el periodismo literario, en países como los nuestros, de geografía y mentalidad insulares, pone en evidencia realidades escandalosas sobre las intrigas de los intelectuales. Los años de la revista “Ahora” me permitieron conocer a fondo “quién es quién” en nuestro medio y, más allá de los valores literarios, palpar la condición humana de los autores, sus grandezas y miserias, sus virtudes y ruindades. Hice muy buenos amigos, aunque a veces recibiera alguna que otra amenaza de algún fanfarrón, velada o abierta, por opiniones sinceras que, sin complicidades ni ofensas, publiqué en mi sección “Literatura y Sociedad”. Ya en “Isla Abierta” me introduje más en la literatura continental y europea y en asuntos teóricos de la creación literaria, y te confieso que me sentí más tranquilo, escribiendo sobre lo que me gustaba, sin tener que reseñar libros malos que llegaban a mis manos en la revista y que me veía en la obligación de reseñar. Después que murió Manuel Rueda y el suplemento desapareció, he perdido el entusiasmo por el periodismo literario, aunque desde hace un año estoy colaborando con una revista ligera, muy bella, “Santo Domingo Times”, a petición de su director, que fue mi alumno en la universidad, porque él me permite escribir sobre lo que quiera, sin imponerme condiciones. Otras veces colaboro con amigos en revistas literarias, tales como “Xinesquema”, “Caudal”, “Mythos”, y en el suplemento “Areíto” del periódico “Hoy”.



Julio de 2006




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