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Ricardo Kruhaturian
rikruhaturian@yahoo.com
Ricardo Krahaturian es un poeta nacido en las Islas Caimán (Cayman Islands), en
el Caribe, 1952. Vive en George Town, donde enseña español. Krahaturian es él
mismo, en su sangre y su cultura, una extraña mezcla sincrética. Su padre,
Sergio Kruhaturian, de ascendencia armenia, llegó de Inglaterra a las islas
caribeñas como miembro de una Comisión Gubernamental de Asuntos Agrícolas. Allí
conoció a la francesa Vivianne Deviller, quien en esos momentos se encontraba
de turismo en las playas caimánicas. El anglo-armenio y la francesa se enamoran,
se casan y tienen a Ricardo, quien posee estudios de Maestría y Doctorado de la
UNAM de México y habla perfectamente cuatro lenguas: inglés, francés, español y
armenio.
1. La Forma
El hechicero se aturde en el silencio, se exilia del mundo y de la trampa, se
hace enemigo del viento que lleva las cuatro rosas de los rumbos.
Se aparta de las hordas encendidas por la luz de los colmillos en los belfos del
bisonte, ahítas en la vendimia de la fruta depredada, enronquecidas por la
lujuria de los bosques y la sangre que mana de la carne hecha desgarre.
Se torna solitario en las cavernas oscurecidas por su deseo preciso y va ideando
con líneas y pigmentos minerales, sobre la roca de su vida, las formas esbeltas
de la presa, los perfiles de la agonía frente a la flecha, los contornos que
llenan los terrores de su sed.
2. El Rito
Frente a las formas de la mujer, grabadas en la sombra de la piedra, el brujo
ejecuta su ritual de manos y alaridos, poseído por la telúrica invención de sus
abismos.
Las crispaciones de un amor sin cuerpo dominan su instintiva danza. Echa sus
manos al contorno sin volumen, en un abrazo de desesperado.
Besa la frialdad del pedernal y se encuentra con la lengua de la pantera que
gime en su guarida, tras el musgo.
Acaricia un rostro que no existe: pintura de cejas y procacidad de gestos.
Se vuelve tierno, en el temblor luminoso de la antorcha, frente a los labios que
morderán sus dientes, frente a los senos y caderas que serán tambores en sus
manos.
3. La Magía
El cazador conoce la mutua dependencia de los seres análogos: de allí la fe en
su magia de maderas primitivas, en la crepitación de la fragancia vegetal, en la
pureza del fuego.
Ahora se agazapa tras la piedra verde, espía la luz sobre una espalda, el ritmo
de un pie contra la hierba, el susurro de una mano tras el agua, el plateado
chasquido de la escama.
Tiende el músculo, alerta a la presencia que tiernamente aplacará su hambre
brutal, su vacío de amor en la montaña.
La imagen delineada en la profunda cueva, la cintura que baja en el terracota
del vientre, son ya la realidad de un cuerpo que lo espera, apto para el ritual
de las caricias.
4. La Captura
Aunque poseedor de unas formas redondas de gacela, el payé, poeta de una luna
mordida por el jabalí, es también el poseído.
Crece hondo el gemido en la maleza y ansiosa se tiende la mano sobre el flanco
en que la madrugada anuncia sus retoños.
Ahora la piel concuerda con la línea, y la danza que fue fecunda ceremonia, se
torna penetración de poros y entrega tumultuosa en los besos que saben al
corazón de la tierra.
La Casa de Asterión Revista Trimestral de Estudios Literarios Volumen V – Número 19
Octubre-Noviembre-Diciembre de 2004
Suplemento literario Caribanía
Departamento de idiomas Facultad de ciencias humanas - Facultad de educación
Universidad del Atlántico Barranquilla - Colombia
http://casadeasterion.homestead.com/v5n19ritmos.html
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