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La Pasión por el Caribe |
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Yazmín Ross y Luciano Capelli yazminross@racsa.co.cr
Yazmín Ross es periodista, escritora y guionista nacida en el Caribe mexicano y radicada en Costa Rica desde 1989.
Luciano Capelli es fotógrafo y cineasta italiano.
(Fragmento capítulo 1 - vease La obra)
Un continente inconcluso
La atmósfera de Uvita se conserva igual que hace 500 años, encallada en los arrecifes coralinos, en esos árboles cubiertos por una fina pelusa de musgo oxidado. En esta isla pequeña y frágil como una carabela, cobra sentido la geografía orgánica y subjetiva de los navegantes y sus manuscritos, tirando líneas más allá de la frontera medieval.
Uvita, el escenario ideal para recrear el ambiente evocativo de los mapas de Cantino, de Piris Re’is, de Juan Vespucci, cuando América era una oreja de tierra brotando de un pliego de papel, más allá de la altezza de la tramontana. Un cuerpo monumental que se va insinuando poco a poco iluminado por una linterna, los mapas antiguos reflejan la fragilidad de los exploradores guiados por un relato oral, por rutas fantasmagóricas, por una íntima certeza. Cada fragmento develado de ese cuerpo denota un triunfo sobre el azufre de los miedos. Cada paso en falso es un borrón en la crónica de viajes, cada isla un rastro por dejar, una promesa flotando en las aguas del mare incognitum. Terra ferma, terra ultra, terra incógnita, así registrada en la cartografía de la época. América una obra inconclusa. Más que un continente, una premonición, una muralla incrustada en el trayecto de las especias. Las Antillas, bocetos a lápiz, alucinaciones de navegante.
Uvita cinco siglos después
Uvita nunca figuró en los planes de escape de los grandes piratas, tampoco estuvo entorpeciendo las rutas de salida de doblones de oro, ni fue testigo de insólitos naufragios. Fue discreta en tiempos de la colonia e hizo lo posible por no suscitar la codicia de las metrópolis. Más que isla, es un puño de roca que algún terremoto interpuso entre la bahía de Limón y los pantanos de terra-ferma.
El poco talento para la hazaña hace de Uvita un lugar propicio a la conjetura, a las divagaciones de un gran navegante que murió lejos de los territorios que hubiese querido seguir ignorando.
El espíritu del almirante genovés ronda la isla, aquel que confundió Limón con el estrecho de Malaca, desoyó a los indios de Cariari creyendo que Uvita era el anticipo de Sumatra y desairó a las doncellas enviadas por el cacique de los tariacas como pacto de amistad. Su presencia se respira. Se conserva en ese islote semivirgen de boscajes muy erguidos, donde los almendros crecen en oleajes rojos, las uvas de mar encienden los labios del marinero errante y está fresco el tinte en los pechos de las doncellas pintadas como los “berberiscos”.
Hay personas que saben la leyenda, de cuando mandó a las indias de vuelta, de la gran ofensa a los señores de la tierra, etcétera, etcétera ¾Stanislao recorre de punta a punta el islote varias veces al día para matar el tiempo. Es el vigía de la isla, un trabajo que se consiguió luego de haber convivido con los pescadores artesanales en el Mar del Sur. Por una mujer cambió de océano, por una mujer cambió de oficio. “Mi esposa es cabécar legítima”. Ella quería salvarlo de los tiburones y lo condenó a vivir como un ermitaño.
La isla está a unas cuantas brazadas del muelle, pero es una especie de confinamiento. Siempre lo fue.
Mayo de 2005
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