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Narrativa periodística del Caribe


Alberto Salcedo Ramos   salcedoramos@gmail.com

Periodista de la Universidad Autónoma del Caribe





Hubo un tiempo durante el cual el periodismo del Caribe colombiano estaba dominado por expresiones como “benemérito”, “perínclito”, “nobilísima alcurnia”, “hidalguía sin ambages” y “el sacrosanto velo manto de la muerte”.

Aquella época de Patria Boba, común a todo el país, se caracterizaba por la religiosidad extrema, el lenguaje alambicado, el adoctrinamiento partidista, la prédica moral, el exceso de opiniones – generalmente intrascendentes – y, sobre todo, la falta de humor. A los poetas de aquel tiempo no los mataba la tuberculosis sino la exagerada dosis de almíbar de sus propios versos. A uno de esos poetas, por cierto, el viejo Héctor Rojas Herazo le acuñó un gracejo memorable, según el cual el buen hombre lo que hacía cuando escribía era “fregarle la paciencia al crepúsculo”.
Algunos historiadores nos informan que todavía en los años 40 del Siglo XX, la vida cotidiana, la de la gente común y corriente, no existía para la prensa. El escritor e investigador Jorge García Usta, recientemente fallecido, sostiene que en aquel período los diarios barranquilleros se la pasaban idealizando el desarrollo urbano y los de Cartagena, haciéndole loas al pasado. Nadie se refería al loco de la comarca, ni al fogón de la abuela, ni al mulato pescador, porque se consideraba que esos temas no tenían pedigree intelectual. Lo bien visto era hablar del ministro plenipotenciario, de la oratoria de Mussolini y del café parisino de moda.

¿Cómo fue posible que en aquel medio lleno de “opinadores” grandilocuentes surgiera una tradición narrativa vigorosa, de hondas repercusiones en el periodismo colombiano? El fenómeno se explica en virtud de un proceso multidisciplinario, en el que confluyeron varios factores. En primer lugar, el surgimiento, tanto en Cartagena como en Barranquilla, de un grupo de periodistas intelectuales que entendían su rol de una manera diferente: tenían una visión cosmopolita de la realidad, pese a su profundo sentido de pertenencia a la región. Por tanto, podían escribir una parrafada sobre el sacoleva con la misma mano con la que más tarde le hacían una loa a la vendedora de fritos. Podían elogiar, en el mismo texto, la cintura prodigiosa de Josephine Baker y el talento de un bailador criollo de mapalé. Tenían la inteligencia suficiente para oír el discurso del concejal de turno sin necesidad de convertirse en su amanuense. Y en todo caso, preferían leer a Faulkner, a Gómez de la Serna y a Virginia Woolf. Eso sí: para no intoxicarse de filosofía – como diría Jaime Sabines – cerraban de vez en cuando el libro de Sartre y se ponían a escuchar al cuentero de la esquina. Miraban la vida con humor y por eso sabían que el hombre sensato empieza por reírse de sí mismo. El humor, además, les afinaba el pulso narrativo, les permitía desacralizar lo sagrado para verlo en su justa dimensión humana y contarlo con mayor eficacia. Intuían, mucho antes de que Woody Allen lo dijera, que “todos los estilos son buenos, menos el aburrido”.

Entre esos exponentes de una nueva forma de entender el periodismo en el Caribe, figuraban Gabriel García Márquez, Álvaro Cepeda Samudio, Héctor Rojas Herazo, Clemente Manuel Zabala, Alfonso Fuenmayor y Germán Vargas. Todos ellos cultivaban, en principio, la columna de opinión. Lo que hacían no eran los típicos comentarios pontificales del género durante aquellos años, sino pequeñas obras literarias, a veces con una estructura novedosa, sobre los temas más sencillos: el logotipo de la Avena Quaker, la creación de las bicicletas, o el vecino que pasea a su perro los domingos. Eran piezas que a ratos derivaban hacia la crónica, como en el caso de Rojas. Y en otras ocasiones, como en el caso de García Márquez, permitían ya anticipar, aunque de manera tímida, al gran cultor del reportaje, ese género narrativo que él mismo definiría años después como “el cuento completo”.
Algunos de los miembros de este grupo han reconocido que entre los factores que contribuyeron a cambiar su visión de la realidad en forma significativa, estuvo la poesía de Luis Carlos López, “El Tuerto”, con su carga de socarronería, con su manera fresca de retratar a los seres de su entorno. López no tuvo complejos para armar su ideario estético con base en los motivos más pedestres de su villorrio: el burócrata panzón y el perro que orina contra el farol, el aceite en botijuela y los zapatos viejos. 

He aquí un ejemplo de la poesía de “El Tuerto”, un soneto que es, en realidad, una crónica, como ocurre con gran parte de su obra:

Un ejemplo del tuerto (Hongos de la Riba)

El alcalde, de sucio jipijapa de copa,
Ceñido de una banda de seda tricolor,
Panzudo a lo Capeto, muy holgada la ropa,
Luce por el poblacho su perfil de bulldog

Hombre pelo en pecho, rubio como la estopa,
Rubrica con la punta de su machete. Y por
La noche cuando toma la lugareña sopa
De tallarines y ajos, se afloja el cinturón

Su mujer, una chica nerviosamente guapa,
Que lo tiene cogido como una grapa,
Gusta de las grasientas obras de Paul de Kock

Ama los abalorios y se pinta las cejas
Mientras que su consorte luce por las callejas
Su barriga, mil dijes y una cara feroz


La poesía del “Tuerto” es reconocida por algunos investigadores como el primer antecedente importante de la crónica moderna en la Costa Caribe. Y estos cultores de los que estamos hablando, fueron enormemente influenciados por su tono burlón. También recibieron, desde luego, otras influencias, provenientes de la cultura popular.

No todos los miembros de la generación mencionada desembocaron en la crónica y en el reportaje, aunque varios de ellos hayan sido aventajados narradores. En realidad, sólo Gabriel García Márquez y Cepeda Samudio lo lograron plenamente. El primero es el autor de la historia que, según algunos teóricos, inauguró el reportaje moderno en Colombia: “Relato de un náufrago”. Y además escribió varios de los más importantes reportajes que se hayan publicado en nuestro país, como “La aventura de Miguel Littin clandestino en Chile”, “El cementerio de las cartas perdidas”, “La marquesita de la Sierpe” y “Caracas sin agua”. Textos que valen no sólo por lo que nos informan, sino también por la manera en que fueron escritos: relatos redondos, atemporales, completos. 
Daniel Samper Pizano afirma que Álvaro Cepeda Samudio, a quien califica como “un reportero venido a más”, fue el periodista que introdujo en Colombia el concepto del “editor”, que no existía en nuestro medio. Cepeda, añade Samper Pizano, “descubrió aviones caídos, cubrió torneos de regatas, relató las elecciones de 1972, entrevistó a futbolistas y cantantes, e informó sobre visitas presidenciales”.
Rojas Herazo, la otra cifra mayor del grupo, nunca fue un reportero de libreta y bolígrafo. Sin embargo, en muchas de sus columnas uno percibe a un narrador que recrea con pinceladas de gran aliento poético, las historias de su entorno. 

Esa tradición de narradores del Caribe, que comenzó a finales de los años 40, ha tenido después muchos otros cultores, que van desde Juan Gossain hasta Heriberto Fiorillo, pasando por Eligio García, Ramón Illán Bacca, José Luis Garcés, Silvana Paternostro, Julio Olaciregui, Sigifredo Eusse, Lola Salcedo, Jaime de la Hoz, Gustavo Tatis, Patricia Iriarte y Jorge García Usta, entre otros. Dotados, casi todos ellos, de una gran capacidad para descubrir lo mágico y sorprendente de la realidad, y contarlo con una notable eficacia narrativa.

¿Qué es lo que hace que esta manera de narrar se haya arraigado en la región? El hecho de que responde a una tradición que va más allá de los propios cronistas: incluye también, por ejemplo, los cantos de Escalona, las fotografías de Nereo y de Leo Matiz, la poesía de Jorge Artel, las exploraciones etnográficas de Manuel Zapata Olivella, algunas de las investigaciones de Orlando Fals Borda, las películas de Pacho Bottía, los documentales de Martha Yances, las coplas de los vaqueros, las letanías del carnaval y las fábulas de nuestros bogas. Esta tradición refleja una manera de ver la vida asombrándose de ella cada día, un sentido de lo metafórico, en especial de lo hiperbólico, no tanto como ornamento literario sino como una herramienta de comunicación, que ayuda a las personas a entenderse mejor. El cronista del Caribe es, en realidad, un recurso defensivo de nuestra cultura para preservar al brujo de la tribu. Es una prolongación del abuelo tribal que, en su taburete de cuero, cuenta cuentos para no quedarse solo. Es el guardián de la memoria de nuestros juglares, alguien que ha aprendido a encontrar noticias grandiosas en la vida común y corriente de todos los días. 

A grandes rasgos, voy a mencionar algunos de los elementos que caracterizan la tradición narrativa del Caribe y sus posibles aportes al periodismo nacional. 

El humor: no me refiero solamente al humor como rasgo de la inteligencia, sino también como actitud ante la vida. Es la capacidad de recrear con gracia un tema aparentemente menor, como ocurre en el siguiente ejemplo de Juan Gossain. (Fragmento de su texto “Apología Ardiente del Corroncho”, publicado en la revista Semana).

“Alguien escribió alguna vez en un periódico capitalino que el corroncho es la versión calurosa del “lobo” bogotano. ¡Alto ahí, lenguas viperinas! No hay nada más diferente que un lobo y un corroncho. El lobo es un desperdicio, un producto de la subcultura, un residuo. Lobo es el que, tratando de imitar a las señoras que tienen un Botero en su casa, compra una litografía de cualquier “Madonna” italiana y le pone marco café con verde. Corroncho es el inspector de policía del Retiro de los Indios, cerca de Montería, que no sabe que existen ni Botero ni las vírgenes del Renacimiento”.
“Lobo es el que compra una maleta ‘samsonite’ de color rosado en Nueva York, para ir a impresionar a sus primeras de Fusagasuga. Corroncho es el hombre inocentón que sale de Cereté a visitar a la parienta que vive en Bogotá y al llegar al aeropuerto se acerca a un policía y le pregunta, con la misma naturalidad que si estuviera en la estación de buses de Chinú:
-- Dime una cosa: ¿tú sabes dónde es que vive por aquí Carmita, la hija de mi comadre Dioselina?
El lobo es un imitador de baja índole, arribista, que brota de la hojarasca social, de la resaca cultural. El lobo, como las latas de cerveza, es un simple reciclaje maltratado por el uso. El corroncho, en cambio, es puro como el agua de una acequia, como el cagajón de un burro, como el matarratón que florea en verano”.
“Lobo es el esmeraldero que tiene un caballito de plomo sobre la tapa del motor de su jeep y que el día en que su hijo se fractura la mano arma un escándalo en la clínica porque insiste en que al chico no lo curen con yeso sino con mármol. Corroncho es aquel labriego de Mateo Gómez que llevaron picado de culebra al hospital de Lorica y que al tercer día, aburrido del suero glucosado con que lo estaban alimentando, llamó al médico, le mostró el frasco con la aguja y le dijo sin sombra de malicia:
-- Docto: ¿no sería posible que a ese caldo me le revolvieran un pedacito de bollo?”


Álvaro Cepeda Samudio nos demuestra en el siguiente ejemplo que el verdadero humor empieza por encontrar en nosotros mismos lo que tenemos de risibles e inclusive de ridículos. En una de sus columnas publicadas en el Diario del Caribe, escribió que los barranquilleros tenemos una gran capacidad “para opinar alegre e irresponsablemente sobre lo divino, lo humano, lo animal, lo vegetal, lo mineral y lo técnico”.
“Nos creamos poseedores de una sabiduría universal que permite a los médicos conceptuar sobre arquitectura, a los arquitectos ser expertos en pintura, a los dentistas criticar las obras de ingeniería, a los ingenieros escribir poemas trigonométricos, y a los poetas, en fin, terciar en los abstrusos vericuetos de la economía moderna”
.
Al final remata con una frase que no por bromista deja de ser una crítica certera: “Se repite, por milésima vez, la situación tan familiar para todos: los barranquilleros con las bocas abiertas y las obras paradas”.

A menudo el humor en nuestro medio, como lo advierte la investigadora Mirta Buelvas, es un ejercicio de reconocimiento del prójimo. Por eso nuestro carnaval – agrega ella – es en esencia una fiesta de tolerancia. Yo lo comprobé cuando entrevisté a Richard, un hombre que se disfraza de “Negra bullanguera”. Aún recuerdo su frase textual: “en los cuatro días del carnaval”, me confesó, “todo el mundo me llama gay. Pero después de la fiesta, otra vez me dicen maricón”.

Una forma del humor propia de nuestra cultura es la desmitificación. Al hombre de estas latitudes no le gustan ni las jerarquías ni las solemnidades. De ahí que nuestra fiesta más importante sea, precisamente, el carnaval, que representa en forma cabal este rasgo de nuestra manera de ser. A la hora de contar historias, este recurso nos permite explorar, con frecuencia, un ángulo inesperado de la realidad y darle un tratamiento más cercano a los intereses del lector. Por ejemplo, en el memorable retrato que García Márquez le hizo a Darío Morales -- el pintor de desnudos femeninos -- hay una preocupación permanente por bajar de la nube al personaje, por mostrar una faceta humana del artista reconocido. Para eso apela a situaciones y apuntes divertidos. He aquí un brevísimo fragmento:

“Darío Morales no parecía ver la vida de dentro ni la vida de fuera, sino sólo el universo ilusorio del baño de servicio a través de un agujero que había taladrado en el muro. Era lo único que pintaba. Tanto, que uno se preguntaba desde entonces si no se daría cuenta de que en el mundo había también mujeres vestidas. Su abuela, que fue su primer crítico, se lo dijo: 
-- ¡No sabes pintar nada más que tetas y pan!”


Ese humor recurrente -- que por cierto no es exclusivo de nuestro medio aunque acá haya encontrado a varios de sus mejores cultores -- le aporta a la escritura un gran encanto formal. Y constituye, además, un modo de celebrar la vida, necesario en un periodismo que, como el colombiano, ha estado signado durante los últimos años por el miserabilismo y la exaltación de lo fúnebre.

Una de las herramientas más utilizadas por los cronistas y reporteros del Caribe, es la anécdota. He aquí un ejemplo tomado de una crónica que escribió Juan Gossain sobre la Semana Santa de Santo Tomás.

“Aparece una comparsa a cuya cabeza desfila un helicóptero hecho con trapos, pedazos de cartón y alambre. En el fuselaje, con grandes letras burdas, tiene una leyenda: Fuerza Ambrienta de Colombia, FAC”. 
Pienso, para mi propio mal, que la ortografía y el carnaval son compatibles, y le digo al capitán del helicóptero, a gritos:
-- ¡Hambre se escribe con “h”!
Él me mira con lástima y se ríe. Me responde a gritos:
-- Lo que pasa es que teníamos tanta hambre que nos comimos la “h”.
Y quedo como un pendejo, callado en medio de su risotada, porque nadie me manda a meterme en lo que no me importa”.


Muchos de los exponentes que he mencionado son verdaderos maestros en el manejo de la anécdota, narradores capaces de encontrar siempre la acción cómica, inesperada. 
Algunos estudiosos del tema, acaso por prejuicios, suelen mirar las anécdotas como una debilidad de escritores superficiales. Tan malo como convertirse en un mero ensamblador de anécdotas, es despreciar el poder de este recurso, especialmente cuando además de producir hilaridad en el lector, contribuye a revelar mejor la interioridad de los personajes. 

Otro rasgo distintivo del periodismo narrativo costeño es lo que pudiéramos llamar sentido poético de la vida: esto, como ya dije, es una característica de nuestra cultura, arraigada de manera muy especial en las zonas rurales, de donde proceden varios de los cronistas que he mencionado. Eso les ha permitido a nuestros periodistas narrativos contar sus historias con una mayor eficacia formal. Lograr que sus textos valgan no sólo por lo que informan sino también por ser altares de la estética. He aquí un ejemplo de Héctor Rojas Herazo. 

“El mejor tema – aquel que no ha sido ni podrá ser nunca lo suficientemente bien explotado en ningún orden de la ficción – es el del hombre a quien no ocurre nada. El hombre que se levanta, pone en paz las líneas de su rostro, se encamina al baño, se pasa la mano por el mentón, hace una mueca de displicencia y empieza a preparar – con los gestos entumecidos de quien no ha subido todavía a la superficie de la vigilia – sus adminículos de afeitar. 
Más tarde, a compás con los brochazos de jabón, aprontará sus sentidos para tejer un nuevo día. Ese rostro, ese usado rostro de siempre en el espejo, tiene que enfrentarse a otros rostros durante una jornada en que la realidad será superior a todo plan. (…)
(…) He aquí bosquejado apenas el gran tema. El tema simple, monumental y heroico – heroico por lo aterradoramente normal de este sacrificio terrestre – de un hombre a quien no le ocurre absolutamente nada”.
(Fragmento de El héroe común y corriente).


En realidad, a este héroe terrenal que nos muestra Rojas Herazo, sí le suceden cosas: lo que pasa es que son las cosas simples que les ocurren a las personas comunes y corrientes. Siempre he creído, a riesgo de resultar tremendista, que Rojas nos está regalando, con medio siglo de anticipación, una lección magnífica: también los hombres que no han sido destrozados por la motosierra ni por el cilindro de gas, ni arruinados por las inundaciones, tienen algo que contar. También ellos, en su normalidad, son una noticia que merece ser contada. 
El sentido poético de la vida se expresa también en la tendencia a comparar, a resumir el mundo en una metáfora. Como se aprecia en el siguiente fragmento, en el cual Álvaro Cepeda Samudio traza un paralelo genial entre las mujeres y los titulares de prensa:

“Como las mujeres, los titulares forman un mundo polifacético que expresa su emoción de muchas y muy variadas maneras. Los hay, como las colegialas tímidas, que apenas asoman el cuerpo de la noticia por entre los pliegues espesos de los tipos rectilíneos y enlutados; detrás de un titular quinceañero puede esconderse una gran noticia y puede estar sobre una solemne majadería; todo depende de la perspicacia del hacedor de titulares.
Otros son tan coquetos, incitantes y llenos de esquiveces como cualquiera de las más cotizadas vampiresas del alto mundo. Empinado sobre un tipo de grandes proporciones nos llaman la atención, exactamente como la vampiresa cuando pasea por los vestíbulos lujosos su enorme escote, pero al seguir viéndolos descubrimos que en la segunda línea se achica, se pierde en arabescos tipográficos, pero cuando ya lo vamos a abandonar nos hace un guiño decididamente incitante, que nos obliga a adentrarnos en la lectura de la noticia”. (VIENDO TITULARES)


Un ejemplo sobresaliente de ese sentido poético, es el siguiente fragmento del narrador cordobés José Luis Garcés González:

“Bailaban porros debajo de la bonga, encima de su sombrero, metidos en una sombra redonda. Cuando eso, el sol se enfurecía en los extremos de la bonga. Entonces, la bonga les enredaba la luz que venía del cielo. Mujeres con polleras anchas y caderas enardecidas, bailaban erectas, sereno el rostro, enloquecidas las nalgas, caminantes los pies. Los músicos tocaban las gaitas, manoteaban la tambora, sonaban los guaches. Escandalosamente, agredían las quietudes del día. Y los hombres, un sudor hecho hombre, un grito que sudaba.
(…) Los pitos cabezas de cera se metían de lleno en la tarde. Todo se derretía, los cuerpos se bañaban en sus propias aguas, los colores animaban el aire, enaltecían la dulce persecución de las hembras, mujeres de moño de pelo suelto, de pelo crespo como una corona de zarzas o líquido como cola de caballo negro. ¡Cómo escandalizaban el caderaje! Eran perseguidas pero también perseguían. De pronto, moviendo horizontal el pubis, se acercaban al parejo, lo buscaban para darle el visaje de su montaña. Pero ningún toque profanaba esos cuerpos. El andamiaje del pubis quedaba próximo, se unían sin tocarse. Al misterio de ambos lo separaba una línea de luz”.


Ese sentido poético a menudo es la representación de una característica predominante en nuestra cultura: lo hiperbólico, lo exagerado. He aquí un ejemplo tomado de Juan Gossain, en su crónica sobre el negro Adán, aquel legendario zar de la fritanga barranquillera:

“Se sabía, desde las cinco de la mañana, todo lo que había pasado en la ciudad la noche anterior: a quién echaron de la casa por llegar tarde, cuál era la muchacha que había dejado a su marido por irse con un músico de acordeón, el nombre del último ladrón que se había alzado con buena parte del presupuesto municipal. Hablaba a borbotones, entremezclando rumores y carcajadas. Su risa se oía hasta Puerto Colombia. Era tan fuerte que, según dicen los viejos más viejos, los que conocieron a Cisneros y los buques de rueda, una vez tumbó un poste del alumbrado con una risotada. Era, a su manera, un maese de juglaría. Se bebía una botella de ron blanco de un solo trago. Su patio vio desfilar a varias generaciones de barranquilleros. A la mitad de ellos los mató con su colesterol”.

Si tomáramos al pie de la letra tamañas hipérboles, tendríamos que concluir que se trata de mentiras flagrantes. Pero en nuestra región ya estamos curados de espantos y sabemos leer perfectamente el espíritu de esta desmesura. Así las cosas, lo que se plantea es una forma diferente de ver la realidad, no menos cierta, no menos importante. Recordemos que en esas fuentes abrevó García Márquez para crear su universo literario.

El Caribe ha contribuido enormemente a ampliar el espectro temático del periodismo nacional. Ha aportado color, gracia, belleza, pero también modernidad en el manejo de las estructuras narrativas, como se aprecia en los reportajes “Sinfonía inconclusa”, de Eligio García, y “La Cueva”, de Heriberto Fiorillo. Los perfiles de Jorge García Usta contenidos en el libro “Diez juglares en su patio” tienen una hondura emocional que eriza la piel. Aparte de saber nombrar el mundo con la palabra, los buenos exponentes de este género son rigurosos en sus investigaciones. Para comprobarlo, basta con revisar, por ejemplo, “La diva descalza”, de Patricia Iriarte, o “Un viaje a la indolencia”, de Juan Carlos Guardela.
Uno de los aportes mayores ha sido la valoración de la cotidianidad. Y, desde luego, de la vida común y corriente, que no es tan común, después de todo, y que siempre se merece una celebración. 




Septiembre de 2006




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