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La Pasión por el Caribe |
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Yazmín Ross y Luciano Capelli yazminross@racsa.co.cr
Yazmín Ross es periodista, escritora y guionista nacida en el Caribe mexicano y radicada en Costa Rica desde 1989.
Luciano Capelli es fotógrafo y cineasta italiano.
Recorrido por los mercaderes mayas, los reyes del mar africanos, por Cristóbal Colón y aventureros de todo tipo, el Caribe centroamericano siempre tiene una historia nueva que contar.
Este libro es un paseo histórico y fotográfico por lugares que hoy son atractivo turístico o vestigio olvidado de otras épocas.
Un paseo de 500 años desde el cuarto viaje de Cristóbal Colón hasta hoy, desde la búsqueda del estrecho dudoso y el camino de las especias hasta el reencuentro con la Naturaleza y con los placeres más básicos.
(vease Fragmento capítulo 1)
La obra
El cuarto viaje de Cristóbal Colón y la desesperada búsqueda de un pasaje marítimo a la ruta de las especias es el punto de partida para hacer un recuento histórico, visual y vivencial de la zona más desconocida del Caribe: la costa centroamericana.
El recorrido que las carabelas realizan en 1502 por la ruta de los mercaderes mayas es el pretexto ideal para explorar algunos de los puntos tocados por Colón y contar cinco siglos de historia y confluencias étnicas en el istmo centroamericano, cuyo destino ha estado marcado por la misma obsesión que guió al almirante genovés.
La Pasión por el Caribe conjuga el relato histórico y literario, con mapas, fotografías de época, crónicas de viaje, entrevistas y una narración visual que nos muestra paisajes naturales y humanos, mares intempestuosos, pueblos olvidados a la orilla del tren o de antiguas rutas navieras, rincones selváticos y numerosas estampas cotidianas de un Caribe mítico y cercano.
Dividido en ocho capítulos, el libro tiene una extensión de 280 páginas y un diseño muy creativo que realza las virtudes estéticas de las fotografías de Capelli y las amalgama con los materiales gráficos de época. Se trata del primer libro de lujo que edita Santillana en Costa Rica dirigido al público nacional y a los visitantes extranjeros ávidos de conocer no sólo los tesoros ecológicos y los paraísos tropicales que ofrece la costa Caribe, sino la historia que hay detrás de ellos y la fascinación que suscitaron en aventureros de otros siglos.
Colón y los espíritus de la selva
La pasión por el Caribe se inicia con una crónica del cuarto viaje de Cristóbal Colón que entrelaza la descripción de los exploradores europeos buscando los límites del Mar Océano, con la extrañeza de los indígenas que ven a los sikuas (hombres blancos) bordear los dominios de Mulurtmi, la diosa del mar, a bordo de semillas de cacao gigantes, tomar posesión de sus territorios en nombre de los “muy serenísimos reyes de España” y violentar con sus acciones a los espíritus de la selva.
En la era de los descubrimientos “hasta los sastres exploran”, se queja el almirante genovés. La crónica logra una buena ambientación de las expediciones trastlánticas que rodean el cuarto viaje, cuando América era “una obra inconclusa, una muralla incrustada en el trayecto de las especias”. Vasco de Gama ha alcanzado la India circunnavegando las costas de Africa; Juan Caboto devela parte del litoral de América del Norte; Alvares Cabral descubre Brasil y Américo Vespucio logra llegar hasta la Patagonia.
A los 51 años, cansado y enfermo, destituido como virrey de las Indias, sometido a la intriga y el descrédito, Cristóforo Colombo emprende la más dramática de sus expediciones. Busca en Centroamérica el honor y el prestigio perdidos. Oro o pasaje marítmo, la geografía del istmo le niega el ansiado paso al Mar del Sur, pero a cambio le ofrece el mito de Veragua y el oro infinito.
El segundo capítulo titulado “La tierra de Sibú” está dedicado a los pobladores originales del Caribe costarricense que luego de su encuentro con Colón, se fueron replegando en la cordillera de Talamanca acosados por los buscadores de oro, los piratas, las expediciones misquitas, las exploraciones de petróleo y más tarde por las corporaciones bananeras. Este capítulo recrea la cosmovisión indígena a partir de Sibú, el dios creador, y muchas leyendas recogidas de la tradición oral por dos mujeres bribris, que revelan muchos de los secretos de las piedras mágicas usadas por los viejos curanderos.
“Desde que llegó Colón hasta que mataron a Antonio Saldaña, el último rey de Talamanca, desaparecieron también los grandes sabios -relatan Juanita Segundo y su madre Catalina Morales-. Por eso los bribris y cabécares no se han molestado en recordar a Colón”.
Además de retomar muchos elementos mágicos e históricos de las tribus de Talamanca, región asociada por los conquistadores al mito de Veragua y del oro infinito, en este capítulo Capelli y Ross nos acercan al mundo de los huaqueros, de la inmensa riqueza arqueológica de Costa Rica oculta en los entierros indígenas; la única que quizás justificaba el nombre dado al país por Pedro de Anglería.
Los huaqueros se vuelve un tema tabú a partir de los 80 cuando surge la primera generación de arqueólogos graduados y los museos se deshacen de sus antiguos proveedores. “Estamos un poco resentidos con los museos. Ahora nos tratan de bandidos”, se lamenta Ernesto Campbell, quien fuera un conocido huaquero de la zona atlántica.
Las valiosas colecciones que poseen el Museo Nacional de Costa Rica, el Museo de Oro del Banco Central, el Museo de Jade, el Indian Museum de Nueva York, el Museo de Historia Natural también de Nueva York, los de Brooklyn, Boston y Völkerkunde Museüm de Hannover y decenas de colecciones privadas provienen en su mayoría de los huaqueros hoy marginados.
El beso de los océanos
La apasionante historia del Caribe no reconoce fronteras políticas, de ahí que el libro proponga una constante reexploración de sus territorios desde los misioneros cristianos, hasta la migración del nuevo milenio estimulada por los refugios silvestres, las reservas indígenas, los parques nacionales y las zonas de playa.
En esta apasionada historia caribeña no podía faltar el Reino de la Mosquitia, base de operaciones de Henry Morgan y de los bucaneros para atacar Granada, Cartagena, Portobello, Panamá, Matina y Cartago. Creado a instancias de Gran Bretaña, el Reino de la Mosquitia otorgó “patente de rey” a los jefes zambo-misquitos que viajaban a Jamaica en el siglo XVII y XVIII a intercambiar indios y carey por escopetas y municiones.
Todos los capítulos encuentran un punto de enlace con el almirante genovés: la fascinación y el desafío contra los elementos naturales; el mismo espíritu de aventura que guió a los bucaneros en su afán de partir en dos la América, a los pioneros de la industria bananera y de la ruta del Tránsito.
La fiebre del oro en California reavivó el sueño de Colón de abrir un canal interoceánico en el río San Juan y el Lago de Nicaragua siguiendo la ruta de los tiburones de agua dulce. Los vapores del comodoro Vanderbilt hicieron florecer la ciudad de San Juan del Norte o Greytown y dejaron sus vestigios en la zona hoy olvidada del mundo.
Astilleros enclavados en la selva, dragas de la Nicaragua Canal Construction Company enterradas en la bahía del San Juan y avionetas de combate de la era sandinista hundidas de nariz en islotes, se mezclan con los relatos de los viejos pobladores que son la memoria popular, el rostro palpable de los acontecimientos.
Cazadores de tortugas, de tiburones, marineros de agua dulce que se dedicaron a la extracción de maderas preciosas en las selvas caribeñas; maquinistas de antes, descendientes de las súbitas fortunas amasadas por los fundadores de las compañías bananeras son entrevistados y retratados por los autores que ofrecen un fragmento de historia viva de los episodios que abordan.
El olvido viaja en tren
Editado también en inglés, el libro fue traducido por el poeta neoyorkino residente en Costa Rica, Eliot Greenspan, quien logró un lenguaje muy fluido respetando la riqueza de estilo de la versión original. El libro se distribuirá en los circuitos turísticos del país y en algunas plazas de Latinoamérica y Estados Unidos.
El recorrido por ese Caribe a veces incomprendido, mal apreciado, se continúa en otros capítulos que resaltan las migraciones traídas por la construcción del Ferrocarril al Atlántico y por Minor Keith, quien abandonó su rancho en Texas para venir al relevo de su tío y su hermano, Henry Meiggs y Henry Keith, responsables en primera instancia de concretar la obra.
El capítulo dedicado al tren parte de una crónica de cómo luce ahora la vía para remontarse a sus comienzos y a la proeza que supuso transportar locomotoras y toneladas de materiales de hierro a través de cañadas, ríos y despeñaderos utilizando bueyes.
La travesía por los pueblos de la línea permite también contar los periodos de auge y decadencia asociados al cacao y al banano; los comisariatos que aun se mantienen en pie administrados por descendientes de la colonia china; las explotaciones de caucho y abacá durante la Segunda Guerra Mundial en La Francia, El Cairo, Louisiana y los abandonados cines que florecieron con estos cultivos.
El imperio del banano
El imperio del banano, otro de los capítulos desarrollados, evoca el periodo de intensa competencia entre los pioneros de esta industria resaltando el poder movilizador de la fruta que “ha derrumbado selvas, tendido rieles, movilizado trenes, flotas mercantes; que ha derrocado gobiernos, arruinado grandes hombres de negocios, apuntalado a otros; levantado ciudades y puertos y marcado el destino de millones de personas de las más diversas procedencias”.
La Pasión por el Caribe tampoco podía ignorar la confluencia étnica derivada de estas profundas transformaciones económicas. “Del barril a la astronave” es el capítulo dedicado a la migración asiática. Yazmín Ross escribe: “Los chinos que el almirante Cristóbal Colón buscaba en las costas centroamericanas en 1502 llegaron tres siglos después a construir la salida al Caribe”. Numerosos descendientes chinos aseguran que sus abuelos eran desembarcados en barriles en las costas de la provincia Limón y permanecían en pueblos apartados hasta regularizar su situación. En el término de100 años, la colonia china otorgó a Costa Rica un astronauta: Franklyn Chang Díaz que hoy es uno de sus máximos orgullos.
Los afrocaribeños, el grupo étnico más numeroso del caribe costarricense hasta mediados del siglo XX, son motivo de un amplio despliegue que va de los tallercitos de artes y oficios que sobreviven a duras penas; la distinción y el ambiente que caracteriza a las iglesias protestantes con sus coros de gospel, sus pastores y sus vehementes congregaciones; pero también el carnaval, las orquestas de salón, los clubes sociales y los balnearios del puerto.
Las fotografías nos muestran ciertas reminiscencias del imperio británico en los descendientes de la migración jamaiquina y el resurgimiento del orgullo y la herencia africana recreada aquí por la singular historia de la Black Star Line, la aventura naviera de Marcus Garvey que derivó en salón de baile.
El libro cierra la elipsis de cinco siglos con los centros turísticos hasta hace poco aislados: Tortuguero, Puerto Viejo, Cahuita y Bocas del Toro que ahora atraen a los migrantes del nuevo milenio, que huyen de las sociedades de consumo y buscan su propio “sueño tropical”. Las fotos de exuberantes playas doradas por la luz del atardecer, el verde esmeralda de canales y esteros y los rastros de esa biodiversidad que antes fue estorbo para el desarrollo son el broche de oro que concluye esta obra.
Mayo de 2005
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