English Français Português Italiano
  Don Quijote estuvo en Natagaima



María Lucía Polanía    marialupolania@microsoft.com



foto:cronopios@cable.net.co





Contaba mi papá que el abuelo de su abuelo le aseguraba que el abuelo de su abuelo decía que Don Quijote vivía en Natagaima.

Para quienes no lo sepan, Natagaima es un pueblo caliente del Tolima, en Colombia, parte del Nuevo Mundo. No parece ser un lugar de La Mancha, aunque yo tengo mis dudas. Si quien escribió El Quijote no quiso acordarse de su nombre, por algo sería.

Yo, aunque ya estoy vieja, lo cuento desde mi niñez porque era allí donde yo me convencía de que esa afirmación era un hecho, no solo porque mi papá jamás mintió, sino porque yo misma vi al anciano de la flaca figura pasearse por las calles de mi pueblo acompañado de su huesudo Rocinante, su escudero Sancho y el burro del gordiflón.

Me explico, para que no crean que les estoy diciendo mentiras: mi papá nos dejó una herencia inmensa, más valiosa que cualquier cantidad de millones de dinero: nos enseñó a leer y a amar a la lectura. ¿Para qué más? Si no fuera por la lectura, nuestras vidas no hubieran sido tan fantásticas como yo creo que son. Y cuando hablo en plural hablo de mí y de mis hermanos (el burro por delante, como Sancho).

Eran pocos los libros que había en mi casa, pero eran todos buenos: La Divina comedia, Robinson Crusoe, Las mil y una noches, El libro de los muertos de los tibetanos y El ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha. ¿De dónde los sacó mi papá? Fue siempre un misterio. Él, cuando quería tramarnos, nos refería eso del abuelo y del abuelo y más abuelos de abuelos y nosotros quedábamos perplejos como si nuestra familia fuese la fundadora del universo.

Pero, vamos al grano: mi papá nos reunía de noche y a la luz de una vela nos leía El Quijote. Era una maravilla como él entonaba la voz y como encarnaba los personajes, los animales, el viento, los leones, los músicos, cada palabra como si fuera una persona, todo mágico.

Y cuando comenzábamos a preguntarle cosas que no entendíamos era cuando decía que según el infinito atavismo de los Polanía, por allá por los años cercanos al descubrimiento de América hubo en Natagaima un señor medio loco pero también medio genio que era ni más ni menos que Don Quijote de La Mancha, quien desesperado por los palos que le daban y por los delirios que padecía o gozaba en su desenfrenado amor por Dulcinea, un día se le había escapado del libro a Don Miguel de Cervantes y junto con su tropa de soñadores y de personajes de pura imaginación, se metió de polizón en una carabela que venía para el Nuevo Mundo y recorrió y recorrió tanto que llegó a nuestro pueblo, donde en aquel tiempo había molinos de arroz y mocitas más bellas que la propia Dulcinea.

Nosotros no sólo creíamos (todavía lo creemos) que Don Quijote realmente estuvo en Natagaima, sino que como era inmortal aún estaba en el pueblo y lo buscábamos en cada habitante, en cada rincón, en cada sueño.

No les miento. Y si quieren pregúnteles a mis hermanos a ver si no lo veíamos pasar y le decíamos adiós Don Quijote y él nos sonreía. Pregúntenle a cualquier natagaimuno de aquellos tiempos a ver si Sancho Panza no venía a comer arepas de queso y a tomar guarapo en nuestra casa. Y si quieren pregunten cómo se llamaron todos los caballos que los Polanía tuvimos para que les digan que Rocinante, siempre Rocinante.

Yo me podría pasar todo el año y hasta seguramente toda la vida relatándoles tantas miles de maravillas como vivió Don Quijote en Natagaima, pero entiendo que no me puedo apropiar así porque sí del tiempo de los Cronopios ni del espacio de los Quijotextos.

Pero, también ¿Cómo no contar este secreto inédito hasta ahora? ¡Ay, qué prodigio del cielo, qué grande riqueza es saber a ciencia cierta que uno cuando niño convivió en su pueblo calentano con alguien que ya lleva vivo 400 años y que para colmo de bienes es todo un caballero y tiene esa cara tan dulce y transparente como la de los ángeles hambrientos y esa alma tan loca como la de los poetas!

Papá: donde quiera que estés, te doy las gracias. Aquí tengo tu Quijote entre mis brazos, pegado al corazón, y en él te veo.

Post-data: Papá, aquí entre nos: ¡Yo creo que Don Quijote eras tú! Si puedes, dime la verdad, porque te oigo toser y suspirar en Natagaima... ¡Y quiero saber si has engordado!



cronopios

Junio de 2005




• Home page    • Volver