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  Entrevista con Santiago Rodríguez Olazábal



Andrés D. Abreu    jiribilla@cubarte.cult.cu



foto: Ricardo Rodríguez





Santiago Rodríguez Olazábal trabajaba plantificadamente para un proyecto en el Centro de Arte y Naturaleza de Madrid y otro en la galería cubana La Casona cuando le pidieron que ocupara durante el verano una de las salas transitorias del Edificio de Arte Cubano del Museo de Bellas Artes. Hacerlo significaba trabajar muy duro, “pero como no exponía en el Museo desde el año 92 dije que sí y asumí el reto. Me puse de acuerdo con Corina Matamoros, curadora especializada en el arte cubano de los años 80 y 90, le llevé bocetos e hicimos el trabajo de mesa y a partir de ahí a crear en función de otra exposición”.

El artista comenzó a generar nuevas obras al mismo tiempo que iba dibujando para España y dejando un poco para después las piezas pensadas para La Casona, donde actualmente expone Ewé tete. Las dos muestras en Cuba cuentan de obras instalativas y obras planas con objetos tridimensionales incorporados.

“Siempre estudio el espacio para luego hacer piezas que funcionen y se apropien del lugar. En el Museo el eje fue Onilé, el espíritu protector de la tierra, quien presidía la exposición con una obra conformada por una casita, un gran mandala de tierra y caligrafías.”

Grandes dimensiones llevan muchas de sus creaciones, sin embargo; “nunca he tenido que desarmar ninguna, he corrido con buena suerte y las adquieren museos y otras instituciones o fundaciones dedicadas al arte, además de algunos coleccionistas privados. El propio Museo Nacional tiene más de veinte adquiridas o donadas por mí desde 1989. Una de ellas viajará a Brasil próximamente en una muestra colectiva de arte cubano. Otra, de la reciente muestra, ya está seleccionada para un proyecto en los EE.UU. para el año 2007.”

Aunque es el único representante de la generación de los 80 que ha expuesto dos veces en Bellas Artes, este artista no se caracteriza por una presencia constante en los centros de promoción y exhibición del arte, pero desde su reaparición en el 2002 en las galerías Pequeño Espacio y Habana algo ha cambiado en ese sentido.

“Ha variado, pero no con todo el interés. Como mi obra no es fácilmente comerciable por los formatos, los soportes y los materiales, hay ciertas reservas en las que también puede influir mi actitud de no pretender ser un artista de los llamados “de la Gran Escena”.

No obstante, su reconocimiento es innegable tanto en Cuba como internacionalmente, sobre todo por una obra sólida dedicada en profundidad a reflejar los cultos afrocubanos.

“Yo soy religioso desde niño y cuando entré a la Escuela de arte comprendí que era un tema que se podía explotar creativamente. Claro está, como un niño que empieza a erguirse, luego aprende a caminar hasta tomar un paso con fuerza, y ahora a mis 50 años es que creo que estoy listo para correr, a trote, porque pienso que esta es una carrera de fondo y no de velocidad.”

¿Pero no temes Santiago que esa fuente religiosa tan constante se te agote como posibilidad de mantener una evolución en tu trabajo?

“Te respondo con algo que decía mi bisabuelo, un sacerdote de Ifá: No alcanzan tres vidas para aprender la filosofía, el entendimiento y la sabiduría de la religión Orisha.”

“Entonces no puede ser inagotable el tema, nos agotamos nosotros pero el tema es inmortal y lo demuestran sus escrituras y su pensamiento, Ifá nunca muere, ni termina, ni se detiene. Siempre está adelante, adelante, adelante.”

Aunque no son muchos los que han trabajo la religiosidad negra y su sincretismo desde lo más adentro, hay una saga de grandes nombres que han dejado para el arte cubano una historia sobre el tema.

“Cuando nací, Lam ya estaba vivo y estaba haciendo arte, Roberto Diago ya estaba haciendo arte, Portocarrero ya había hecho sus vírgenes y diablitos. Cuando era estudiante, existía un Mendive ante quien me llevaron un día y cuando le mostré dos de mis pequeñas obras me dijo: ‘Eso me recuerda al Mendive de la primera etapa’.”

“Para mí es uno de los elogios más grandes que ha tenido mi obra, porque a pesar de que hay quienes han expresado sus reservas sobre la obra de Mendive, yo lo considero uno de los maestros indiscutibles del arte cubano. Así que solo soy un continuador del tema desde un punto muy personal, muy desde adentro, una pieza más que trabaja a su manera de ver y hacer artísticamente ese mundo.”

¿Y lo haces consciente de pertenecer a la generación de los 80?

“Uno nunca puede sentirse aislado de su generación porque uno es un ser social que vive inmerso en una época. Quieras o no quieras tienes que respirar, mirar y pensar a la manera de esa época. Yo fui uno de los estudiantes que salió a la calle a buscar y que tuve la suerte de pertenecer a esa ruptura del arte cubano que marcó pautas importantes en los años 80, como antes lo hizo la generación de los 40, contrarios a otras como la de los 70 que pudo, pero no supo hacerlo. Entonces, la nuestra estableció una diferencia que incluso abarcó otras manifestaciones como el teatro.”

De la expresión de las concepciones ideoestéticas de aquella generación nacida a partir de la exposición Volumen I, emergió un pensamiento colectivo acerca del hacer por un nuevo arte nacional, amén de estar influido por corrientes artísticas foráneas, pero válidas para cambiar sobre nuestra propia historia.

“Soy uno más de ese grupo que quiso expresar lo que tenía adentro, lo que veía mi ojo y lo que procesaba mi conciencia con los códigos y presupuestos propios de mi generación, y los resultados llegan hasta ahora con transformaciones y evoluciones formales que responden a esa ideoestética.”

Y por pertenecer a esa generación eres un consecuente instalacionista y seguidor de la etnográfica afrocuabana.

“El proceso de crear obras instalativas ha venido con el tiempo, pero me considero un creador de objetos de valor estético basados en el pensamiento de mi religión. De mi generación hubo otros que tocaron el tema de alguna u otra manera, como José Bedia, Rubén Torres Llorca, Rodríguez Brey, incluso Elso, pero a mi manera de ver lo hicieron muy epidérmicamente. En el caso de Belkis Ayón, tomó un camino muy álgido para su condición de mujer que tropezó con un mundo reservado exclusivamente para hombres. Creo que fue bastante, pero bastante audaz. Una artista para respetar, que aunque no se consideraba a sí misma una gran dibujante, ahí están las imágenes de sus colografías.”

¿Esperas que alguien de las nuevas generaciones llegue hasta tu patio a enseñarte algo como tú lo hiciste con Mendive?

No sigo mucho lo que hacen los demás. Trato de mantenerme informado sobre lo que necesito. No soy de frecuentar exposiciones e inauguraciones, tal vez por eso no muchos van a las mías. Fui a casa de Mendive porque me llevó Eliseo Valdés, amigo y escultor de los 80. Pero ojalá alguien viniera a mi puerta, no para que hubiese un seguidor de mi obra, sino para encontrar a un continuador de esta historia.



www.lajiribilla.cu


Diciembre de 2005



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