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 Eduardo Rivero: Un clásico de la danza 



Reinaldo Cedeño Pineda    reinaldocp@cultstgo.cult.cu


Nigeria adentro, Universidad de Ifé, pleno corazón del país yoruba. La bailarina se alza, muestra el rostro, y un clamor se levanta: "¡The mask, the mask! (La máscara, la máscara)". El público rezuma asombro: el dije de marfil, símbolo de la realeza africana, cobró vida. Okantomí había logrado la suprema síntesis, un viaje profundo al río negro de la tradición, a la sombra del baobab, al canto libre.

Algunos años han pasado desde entonces; pero el creador de Súlkary, Okantomí y Otansí, obras clásicas de la danza contemporánea cubana, sigue incólume como artista. Premio Nacional de Danza en el 2001, Eduardo Rivero Walker, anda como el primer día, con su compañía teatro de la Danza del Caribe.

Mulato

Sus inicios lo remontan al Caribe, desde su familia del barrio habanero de San Isidro, y su abuela cantando canciones de Jamaica. "Un mantel pobre; pero siempre limpio".

-¿Cuándo llega la danza?

"De todos aquellos muchachos y muchachas, de amigos como Arnaldo Patterson, que nos íbamos a recorrer las calles siendo todavía adolescentes; te diré que cuando vuelvo la memoria atrás, me doy cuenta que por selección natural, nos fuimos quedando unidos a los que nos interesaba la danza.
Conocí a Manuel Ángel Márquez, que vivía cerca y que ya tenía conocimientos de danza. Empezó a hablarme de Igor Youskevitch, de Gene Kelly, de Tamara Toumanova... Fue Márquez quien me lleva al Conservatorio Municipal de La Habana, donde matriculo en 1953 en la Escuela de ballet. Allí estuve seis años.
Recuerdo perfectamente a la profesora Clara Roche, que influyó mucho en mi, con toda su exigencia técnica. Tomé clases en la escuela y luego en su estudio privado, sobre bellet. Allí estaban los pobres, los negros, y es el lugar donde me sorprende el triunfo de la Revolución. En esa escuela, fue la primera vez que vi, a quien luego fuese gran coreógrafo y amigo, Jorge Lefebre -siempre con su andar erguido y elegante-. Salía del conservatorio, cuando yo comenzaba".

Del ballet va a la danza folclórica, porque en esa época ver a un negro en el mundo del ballet era algo casi imposible, y funda la más importante compañía de danza contemporánea del país: Danza Nacional de Cuba.

El 18 de febrero de 1960, con coreografía de Guerra y música de Amadeo Roldán, Eduardo Rivero Walker hace su primer protagónico, en Mulato, con esa compañía, un lenguaje del hombre mestizo enamorado de una mujer blanca. Luego vendrá Suite Yoruba, donde entrechocan ell machete de Oggún y el hacha de Changó se entrechocaban en la pelea de Suite Yoruba. Brillaba el metal filoso, el brazo de Rivero era una rama movida por un huracán. El documental Historia de un ballet (José Massip) ha dejado para siempre prendido en el celuloide, la fuerza de ese instante, que cada vez era un desafío mejor domeñado. Nadie lo ha bailado después.

-En una revisión crítica, acorde con su experiencia de hoy ¿Qué elementos modificaría en su interpretación, si lo volviera a bailar con la experiencia de hoy?

"A veces, sueño que bailo. Soñé que estaba bailando en un espectáculo de mi maestro Ramiro Guerra, que es mi todo, mi guía, mi faro y mi formador. Yo me quedaba en el aire como levitando. Si yo volviera a bailar Oggún, impondría un poco de la sabiduría que el tiempo me ha dado. Yo hablo y gesticulo las manos, eso es bailar. Me encanta caminar, y te juro que, en ocasiones, siento que estoy bailando; o al ir vestido de una forma, le aplico a cada movimiento un sentir muy profundo. Eso haría".

Súlkary: clásico de la danza contemporánea

Las décadas del 60 y el 70, marcaron la figura del Eduardo Rivero bailarín. Ocupa un puesto cimero en la más importante compañía danzaria de su tipo en la Mayor de las Antillas, como solista o integrante del cuerpo de baile.
Su ductilidad en el Orfeo Antillano, llenó de flores su camerino en París. En las ciudades de la Unión Soviética, reunió a fans que le recibían de una ciudad a otra. En la India, cuando baila Dúo a Lam, los aplausos fueron tributo a la excelencia, por encima del impacto de la sensualidad de una pieza, que exigía los cuerpos semidesnudos, pero... a principios de los 70, debe asumir naturalmente el liderazgo artístico, cuando Guerra deja la compañía.

"Se estrenó el 13 de mayo de 1971 en el Teatro García Lorca de la capital cubana, con música yoruba cubana y vestuario de Eduardo Arrocha. Primero, surgió de algo muy colectivo. Los bailarines, los cantantes, Danza Nacional de Cuba era una gran familia. Compartíamos las ideas y a músicos los músicos, como Regino Jiménez. Jesús Pérez, Ángel Bolaños, Orestes Suárez, siempre le contaba mis cosas. Ellos me cantaban, con un toque, unas palmadas, y Súlkary se formó así, con el apoyo de Trujillo, de Luz María Collazo...

"La coreografía surgió mucho después. Comenzó, porque quise ahondar mis conocimientos de la cultura africana. Ya estaba Okantomí, con la fuerza, la vitalidad, la belleza plástica de las tallas y esculturas en marfil y bronce de Ifé y Benin. Esta vez decidí ir a Egipto, a las pinturas rupestres. Fusioné figuras que yo había podido ver en esculturas, tallas, cabezales, bastones de mando, asientos ceremoniales, todo lo que pudiera aportarme. Esas manos reclinadas, las cabezas con grandes peinados, las líneas, los dibujos.

"Hay elementos de una cueva del Sahara en las cabezas y los gestos. Tomé elementos de los sitiales y tronos, con los brazos extendidos y con las palmas vueltas hacia arriba. Yo quería mover las esculturas.

"Esta obra requiere canto, baile y música. Era un compendio de todo: la acción, el vestuario, la coreografía, los intérpretes. También, el diseño de luces, su reflejo en aquellos cuerpos negros. Creo que esa integralidad fue la regla de oro de Súlkary. Luego se ha hecho, por ejemplo con la Dance National Company of Jamaica, y el Ballet Español de Cuba, en esta última ocasión con tres bailarinas blancas de ese colectivo, y tres bailarines negros de Teatro de la Danza del Caribe.

"Es una obra que no sólo se hizo con mucho amor, sino con mucho conocimiento. Tuve que estudiar muchísimo sobre el origen de la cultura africana y la gestualidad del cubano, no sólo para Súlkary, sino también para Okantomí. En Nigeria yo pude escuchar a gente que comentaba: 'mira, así bailaban nuestros abuelos, nuestros antepasados'. Y no lo digo para darme en el pecho, es que fue algo que ocurrió de verdad, es un orgullo sano, es un honor.

"Mira, Súlkary me tomó mucho tiempo, no se hizo ni en 15 ni en 20 días. No sólo fue el trabajo de investigación, sino pasar todo ese cosmos cultural a la clase técnica de coreografía.

"Para hacer los trabajos coreográficos, yo tenía que impartir clases, ejercicios, movimientos. De ahí que la ondulación del torso, de los brazos y otras peculiaridades, pasan al método de toda nuestra forma de enseñanza. Eso pasó a la Escuela Nacional de Danza Moderna, viene desde la época de Ramiro; pero después eso se consolida, se logra un aporte sustancial y contundente. Es de los elementos que distingue a la técnica cubana del resto".

-¿Cómo se va de la idea a la concreción, de la mente al movimiento, de las líneas a todo el diseño general de una obra que no va a estar estática, sino en un dinamismo pleno?

"Todo es una cadena de acciones, una concatenación de hechos. Por ejemplo, en el espectáculo clausura (Cimarrón) de la Feria Internacional del Libro, en el Castillo del Morro santiaguero, uno tiene en cuenta ese entorno, ese monumento arquitectónico que es el Morro, ese misterio de la puesta del sol.

"El espectáculo que se hizo y el final con el lanzamiento de una cadena por el bailarín, convertido en cimarrón, me ha dado la oportunidad de hacer un solo para este bailarín, Reinaldo Hernández ("Maikel"). Todo eso es la idea, la inspiración para hacer una obra danzaria, que su piel recogiera la luz que había en ese atardecer. Y mostrarlo con todo aquel pelo crudo, en toda su exhuberancia física, todo ello está en la coreografía creada para esa ocasión, en la que sale desnudo. Eso tendrá sus variantes en la coreografía que estoy creando para el teatro.

"Cada vez que yo puedo, tengo al diseñador de luces al lado mío. Es muy importante. Una obra que es como el Súlkary para la compañía Teatro de la Danza del Caribe, el sello de la compañía de Santiago, es Destellos. Es una obra que hice expresamente para los bailarines de la Compañía. Aunque está inspirada en una escultura de Augusto Rodin, está pensada en ellos, en cada uno, en su dinámica.

Santiago y el Caribe

En 1988 se funda en Santiago de Cuba, la Compañía Teatro de la Danza del Caribe, hoy una de las más prestigiosas del país. Su director, Eduardo Rivero -nacido el 13 de octubre de 1936 en La Habana-, ha merecido las distinciones más importantes de la cultura cubana como la Orden por la Cultura Nacional, la Alejo Carpentier y la Orden Félix Varela de primer grado.

-Tres conceptos parecen reunirse en el nombre su Compañía. ¿Por qué ese bautismo como Teatro de la Danza del Caribe?

"Santiago de Cuba es como el centro del Caribe, por su situación geográfica y toda la mezcla de culturas y razas, acentuadas en esta parte oriental. Teatro, porque el mundo caribeño, está lleno de una inmensa teatralidad, desde las creencias más arraigadas hasta nuestra cotidianidad. Y del Caribe, naturalmente, por toda esa influencia. Nos pareció lo más justo y lo más exacto; y más general que ponerle santiaguera u oriental".

El sello pedagógico y artístico de Eduardo Rivero se ha extendió por islas y costas caribeñas y ha legado hasta la península ibérica. Ha formado las compañías National Performing of Granada, la Compañía de Danza Okantomí en Barcelona y la National Performing de Belice. Su relación con la Compañía de Jamaica COMO ha sido amplia y sostenida. El honorable señor Rex Netheford ha declarado como un orgullo personal, el hecho de que Rivero haya podido ir a su país, porque estuvo varios años intentándolo.

-¿Qué elementos de su experiencia en el Caribe ha logrado distinguir y sintetizar en su Compañía?

"La línea danzaria caribeña no puede olvidar nuestra voluptuosidad. No somos ni europeos, ni ingleses. Hay contrastes de pigmentación y se refleja el hombre del Caribe, pero tampoco somos africanos, y eso tiene que estar en el arte, en la danza. "Para ingresar en nuestra Compañía, hay que tener una técnica y un estilo muy definido, buscarlo, para que entronque con nuestras raíces. El bailarín de acá es expresivo, lírico, dramático. Tiene que haber una ondulación con dinámicas fuertes, movimiento constante, y ser capaces también de una suavidad súbita o sostenida. Para bailar es imprescindible la fuerza, la elasticidad, la plasticidad, la línea estética y la figura; pero también la vehemencia, la vocación y eso lo tratamos de ver. También hay que estar pendientes de la renovación.

"En la compañía Teatro de la Danza del Caribe, está sintetizado todo cuanto aprendí. No trato de hacer nada que no conozca. Para reflejar la idiosincrasia del Caribe, y no sólo de Cuba, hay que tener muy en cuenta la iluminación caribeña, no tiene que ver nada con la londinense. Aquí estamos llenos de sol y de mucha claridad. También hay una sonoridad que marca toda nuestra atmósfera"

"Yo disfruto mucho los mercados de Santiago de Cuba, como la gente vende, o como te da la mano con mucha fuerza. En la isla de Granada, yo me iba desde las cuatro de la mañana, a ver como se armaba el mercado, con sus grandes carretillas y su gente. Recuerdo a un negro, tan sólo con una pequeña trusa, con un racimo de plátanos al hombro tan grande como él. Todo eso es un espectáculo, y no tiene nada que ver con un mercado europeo, con Europa. Ahí está nuestra sensualidad, basta ver a una santiaguera moviéndose e incluso una persona del Caribe al sentarse, se le desborda el eros. No sólo está en la obra Erótica o en Otansí, sino en muchas otras.

"En Belice, por ejemplo, el mar circunda la ciudad en Belice City, las personas son muy comunicativas. Está la cultura garífona, que tú no sabes si son negros o aborígenes, con sus rasgos asiáticos, pómulos salientes, piel muy oscura; otros son de pelo crudo o lacio, de piel colorada y rasgos negroides. Hay comidas suculentas y una peculiar forma de hablar: ese es el Caribe. En el 91, fundamos la Belice Dance Company. Hemos tenido una gran suerte".

Nunca he dejado de bailar

La última vez que Eduardo Rivero subió a las tablas como bailarín, fue en el 30 Aniversario de la Compañía Danza Nacional de Cuba, en 1989. Ramiro Guerra hizo una selección de algunas de sus obras, y Rivero bailó el Orfeo Antillano. Desde el vestíbulo del teatro Mella, avanzaba su ímpetu fiel, y el público tributó una ovación a toda su trayectoria. El espectáculo se detuvo un instante, y Eduardo pudo despedirse con un saludo largo y agradecido.

-¿Qué pasó dentro ese día en que supiste que dejabas de bailar?

"Yo bailo cuando lo hacen mis alumnos. No soy ni un bailarín frustrado, ni pienso que dejé las tablas. Yo nunca he pensado que abandoné la danza. Sigo vigente y sigo bailando, en el cuerpo y la mente de mis bailarines".


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