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Los escritores cubanos y Haití 


Emilio Jorge Rodríguez   ejorge@cubarte.cult.cu

Hechos históricos de gran relevancia, migraciones de carácter laboral, visitas de intelectuales entre Haití y Cuba han sido una fuente de enriquecimiento espiritual mutuo y han tenido fuerte repercusión en las respectivas literaturas nacionales. Las referencias de esta índole pueden ser muy antiguas: el poeta cubano Manuel Justo Rubalcava (1769-1805) testimonia este trasiego isleño cuando menciona en una de sus composiciones la participación en su juventud --como cadete de la carrera militar que luego abandonaría-- en campañas de España contra los franceses en Haití:

La infeliz Hayti cuya infausta tierra 
Inaudito teatro de la guerra, 
Antes dichosa cuando fue ignorada, 
Bermeja con la sangre derramada, 
Hora sus hijos míseros destierra
Del Etiope y del Galo consternada, 
Tierra en que algunos años sin provecho 
De mi Monarca defendí el derecho.

Durante el siglo XIX, por otra parte, el fantasma de la Revolución Haitiana rondaría la sociedad cubana, y ello será patente en la narrativa abolicionista que, aunque escrita alrededor de la década del treinta, demoraría en ser publicada en la Isla. Gertrudis Gómez de Avellaneda, en su novela Sab (1841), una de las pocas obras de tendencia abolicionista que viera la luz en esa etapa, pone de manifiesto la preocupación de los hacendados ante cualquier comentario que evocara un sentimiento de rebeldía: “...siempre alarmados los cubanos, después del espantoso y reciente ejemplo de una isla vecina, no oían sin terror en la boca de un hombre del desgraciado color cualquier palabra que manifestase el sentimiento de sus degradados derechos y la posibilidad de reconquistarlos”.

El temor a las ideas libertarias haitianas no era infundado: en 1895, José Martí atestiguaría las muestras solidarias que le brindarían los haitianos a su paso por el país para embarcarse desde Cabo Haitiano e incorporarse a la lucha en la manigua cubana, donde moriría poco después. En su diario de viaje desde la frontera dominicana (Dajabón, Ouanaminthe, Fort Liberté, Petit Trou) recoge las impresiones que le brindaron el paisaje físico y humano: la belleza de frutos y árboles, la humanidad de los pobladores, el recibimiento franco y fraterno, incluso en el cuarto de guardia fronterizo: “Les dije de guerra y de nuestra guerra, e iba cayendo la desconfianza, y encendiéndose el cariño.”

Los cubanos también han llevado a sus obras distintas facetas de las migraciones entre Haití y Cuba. La novela Vía Crucis de Emilio Bacardí --publicada en dos partes, tituladas Páginas de ayer (1910) y Magdalena (1914)-- es una saga de la descendencia de una familia de hacendados cafetaleros franceses radicada en las inmediaciones de Santiago de Cuba desde 1803, procedentes de Haití. Esos volúmenes muestran las transformaciones que se produjeron en la zona oriental del país a partir de la presencia de los inmigrantes de la isla vecina, las costumbres, fiestas y tradiciones, tanto de los amos como de sus esclavos, así como las influencias recíprocas y el paulatino proceso de incorporación a la sociedad que los acogió, que conduce a los nietos de aquellos originales inmigrantes a asumir los ideales de la lucha por la independencia nacional.

Más socorrido como presencia y tema ha sido la segunda migración de haitianos, en pleno siglo XX, compuesta por braceros. Entre los primeros textos que abordan este asunto se encuentran los relatos de Marcos Antilla (1932), localizados en el batey de un central azucarero, donde Luis Felipe Rodríguez concibe un protagonista portador de una profesión de fe antillanista y latinoamericanista, a través del despliegue lírico de sus narraciones. Particularmente, en el texto titulado “El ego de Nicolás”, el narrador se compadece de los sufrimientos del inmigrante. En Écue-Yamba-Ó (1933), Alejo Carpentier muestra la Babel de isleños antillanos que intervienen en la zafra azucarera. El narrador expresa los antagonismos entre el inmigrante y el cubano como consecuencia del resquemor suscitado por la irrupción de una mano de obra con bajos jornales que desplazaría de sus puestos a los nacionales dentro de una trama donde la pasión teje un triángulo amoroso que suscita el enfrentamiento entre un bracero haitiano y un campesino cubano.

A través de distintas voces narrativas, en el cuento “La tierra y el cielo” (1969) de Antonio Benítez Rojo, se muestra el doloroso proceso de asimilación cultural e ideológica de dos inmigrantes haitianos incorporados a las luchas revolucionarias en la etapa de la historia cubana más reciente. Vicisitudes, humor y costumbrismo se encuentran en las seis piezas breves del volumen Cuentos del Cauto (1988) de David González Gross, sobre una comunidad de inmigrantes haitianos.

Simultáneamente, el espacio geográfico, la historia y la cultura haitiana han sido también una presencia reiterada en la obra de escritores cubanos. En 1937, Nicolás Guillén conoce a Jacques Roumain en París y se establece una amistad entre ambos desde 1938; a partir de esa fecha se producen varios encuentros entre ambos intelectuales: Roumain permanece algunos meses exiliado en Cuba durante el año 1939 y, en 1942, cuando este se encontraba al frente del Bureau d’Ethnologie en Port-au-Prince, le extiende una invitación al escritor cubano. Artículos periodísticos y crónicas de tema haitiano --donde describe la belleza de la naturaleza haitiana, la crueldad del trato de los plantadores de caña y las compañías azucareras que contratan a los inmigrantes, las vicisitudes de la sociedad y la política contemporánea en la isla, las tertulias con la joven intelectualidad haitiana durante su visita a Port-au-Prince-- escribe Guillén a inicios de la década del cuarenta, y la conmoción que le provoca la muerte de su amigo el 18 de agosto de 1944 (se habían visto en La Habana pocos días antes) daría lugar a su Elegía a Jacques Roumain en el cielo de Haití (1948), doloroso canto de rememoración de los encuentros previos.

Entre las más relevantes muestras del interés de los cubanos hacia Haití se halla El reino de este mundo (1949), novela de Alejo Carpentier que aborda el período de la Revolución Haitiana y que es ejemplo paradigmático de su teoría de lo real maravilloso americano. Carpentier demostró una fascinación hacia la historia y la cultura haitiana, que se puede constatar a lo largo de su obra. Si bien aparecen indicios de la atracción que la vecina nación le producía en un artículo de 1931 (“Leyes de África”), es su viaje a Haití en 1943, junto al actor francés Louis Jouvet y su compañía teatral, lo que intensificó su entusiasmo. Visitó en esa ocasión monumentos históricos como la Citadelle La Ferrière y Sans Souci, así como la ciudad de Cabo Haitiano; estrechó vínculos con miembros de la intelectualidad haitiana e impartió la conferencia titulada “L’evolution culturelle de l’Amérique Latine”, en el Teatro Paramount, en Port-au-Prince, la cual sería publicada en Haïti-Journal, y poco después reproducida en la revista martiniqueña Tropiques dirigida por Aimé Cesaire. En esa conferencia proclamaba: “[...] la passion est la caractéristique fondamentale de l’homme de notre continent. Le sud-américain, homme de passion agit généralement avant d’avoir réfléchi aux conséquences de son acte. C’est la passion qui le pousse à l’action; c’est dans la passion qu’il trouve la source première de sa vitalité.”

Un conjunto de trabajos periodísticos diseminados en el tiempo, demuestran cómo Alejo Carpentier sigue de cerca el acontecer cultural haitiano. Poco después de su visita al país, al fallecer Jacques Roumain en 1944, publica un artículo donde señala la importancia de ese etnólogo y literato. En lo adelante, principalmente en su columna diaria titulada “Letra y Solfa”, en El Nacional de Caracas, escribirá diversos artículos, entre ellos reseñas a libros como El lápiz de Dios de Pierre y Philippe-Thoby Marcelin y el poemario A fonds perdus de Philippe Thoby-Marcelin, cuya lectura lo llevó a afirmar:

Este tomo nos permite medir, además, todo lo que ha avanzado la expresión poética haitiana desde hace diez años. Después de haber rebasado un cierto parnasianismo debido al uso de un francés muy puro; después de haber dejado atrás un tránsito de pintoresquismo local, los autores como Magloire Saint-Aude y Philippe Thoby-Marcelin trabajan una materia que tiende a hacerse cada vez más original.

Con posterioridad, en su comentario en torno al volumen Panorama del arte haitiano, del mismo autor, se aproximará de forma reticente al término “primitivo” para caracterizar cierto sector de la producción pictórica haitiana.

Penetrar en algunos de estos textos contribuye a percatarnos de lo avanzado de la óptica carpenteriana al someter a confrontación el universo cultural hispanoamericano y caribeño, y su búsqueda de vías de integración que tuvieran una trascendencia mayor que el feliz desarrollo de su obra narrativa personal. En 1951 publica el artículo "Miremos hacia Haití". Allí ofrece un comentario sobre la riqueza literaria y etnográfica del país, donde encuentra la "coexistencia [...] de lo que podríamos llamar un lenguaje culto y un lenguaje popular". Explica, además, cómo los intelectuales haitianos, marginados, en cierto modo, de las corrientes ideológicas hispanoamericanas debido al idioma, ofrecen un ejemplo de fructífera tenacidad en todas las disciplinas, lo que los conduce a cobrar una honda conciencia de sí mismos, por el estudio de sus raíces, sus tradiciones, y cuanto pueda caracterizarlos históricamente como pueblo con fisonomía propia. En ese mismo texto Carpentier reclama la necesidad imperiosa de tomar en cuenta la novela haitiana cuando se trace un panorama de la literatura en Hispanoamérica.

Poco después, el autor cubano publicará una reseña sobre la puesta en escena de la versión en créole de Antígona, realizada por Félix Morisseau-Leroy. Con ese drama en créole y el poemario Diacoute (1951), Morisseau-Leroy iniciaba una importante transformación en su carrera literaria; Carpentier detectó la trascendencia de este acontecimiento cuando muchos estudiosos franceses se empeñaban en ignorar la existencia de una tradición literaria créole en el Caribe y cuando en el resto de la América Latina, como consecuencia del aislamiento cultural entre las diversas regiones, era un hecho forzosamente desconocido. El respeto con que asumió este experimento, aunque sólo lo conocía por noticias provenientes de Haití y de "un gran semanario norteamericano" indican su capacidad para asimilar y estimular el desarrollo artístico y literario de los pueblos del Caribe como proceso de creciente independencia con respecto a las culturas de las exmetrópolis.

El interés por la caracterización de los procesos culturales que ocurren en Haití es una constante en Carpentier. Le apasiona extraordinariamente la forma en que algunos escritores como Pierre y Philippe-Thoby Marcelin logran "una muy inteligente transposición a la lengua francesa" de los giros e inflexiones del créole, y les otorga el mérito "de haberse encarado con ciertas realidades [...] cuando eran vistas, en su país, con un criterio prejuiciado". Y continúa con la entrega de un ejemplo al que aplica su teoría americana:

Cuando comenzaron a escribir, sus mayores solían tratar con recelo --cuando no pretendían ignorarlas-- ciertas creencias populares, como las que integran el cuerpo religioso del “vaudu”, inseparable, en lo poético, en lo folklórico, en lo musical y coreográfico, de la vida rural haitiana. Por lo tanto, ese tema había caído demasiado a menudo [en manos] de autores extranjeros, incapaces de calar tales creencias en profundidad, que las revestían de falacias y atributos sensacionalistas, despojándolas de su fascinante trasfondo mítico --de su riqueza en elementos hechos para crear un clima real-maravilloso...

Con lo cual expresaba su especial celo hacia el tratamiento de los temas caribeños, y propugnaba una especie de derecho vitalicio de autor hacia la poesía de los rituales mágico-religiosos, no apta para escritores foráneos.

Paralelamente, Carpentier seguía de cerca todo lo que se producía en materia etnográfica alrededor del vodú. Sus lecturas de Jean Price-Mars, Lorimer Denis, Jacques Roumain, Louis Maximilien, así como de Alfred Metraux se hacen transparentes en sus colaboraciones en la prensa venezolana.

Pero será en el prólogo a su novela El reino de este mundo (publicado poco antes en El Nacional bajo el título “Lo real maravilloso de América”) donde argumentará con mayor énfasis la riqueza que le atribuye a la nación haitiana, erigida como paradigma de una concepción de la América Latina y propiciadora de un método de novelar. Comienza allí por evocar las experiencias de su visita en 1943 --”después de sentir el nada mentido sortilegio de las tierras de Haití”--, para afirmar inmediatamente que “lo maravilloso invocado en el descreimiento --como lo hicieron los surrealistas durante tantos años-- nunca fue sino una artimaña literaria”, a lo cual contrapone su permanencia en Haití: “al hallarme en contacto cotidiano con algo que podríamos llamar lo real maravilloso.”

Así, a partir del impacto que le produce ese viaje, se vio “llevado a acercar la maravillosa realidad recién vivida a la agotante pretensión de suscitar lo maravilloso que caracterizó ciertas literaturas europeas de estos últimos treinta años” hasta hallar una confluencia orgánica entre realidad y fantasía, mediente una magia sustentada en la fe y lo ritual, que narrará a través de los hechos extraordinarios de la lucha por la independencia nacional a lo largo de esa novela.

Según apunta Roberto González Echevarría, la preparación de La música en Cuba (1946) había proporcionado un nuevo método de trabajo al novelista cubano a inicios de la década del cuarenta, cuando realizó una profusa lectura de obras históricas, entre ellas la Description de L’Isle de Saint-Domingue de Moreau de Saint-Mery, lo cual influyó en la gestación de El reino de este mundo, hecho que se puede observar también en textos posteriores a esa época como es el relato “Semejante a la noche”, que contiene un pasaje con referencias al Santo Domingo colonial. Este método consistía en una investigación histórica minuciosa para la creación que el autor rehacía personalmente con la ayuda de diversas fuentes. A ello pudiéramos añadir que el método carpenteriano de imbricar el impacto del testimonio personal con la búsqueda bibliográfica definirá una disciplina profesional que conjuga la aprehensión directa del paisaje y los pobladores de la región circuncaribeña con el conocimiento de la historia y la cultura mediante la investigación, lo cual será factor común a muchas de sus obras. Indudablemente, el primero de esos impactos, que repercutió profundamente en su sensibilidad creadora y en sus teorías sobre la novela latinoamericana, fue la mencionada visita a Haití de 1943.

Otros autores, en fecha más reciente, han incursionado en temas haitianos, como el poeta Jesús Cos Causse en sus versos a “Mackandal” y la “Canción para Martha Jean Claude”, así como en el poema que dedicó a su abuelo, precisamente un inmigrante haitiano. La narradora Mayra Montero desde 1987 ha localizado tres de sus novelas --La trenza de la hermosa Luna (1987), Del rojo de tu sombra (1992), Tú, la oscuridad (1995)-- así como la narración “Corine, muchacha amable” y alguna que otra crónica periodística --“La flor más viva de Port-au-Prince”-- en territorio haitiano o de la frontera dominico-haitiana, por lo que sus protagonistas son haitianos. Las tramas articuladas alrededor de algunos de sus textos descansan en recreaciones de la religión vodú que la autora ha bebido básicamente de la tradición oral, como en ocasiones ha manifestado. El último texto conocido de autor cubano que asume un tema haitiano es la novela Nocturno de la haitiana (1999), de Joaquín G. Santana, que narra una reelaboración ficcional de la permanencia en Port-au-Prince del patriota Antonio Maceo durante la etapa posterior a la Guerra de los Diez Años.

Por supuesto, esta relación de temas, autores y obras es incompleta; solamente es una muestra panorámica que abarca casi dos siglos de un diálogo entre pueblos vecinos a través de su literatura. Además, la voz complementaria de ese diálogo (la presencia de Cuba en las letras haitianas) la constituyen otros tantos textos, entre ellos poemas como “Aux Cubains” de Oswald Durand (Rires et pleurs, 1896) y novelas como Viejo (1935) de Maurice Casseus, Gouverneurs de la rosée (1944) de Jacques Roumain y L’Espace d’un cillement (1959) de Jacques-Stéphen Alexis. En textos más recientes de autores haitianos también es patente la presencia de Cuba, como en la novela La paloma de Guantánamo de Rassoul Labuchin y en The Farming of Bones (1998) de Edwidge Danticat.

Notas

[1] Manuel Justo Rubalcava: Poesías, publicadas por L. A. B., Cuba, Imprenta de la Real Sociedad Económica, 1848,p. 85.

[2] Gertrudis Gómez de Avellaneda: Sab [1841], La Habana, Editorial Nacional de Cuba, 1963, p. 93.

[3] José Martí: Apuntes de un viaje [1895], La Habana, Publicaciones de la Secretaría de Educación, Dirección de Cultura, 1938, p. 58-9.

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