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El pentagonismo, ayer y hoy



Jorge Rodríguez Beruff   beruff@coqui.net

Universidad de Puerto Rico



Reditado el libro El pentagonismo, sustituto del imperialismo, del escritor y político dominicano Juan Bosch.





Releer El pentagonismo, sustituto del imperialismo treinta y ocho años después de haber sido escrito en el exilio de España, nos ubica inevitablemente en dos tiempos, los intensos y decisivos años de fines de la década del sesenta y la actual coyuntura de la primera década del siglo XXI.

Para los de mi edad, ambos son momentos vividos. Uno, como joven universitario que buscaba entender algunos de los procesos y grandes eventos que aparecen descritos en el libro y que nos afectaban de diversos modos: la revolución cubana, la guerra de Vietnam, la intervención en la República Dominicana, la muerte de Kennedy y el gobierno de Johnson, las luchas por los derechos civiles en Estados Unidos, los conflictos internos en América Latina y los subsiguientes golpes de estado, entre otros. El otro momento, el actual, ya concluida desde hace bastante lo que parecía ser una eterna Guerra Fría, pero donde persiste la realidad y el espectro de la guerra y el militarismo, y el autoritarismo asume nuevas formas, nos obliga a reflexionar sobre la vigencia de este texto.

El pentagonismo aborda temas que eran objeto de intenso debate a finales de los sesenta y principios de los setenta y que fueron tratados por otros autores que publicaron importantes obras en aquella época. Podemos mencionar, por ejemplo, a John Saxe Fernández, Richard J. Barnet, Noam Chomsky, Adam Yarmolinsky, Dieter Senghaas, Seymour Melman, para mencionar algunos de los más destacados. No cabe duda que la obra de Juan Bosch fue una de las que tuvo mayor difusión e impacto a nivel internacional, contando con más de doce traducciones. Con el concepto de pentagonismo y su transparente explicación de sus principales aspectos, logró encapsular lo que estos autores también analizaron: la militarización de la economía y la política en la posguerra. Es interesante que fuera el análisis de un autor caribeño sobre un proceso en los Estados Unidos el que lograra tanta proyección mundial.

Debemos hacer mención especial de un texto seminal de mediados de los cincuenta, que aunque Bosch no cita, debió conocer bien. Se trata del sugerente y muy influyente estudio de C. Wright Mills The Power Elite, publicado en 1956 por Oxford University Press, y que fuera publicado en español por el Fondo de Cultura Económica de México el año siguiente.

El contexto inmediato de Pentagonismo, en lo que a la República Dominicana se refiere, es la derrota militar y política de las fuerzas constitucionalistas luego de la invasión de 1965, y la consolidación del gobierno de Joaquín Balaguer con el apoyo de Estados Unidos. Su contexto más amplio es el abandono de las políticas reformistas de la Alianza para el Progreso bajo Lyndon Johnson, el comienzo de un ciclo de golpes militares de derecha a través de América Latina, el revés que había sufrido la estrategia guerrillera cubana por la muerte del Che Guevara en Bolivia en 1967, el agravamiento de la guerra de Vietnam, el auge del movimiento de derechos civiles, y el aún incipiente comienzo del movimiento de oposición a la guerra en los Estados Unidos. Ya para 1967 Martin Luther King había calificado a Estados Unidos como “el mayor productor de violencia en el mundo” y propuesto una alianza entre los movimientos de derechos civiles y de oposición a la guerra. Para el momento en que Bosch escribe el prefacio, se estaba produciendo la ofensiva de Tet.

El pentagonismo es un libro bastante pesimista, comprensible en un líder político e intelectual persuadido, hasta poco antes, que su país estaba encaminado necesariamente hacia la democracia. Es interesante notar el contraste con su libro anterior Crisis de la democracia de América en la República Dominicana escrito en su exilio de Puerto Rico en 1964, poco después de haber sido derrocado por el golpe de 1963. En ese texto, Bosch coloca el énfasis en las causas internas del golpe y dice que su libro es continuación de su anterior, Trujillo: causas de una tiranía sin ejemplo. Su explicación se sustenta en la persistencia del trujillismo y en que “muchos antitrujillistas eran, en realidad, aspirantes a sustituir al tirano, no a liquidar su régimen”. Al final plantea una pregunta que todavía dejaba abierta la posibilidad del retorno a la democracia ante la crisis del régimen golpista: “Hay, pues, gente para construir la democracia en la República Dominicana. Pero antes de poner a levantar otra vez la casa de la libertad y la justicia, esa gente mira hacia su pasado, mira hacia toda la América y pregunta: ‘¿Vale la pena volver a edificar para que nos roben lo que hacemos? Rusia ayuda a Cuba, y a nosotros, ¿quién nos ayudará?’ ”

Para cuando escribe El pentagonismo, su ruptura con los liberales norteamericanos, que antes lo habían cortejado durante la brevísima primavera de la Alianza para el Progreso, ya era total. En El pentagonismo los retrata como un grupo sin liderato y sin principios, meros burócratas capaces de cambiar su postura en 72 horas, y los personifica en Adlai Stevenson y Dean Rusk. El desprecio era mutuo. George Ball dice en sus memorias que Bosch era “…unrealistic, arrogant and erratic. I thought him incapable of running even a small social club, much less a country in turmoil. He did not seem to me a Communist… but merely a muddle-headed, anti-American pedant committed to unattainable social reforms.”

De más está decir que este era uno de los que no mostró mucha capacidad para conducir una pequeña guerra en Asia, y que Bosch organizó en su vida, no uno, sino dos partidos, que aún existen.
El pentagonismo se escribe para el mismo tiempo que Bosch trabajaba en Benidorm en otra de sus obras más importantes, De Cristóbal Colón a Fidel Castro, el Caribe frontera imperial. La continuidad entre ambas es evidente: su óptica con respecto al Caribe y a Estados Unidos va a poner gran énfasis en la importancia de los factores estratégico militares.

Este es uno de los contrastes entre su obra y la interpretación de la historia del Caribe publicada por Eric Williams para la misma época y casi con el mismo título. Williams, formado en el pensamiento geopolítico británico, no va a ignorar los factores estratégicos, los cuales discute en el capítulo titulado “The Cockpit of Europe”. Además, la independencia de Trinidad se había logrado en medio del pugilato con Estados Unidos por la permanencia de la base de Chaguaramas y Port-of-Spain, como describe genialmente V. S. Naipaul en Miguel Street, había sentido el impacto cultural de una conspicua presencia de marinos y soldados estadounidenses. Pero, aún así, Trinidad, más al sur y bajo administración británica, no había experimentado el trauma de una sangrienta invasión como la de Santo Domingo en 1965.

Quizás esto explique en parte la ironía de que un historiador profesional, conocedor del pensamiento geopolítico, como Williams, se acercara al Caribe con un enfoque más socioeconómico, mientras que un intelectual que provenía de la literatura adoptara una perspectiva estratégico militar. Cabe decir, además, que el peso de los factores militares en la política caribeña debió haber sido evidente para un pensador tan perspicaz como Bosch mucho antes de 1965, por el papel que jugó los Estados Unidos en la frustrada expedición de Cayo Confites en 1948. En De Cristóbal Colón a Fidel Castro, Bosch construye la historia del Caribe como una larga batalla con varios episodios y diversas líneas de fuerza. Ese libro concluye citando el cuarto comunicado de Fidel Castro del 19 de abril de 1961 reclamando el triunfo de la batalla de Playa Girón.

Pero el detalle es, que después de Girón, bajo el lema de no más Cubas, vino la aventura pentagonal en Santo Domingo. El pentagonismo podría ser visto como el último capítulo de esa obra, escrito a partir de la experiencia de la invasión de 1965 y sus secuelas políticas, y con un tono menos optimista en cuanto a las capacidades de las sociedades caribeñas para enfrentar el nuevo Leviatán.

Veamos las tesis que desarrolla Bosch en El pentagonismo, y que sustenta, entre otras cosas, con el famoso discurso del Senador W. J. Fulbright del 13 de diciembre de 1967, pronunciado luego que el texto ya estaba escrito. El imperialismo a la Lenin terminó con el fin de la Segunda Guerra Mundial. Desde entonces el pentagonismo se ha ido consolidando y fortaleciendo, llegando a su mayor expresión a mediados de los sesenta. Las nuevas intervenciones militares en América Latina, Asia y África no tienen ya el propósito de adquirir territorio o invertir capitales excedentes, sino de obtener beneficios de la “producción industrial de guerra”. el pentagonismo es el “producto del capitalismo sobredesarrollado”.

La Segunda Guerra Mundial opera en su explicación como un gran parteaguas histórico, sobre todo para Estados Unidos. La enorme expansión de la capacidad productiva llevó al surgimiento del capitalismo sobredesarrollado. La sociedad individualista, hecha a imagen del imaginario liberal, se trocó en una sociedad de masas, caracterizada por una actuación masiva impuesta por una “voluntad externa”, y no por la acción libre de ciudadanos conscientes. El paso de la Segunda Guerra Mundial a la Guerra Fría llevó a una organización militar permanente, cuando “en la base institucional de Estados Unidos no había lugar para un ejército permanente”. Además, al interior de la Segunda Guerra Mundial se dio un auge del nacionalismo en el mundo que abarcó a Asia, China, y a África, culminando en Argelia. El colapso de los viejos imperios coloniales, principalmente de Francia y Gran Bretaña, provocó una percepción de amenaza que fue aprovechado para impulsar el proyecto pentagonista.

Todos estos procesos llevaron a una concentración creciente del poder en el Pentágono, en el estamento militar, que escapa a cualquier control electoral del pueblo. Encuentra expresión también en presupuestos militares cada vez más abultados, sobrepasando los gastos civiles del estado, y llegando en 1960, según sus cifras, al 61.5% del presupuesto. De ahí que, dice Bosch, “cuando Kennedy pasó a ocupar la presidencia de los Estados Unidos, ya el poder militar era más fuerte que el civil en términos de fondos para gastar.” Además, el poder militar promueve una cada vez mayor concentración del poder industrial.

El pentagonismo es la combinación del creciente poder del Pentágono con una sociedad de masas. Sus condiciones subjetivas son el anticomunismo y la exaltación del culto a los héroes militares. No se trata ya de que líderes militares lleguen a la presidencia luego de conflictos militares, como en el pasado. El pentagonismo, según Bosch, es una nueva forma de estructurar el poder político y la economía. Y no fue hasta la década de los sesenta que los estadounidenses se dan cuenta que lo tienen instalado “en el centro de su sistema”.

Según él, el proyecto pentagonista fue inicialmente de las derechas económicas, militares, políticas y de la sociedad nacional. Sin embargo, la disponibilidad de grandes recursos económicos amplió su base de apoyo para abarcar las universidades, el centro político y hasta algunos liberales. De hecho, la sociedad entera se pentagoniza a medida que los vínculos de dependencia económica penetran hasta la clase obrera y los mecanismos de persuasión masiva, como la televisión, se hacen más efectivos. En este sentido menciona el apoyo de la AFL-CIO a la invasión de la República Dominicana, y los niveles de aprobación del 70% a esa intervención y la guerra de Vietnam. Frente a esta realidad contundente, Bosch no le da muchas posibilidades de éxito a los opositores de la guerra, los “dissenters”, ni a los liberales, a quienes llama “flor exótica”. Los auténticos liberales, como Theodore Draper, son demasiado débiles para hacerle frente al pentagonismo.

Sus reflexiones sobre las implicaciones para el sistema político estadounidense son interesantes. El pentagonismo no significa el ejercicio del poder político directo por parte de los militares. No hay en Estados Unidos las condiciones para un golpe de estado tradicional, a menos “que se produjera una derrota militar norteamericana de carácter decisivo…” Lo que ha ocurrido es una división de los campos de acción donde los civiles han retenido el control de la política interna, mientras que los militares se han hecho dominantes en la política exterior. Como ha demostrado el historiador Richard D. Challener, esto era cierto aún antes de la segunda guerra mundial y ha sido documentado ampliamente, en años recientes, por el historiador dominicano Bernardo Vega. Bosch argumenta que el control de los civiles en el Departamento de Estado de la política exterior es una mera ficción. La falta de liderato civil fuerte, la existencia de una clase política compuesta por politicians más que por políticos, es un factor que contribuye a la erosión del predominio civil y el “pentagonismo puede ir sustituyendo gradualmente al poder civil”.

La nueva política exterior pentagonizada se caracteriza por el uso de la fuerza y la subordinación de los ejércitos de los países dependientes, que también se pentagonizan. La referencia a los ejércitos dependientes pentagonizados está basado en su lectura de la experiencia en América Latina, específicamente en la República Dominicana, y en Vietnam. Las nuevas formas de dominio internacional no se basan ya en la adquisición de territorios y colonias, sino en la subordinación de los ejércitos a través de múltiples mecanismos. Cuando esos ejércitos entran en crisis, es que se pone en acción la política de fuerza de la intervención directa. Su justificación está en la doctrina de las guerras subversivas, que Bosch ilustra con el manual de guerra de guerrillas del ejército de Estados Unidos de 1961. La Doctrina Johnson, que se enunció en el caso dominicano, no es más que una expresión de esa doctrina del intervencionismo global. A su vez, las guerras recurrentes y el aprovisionamiento de ejércitos dependientes alimenta la industria de guerra y facilita la “colonización” de la población de la metrópoli.

El pentagonismo es un texto que trasciende la coyuntura y que nos plantea muchos problemas que siguen vigentes. La ruptura que establece en la Segunda Guerra Mundial nos parece, a veces, demasiado tajante, ya que hay muchas continuidades con periodos anteriores. Por otro lado, algunas de sus predicciones no se materializaron. La decisiva derrota en Vietnam no llevó a un golpe de estado, sino a una profunda crisis del arreglo de poder que Bosch describe. La costosa guerra, el escándalo de Watergate con la consecuente salida de Nixon, el llamado síndrome de Vietnam, la erosión del poder mundial de Estados Unidos, entre otros eventos, produjeron consecuencias políticas internas y externas que Bosch no pudo preveer. El pentagonismo no ha seguido una trayectoria lineal. La década de los setenta marcó un paréntesis en su ascenso, hasta que Reagan le insufló un nuevo dinamismo.

Bajo Reagan, el presupuesto militar alcanzó un pico de $448 billones, un nivel claramente insostenible por el creciente déficit fiscal. Luego declinó, con Clinton, hasta $291 billones en 1998. Desde entonces, ha estado aumentando consistentemente. Para el 2003, era de $379 millones. La petición presupuestaria que se acaba de anunciar es de $419 billones, más alrededor de $25 billones adicionales para retención de las tropas y tropas adicionales. Donald Rumsfeld anunció, el día 7 de febrero de 2005, que se aumentarán las tropas en 30,000, y las brigadas de combate de 33 a 43. Pocos días antes, se había anunciado que la compensación a las familias de soldados muertos en combates aumentaría de $250,000 a $500,000.

Esto ocurre en un momento en que ninguna potencia, ni combinación imaginable de potencias, tiene la capacidad de enfrentar a Estados Unidos militarmente. La brecha militar que se ha abierto en el sistema internacional no tiene precedentes históricos. La próxima potencia militar, Gran Bretaña, apenas gastó $34.8 en el 2001, Rusia $29 billones en el 2000, Francia $27 billones en ese mismo año.
Una de las particularidades de la actual coyuntura es el activo papel que están desempeñando los civiles en el resurgimiento del pentagonismo contemporáneo. No se trata ya de liberales que se pliegan a las visiones de mundo y las exigencias del estamento militar, sino de un nuevo liderato civil adherido al poder militar y que impulsa con fuerza la militarización de la política interna y externa. Ese liderato, llamado neoconservador pero que Bosch muy bien pudo haber llamado neopentagonal, considera que Reagan no fue suficientemente radical en su política exterior ni en la expansión del aparato militar, y que George Bush, padre, no llevó la primera guerra de Iraq hasta las últimas consecuencias. Ven ahora su oportunidad para reafirmar el poder unipolar de Estados Unidos en el mundo usando mecanismos de fuerza, a la vez que se construye al interior de Estados Unidos un estado guarnición. Ese sector no ve la guerra en Iraq como un desastre, sino como un reto y se sustentan en nuevos miedos, nuevos enemigos y nuevas doctrinas. Se mueven en el privilegiado mundo corporativo, en unas complejas redes de universidades, “think tanks”, revistas y medios de comunicación de masas. Han forjado nuevas alianzas, sobre todo con grupos del fundamentalismo religioso.

Como estamos recuperando viejos textos para entender problemas actuales, quizás valga mencionar la obra clásica de Alfred A. Vagts A History of Militarism, Civilian and Military, que fuera precisamente reeditada por Free Press en 1967. En esa obra, del momento del ascenso del fascismo en Europa, Vagts argumenta que el militarismo de aquella época no provenía necesariamente de los militares, sino de civiles que le rendían culto a los valores militares. Para él, el militarismo de origen civil era el verdadero motor y sustento de la militarización de las sociedades europeas en los treinta. Es una tesis que cobra nueva vigencia en la actualidad.

En 1941, el científico político Harold Lasswell planteó la atrevida hipótesis de que Estados Unidos se estaba convirtiendo en un estado guarnición que amenazaba sus instituciones democráticas. Samuel P. Huntington, en The Soldier and the State(1965), refutó la tesis de Lasswell alegando que un gran establecimiento militar podía ser controlado por medio de su profesionalización y no era una amenaza para la democracia. Su obra, publicada apenas tres años antes que el texto de Bosch, constituye un ejemplo de la reinterpretación de la tradición liberal estadounidense para justificar la pentagonización del estado. Luego se convirtió en una especie de Biblia para los militares y algunos intelectuales latinoamericanos que quizás pensaban que estaban leyendo una perspectiva “democrática”.

También debemos mencionar que, en lo que respecta a América Latina, se produjo una controversia entre el nuevo a la Huntington, y el viejo liberalismo que insistía en la importancia del control civil sobre los militares. Recordemos el planteamiento del historiador J. J. Johnson a favor de involucrar a los militares en la política y en tareas del desarrollo y las reticencias de Edwin Lieuwen.

Sin embargo, ya en 1951 Truman había tenido que destituir al General MacArthur ya que este quería ganar la guerra de Corea lanzando 50 bombas nucleares sobre China. En su comunicado del 10 de abril de 1951, anunciando la decisión, Truman dijo, “It is fundamental, however, that military commanders must be governed by the policies and directives issued to them in the manner provided by our laws and Constitution. In times of crisis, this consideration is particularly compelling”. Pocos días después, MacArthur pronuncia su famoso discurso de despedida ante una sesión conjunta del Congreso donde dice, retando al presidente, “once war is forced upon us, there is no other alternative than to apply every available means to bring it to a swift end. War´s very object is victory, not prolonged indecision”. Eisenhower llegó a la presidencia sobre la ola conservadora que había desatado la Guerra de Corea y el macartismo. Sin embargo, este viejo soldado creyó necesario cerrar su mandato con el siguiente mensaje:

…we have been compelled to create a permanent armaments industry of vast proportions. Added to this, three and a half million men and women are directly engaged in the defense establishment. We annually spend on military security more than the net income of all United States corporations.
This conjunction of an inmense military establishment and a large arms industry is new in the American experience…
In the councils of government, we must guard against the acquisition of unwarranted influence, whether sought or unsought, by the military industrial complex. The potential for the disastrous rise of misplaced power exists and will persist.
We must never let the weight of this combination endanger our liberties or democratic processes. We should take nothing for granted.


Son tiempos de releer el pentagonismo. Quizás algunos de sus planteamientos no hayan resistido el paso del tiempo. Sin embargo, la comprensión que Bosch logró en un momento tan temprano de un problema internacional vital y su explicación en la brillante prosa que supo cultivar, convirtió a su obra en una de valor duradero. El problema para la viabilidad de la democracia que nos plantea aún el reto del pentagonismo, sigue plenamente vigente.





Abril de 2006




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