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Haiti - La Revue Indigène y América Latina



Idalia Morejón Arnaiz







En el manifiesto “Chronique-Programme” que da inicio al primer número de La Revue Indigène (Port-au-Prince, 1927-1928), una de las cuestiones que se aborda es el cambio de modelo cultural, en un momento en que la polémica sobre el modelo a escoger para el país (el latino o el anglosajón) parecía perder sentido con la ocupación militar de los Estados Unidos. De un lado, la revista coloca en debate el atraso y la falta de cohesión social en torno de un programa cultural común; de otro, expone sus objetivos que, en una primera lectura, podrían sintetizarse en enseñar a las nuevas generaciones a conocerse mejor, moralizar al pueblo y difundir la obra de autores haitianos. Dichos objetivos pueden ser entendidos como una retomada de la tradición, en la medida en que la Génération de La Ronde ya había intentado reivindicarlos tres décadas atrás. Además de las preocupaciones comunes a jóvenes y viejos, el manifiesto firmado por Normil G. Sylvain procuraba justificar el enorme espacio concedido a la poesía y, entre otros objetivos, llegar a un público lector joven, capaz de realizar en el país “une cure de renaissance nationale”.

La crónica-programa busca la integración y el intercambio con las repúblicas americanas, ya que para los haitianos la posibilidad del diálogo siempre se establecería sobre bases idénticas: de nación a nación:

Les peuples ont vécu d’une vie aussi difficile que la nôtre, ont connu les mêmes tâtonnements, des vicissitudes semblables. L’ère des caudillos et des pronunciamientos [sic], la période où s’affrontent les forces d’anarchie et les forces de cohésion et d’ordre, les temps pénibles de la puberté des jeunes nationalités.

De las diez páginas del texto programático, cuatro están dedicadas a exponer, de un lado, la afección, el conocimiento y la admiración de ese grupo de jóvenes intelectuales por las letras hispánicas en general; de otro, a manifestar su conciencia de la necesidad de unión política y cultural de los pueblos, más allá de las fronteras de raza o de lengua, contra el enemigo común: los Estados Unidos: “Nous sommes coupables d’ignorer l’Amérique Latine parce que les origines sont semblables et qu’un grand danger commun nous menace.”

Si bien el equipo de la revista considera glorioso el destino de mantener la tradición de la lengua francesa en Canadá y el resto de las Antillas, también sabe que ese peligro es “funeste et périlleux car il nous valut un siècle d’isolement”. Así, conocer la literatura y el alma de la América Latina sería otra de las propuestas de la revista, colocando con ello el precedente de que el aislamiento sería efectivamente quebrado por medio de la acción cultural de la nueva generación a la cual ellos creían representar.

Grandes figuras de las letras y del pensamiento continental son citadas en esas páginas, y conocidas por los haitianos a través de publicaciones recibidas de manera irregular: La Revue de l’Amérique Latine, Revue de Genève, así como las revistas argentinas El Hogar, Caras y Caretas, y Nosotros. La Revue de l’Amérique Latine (Paris, 1922) tenía una sección titulada “Anthologie américaine”, en la que se publicaron textos de Sarmiento, Martí, Gutiérrez Nájera, Quiroga, Mistral, Lugones y Juana de Ibarbouru, traducidos por Jean Cassou, Marcelle Auclair, Georges Pillement y Francis de Miomandre. Este último también tuvo una participación significativa en la difusión de autores y obras del Caribe, como se puede observar no sólo en La Revue Indigène, sino algunos años después en la martiniqueña Tropiques (1941-1945).

En algunos números de La Revue de l’Amérique Latine (años 1922, 1924, 1925 y 1927) aparece de manera intermitente una rúbrica con la publicación de textos de escritores latinoamericanos de expresión francesa, como el cubano Armando Godoy, y algunos escritores haitianos, cuyos poemas fueron compilados por Louis Morpeau en el texto “Un siècle de poésie haïtienne” (n. 7-8). En 1925, Morpeau había publicado una antología de poesía haitiana de la cual Ventura García Calderón escribió una crítica.

La revista Nosotros (1907-1934; 1936-1943) –publicación mensual argentina subtitulada “Revista de Letras, Artes, Filosofía y Ciencias Sociales” que tuvo dos épocas: la primera terminó debido a la crisis financiera de la revista y al enrarecimiento del clima político-cultural; la segunda ocurrió después de la muerte de Alfredo Bianchi, uno de los directores junto con Roberto Giusti– convocó a intelectuales de familias tradicionales de Argentina así como a emigrantes europeos, dio espacio a la vanguardia modernista, a los post-románticos y a los cultivadores del realismo literario. Esta publicación tuvo una lista de colaboradores bastante similar a la de La Revue de l’Amérique Latine: Evaristo Carriego, Manuel Gálvez, Paul Groussac, Álvaro Yunque, pero también Pedro Henríquez Ureña, José Ingenieros, Juana de Ibarbouru, Lugones, Mistral, Ponce, Rodó, Alfonsina Storni, Manuel Ugarte y José Vasconcelos. A fines de la década del veinte, Nosotros contaba con agencias en París, Madrid, Boston, Nueva York, México, Montevideo, Valparaíso, Santiago de Chile, La Paz y São Paulo. Probablemente sería de París que partirían estas publicaciones rumbo a Port-au-Prince.

En el plano temático, Nosotros se ocupó de asuntos de interés cultural y político variado, y también abrió espacio para textos de jóvenes escritores, como Jorge Luis Borges, que publicó en ella su Manifiesto Ultraísta. La revista consiguió proyección continental con los trabajos de Rodó, Vaz Ferreira y Pedro Henríquez Ureña, quienes mantuvieron un discurso anti-estadounidense y espiritualista, cuyos ecos se reflejan en la “crónica-programa” de La Revue Indigène. De otro lado, esta revista argentina se opuso a la política intervencionista de los Estados Unidos en la América Latina, posición que los haitianos no ignorarían, y con la cual se identificarían.

Entre los grandes intelectuales de Hispanoamérica que La Revue Indigène destaca se encuentran: Domingo Faustino Sarmiento, Leopoldo Lugones, Enrique Larreta (Argentina); Juan Montalvo (Ecuador); Amado Nervo, Alfonso Reyes (México); Santos Chocano y José Asunción Silva (Colombia).
Normil G. Sylvain comenta una conferencia de Émile Roumer en la cual el autor pretendía establecer semejanzas entre la producción literaria de Silva y el haitiano Edmond Laforest: “Physiquement, ils se ressemblaient [...] Tous deux, cultivés, fins lettrés, vivent dans un milieu hostile, qui ne peut pas les comprendre. Ils finissent également par le suicide.” (II, 56).

De igual modo, la revista haitiana dedica espacio a la mención de algunos autores de la literatura brasileña, que no fue olvidada en su búsqueda de integración continental. Gonçalves Diaz [sic], Castro Alves, Magalhães de Castro, Machado de Assis, Joaquim Tabuco y Ruy Barbosa aparecen en breves pinceladas que tratan de caracterizarlos.

Tampoco son olvidadas las Prosas profanas de Rubén Darío, la poesía de Gabriela Mistral y nuevamente de la Ibarbouru, o el pensamiento de Ventura García Calderón, José Vasconcelos y Rodó. Este último creía que la América debía recoger la herencia del humanismo grecolatino, en oposición al materialismo y al positivismo de la sociedad estadounidense. Y aún más próximos en el tiempo aparecen los caribeños Amérigo Lugo, Fabio Fiallo y los hermanos Henríquez Ureña.

La intención de este inventario de autores sería mostrar que Haití tenía su propio espacio entre las repúblicas americanas, y que cabería a La Revue Indigène recuperar la vieja metáfora del faro continental: “Nous avons à leur faire connaître notre apport bien mince encore sans doute à l’oeuvre de civilisation latine mais que l’on aurait tort de diminuer éxagérément [sic] voire de l’ignorer tout à fait. A nous de produire nos titres, de faire notre preuve”.





Julio de 2006




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