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  Palabras de Volodia Teitelboim ante la reunón constitutiva del jurado del Premio Casa de las Américas 2005




Volodia Teitelboim    editorial@cubaliteraria.com







Espero que ustedes , los miembros del jurado y todos los aquí presentes en esta reunión de trabajo, de libres afinidades y opiniones diversas, tomemos en cuenta a un lejano antepasado. Hagámosla ahora pues en este 2005 se cumplen cuatrocientos años desde que Don Quijote salió a caminar por las letras y las almas recorriendo los caminos de la Mancha, o sea, de la Tierra, de la conciencia humana.

En verdad todos los aquí convocados, más muchos otros que andan dispersos por el diablo mundo, tenemos algo de quijotes. De ese hombre que recordaba a los cabreros que antes existió una dichosa época, que llamó la Edad de Oro, donde no había ni tuyo ni mío, donde todo era de todos.

No creemos que este sueño, que algunos se permiten despreciar con cierto imperial desdén y lo denominan utopía, sea imposible de realizar. La demostración está a la vista en esta Revolución Cubana que acaba de cumplir 46 años, lozana, vigorosa y siempre alerta. No faltaron los que al nacer la estimaron una quijotada. El dictador derrotado le auguró a lo sumo dos años de vida. La verdad es que ella vino para quedarse, desarrollarse y hacer que ese supuesto milagro fuera verdad inconmovible, a pesar de todos los ataques, de las Playas Girón, del casi medio siglo de despiadado bloqueo y la tozudez escandalosa del gigante egoísta. Nueve o diez prepotentes mandatarios de Estados Unidos han llegado a la Casa Blanca con el designio perverso de acabar con la hazaña libertadora que se despliega en la vereda del frente. Todos ellos han abandonado el Salón Oval con la cola entre las piernas. Esta vez Don Quijote ha triunfado, no precisamente sobre molinos de viento y seguirá triunfando sobre los atroces pragmáticos cuyo miope fanatismo resulta contrario a todo derecho internacional.

Hubo y siempre habrá gente que admire a Don Quijote. A veces, tal vez sin saberlo, son pueblos enteros, con conciencia libre y generosa.

Don Quijote sabe leer y escribir. Tiene conciencia de sí mismo. Una revolución, que se lanza al asalto del cielo, tiene que saber quién es ella misma y quien es su porfiado adversario. Confía sobre todo en el gran ideal de lograr que el hombre sea liberado por el hombre, que el pueblo sea liberado por el pueblo, consiga edificar una sociedad donde en cada cabeza haya una voluntad de ser libre y que ésta convicción valerosa sea compartida por todos los que no quieren volver a la esclavitud con otro nombre ni a la ignominia pagada en dólares.

La ímproba tarea realizada ha aprobado todos los exámenes de la historia. Ha cambiado el país, su mentalidad. La revolución ha educado a todo un pueblo. El cubano figura entre los más ilustrados del mundo. Es posible que ocupe el primer lugar en materia de cultura. El cubano de hoy sabe mucho más que el ciudadano medio de Estados Unidos. Su dios no es el mercado sino el respeto por los derechos humanos, concebidos en toda su vastedad, incluyendo la dignidad, el coraje, el rechazo a la tortura y la convicción de que ha construido una sociedad más justa, que ella puede alcanzarse aunque el dragón colosal eche todos los fuegos por sus fauces.

Los padres y madres de la hazaña

Mirada con la perspectiva de los años, desde ese tiempo en que algunos de nosotros fuimos jóvenes, y ahora Fernández Retamar nos llama el “decano de las escrituras”, tenemos que hablar también de la grandeza de ciertas conductas, de mujeres y hombres corajudos y precursores. Hay que decir que en un principio fue la realidad y la visión de un mundo que podía ser a ratos apocalíptico la que hizo nacer la idea madre. La idea de la liberación, que al fulgor del combate, se transformó en la idea de la revolución.

Sin duda, fue Fidel Castro quien delineó esta trayectoria compartiéndola con los intrépidos muchachos del 26 de julio, con los compañeros “patria o muerte”de Sierra Maestra. Entre los héroes, los protagonistas de esta proeza, que empezó pequeña, secreta y tuvo en el desembarco del Granma tal vez su hora más crítica, allí el conductor de los quijotes, dijo a los escasos doce sobrevivientes: “hemos triunfado”.

Son personas así las que cambian la historia y la proyectan a un nuevo amanecer. Lo que el médico asmático, un argentino cubano, le pide a Fidel en México, donde están refugiados, que cuando triunfe esa revolución, entonces vista como utopía asombrosa, le permitiera partir de nuevo al campo de batalla en lejanas latitudes.

Prestemos atención al hecho de que la idea de la Casa nace como hija inmediata de la victoria de los muchachos soñadores y tiene su edad. Serán los fundadores de una Nueva Cuba. Ella nacerá apenas se acalle el chasquido de los tiros. Prima entre ellos en todo momento la convicción que “las trincheras de ideas son más invulnerables, sólidas y creadoras que las trincheras de piedras”. Ello llevó a Fidel a sostener desafiante y visionario, en la cara y en la casa del enemigo, algo que escribió con letras de oro macizo, en La historia me absolverá, recordando que el padre del Moncada no fue un burócrata, ni un terrorista, ni un general represor ni un ministro de trigos poco limpios, sino José Martí, quien dio la vida cuando más hacía falta, como lo dijo no sé bien si Gabriela Mistral o Rubén Darío, con la poesía de la más alta moralidad. El padre de la Nueva Cuba y de la América Futura es el que escribe también en prosa maestra, teñida con su sangre, páginas que siempre debemos tener a mano, como el Evangelio laico de un continente. Asimismo es el padre intelectual de esta Casa. Algo más. Nuestra América debería ser texto básico en la formación ciudadana de todos nuestros países. Enseña a aprender lo que es ser latinoamericano de verdad.

La línea continua de los titanes

Martí no sacó su pensamiento e inspiración de la nada. Lo extrajo de las profundidades de la historia prohibida. Entre muchas herencias patrias, fue el continuador, el sintetizador magistral del padre de la libertad en nuestra América, de Simón Bolívar, aquel titán que, como dijo el poeta “despierta cada cien años, cuando despierta el pueblo”. Venezuela es hoy la comprobación resonante de este verso profético, la prueba de que la poesía también en sus expresiones más altas se casa con la acción necesaria y el porvenir que despunta en el horizonte.

Nadie podrá olvidar tampoco el carácter recio, el valor legendario, el papel luminoso de la fundadora de la Casa de las Américas. Haydée Santa María –la antecesora de Mariano Rodríguez y de Fernández Retamar- una heroína con muchos duelos en el corazón, quiso transformar a los mártires caídos en combate en presencia viva. Los que sacrificaron su existencia en aras del mundo que debía ser tenían que participar en la realización del sueño que ellos soñaron, mantenerse erguidos. Para ello funciona la memoria que el arte literario escribe, la memoria que hace poesía, prosa, novela, cuento, ensayo, teatro, música, cine, fotografía, literatura para niños y jóvenes, una literatura grande como la del ancho Brasil, que fija las imágenes para siempre, indelebles y victoriosas.

Estoy convencido que el nombre mismo de la institución que nos acoge no es accidental: esta noble Casa de las Américas. Porque el sueño de Bolívar no murió en Angostura ni en el Congreso Anfictiónico de Panamá. La idea tenía raíces inextinguibles en la historia que fue prehistoria, en la historia siguiente de nuestra América, en todas sus etapas. E incluso en esas culturas subterráneas que forman la base de nuestras culturas, con centenares o tal vez miles de pirámides mayas o Macchus Pichus aún sepultadas, misteriosas y tan reales como el sol que aparece sobre los Andes majestuosos. Se forja en esas edades al bajar el hombre del río Bravo hacia el Sur, llegando hasta la Patagonia y la Tierra del Fuego. Todo era, fue y es un mundo paralelo y único que sólo más tarde supo que existía otro mundo en Europa, África y el Oriente. Pero partiendo del Caribe, desde México hasta Argentina y los hielos antárticos, multitud de culturas propias hacían de este continente un todo que podía tener muchos nombres e inventar muchas respuestas en la conformación de una prehistoria que no fue el cero ni el vacío, más bien del ocho acostado que representa el infinito, una evolución distinta ante el gran desafío de la aventura humana. Dejó sus katunes o sus quipus como una evidencia escritural a su modo del que quería trasmitir la noticia de su historia y las nociones de su mundo capaz de cantar el Popol Vuh.

Los escisionistas salidos del cielo, del infierno o del mar

Los conquistadores europeos, los falsos dioses de barbas rubias, trataron de imponer la ley del embudo, del vencedor aplastante de las culturas autóctonas, de sus cosmogonías, de su libertad, su independencia, su modo de vivir y de concebir el universo.

El fin de la Colonia enfrentó dos políticas de fondo: Mantener la unión de toda esa América o implantar la división en países que se habían formado y emergido, creados en medio del tiempo y vasto panorama. El combate fue entre los unionistas, los humanistas de ese tiempo, los lectores apasionados, los filósofos políticos de entonces, que eran todos los grandes libertadores, enfrentados a los divisionistas, los caudillos locales, al servicio de los opulentos encomenderos, ambiciosos de poder personal o de grupos que procuraban hacer su propia América, despedazándola, metiéndosela al bolsillo. Condenaron a todos los libertadores fundamentales Bolívar, San Martín, O’Higgins y muchos otros a la muerte o al destierro. Sucedió una catástrofe. A la vez la cuna ensangrentada de casi todas nuestras repúblicas fue herida muy temprano por el garfio frío de la potencia del Norte que había olvidado tempranamente los valores de la Revolución Francesa y de su propia emancipación, adoptando, en 1823 la Doctrina Monroe y el llamado “Destino Manifiesto”, enfatizando que Dios había confiado a los Estados Unidos la misión de reinar sobre toda América y luego sobre todo el mundo.

Cada uno dirá su opinión

Ustedes, amigos, miembros del Jurado, venidos de tantos países, prácticamente de toda nuestra América, conocen muy bien los diferentes capítulos de esta historia, de este combate, de este duelo, de este reconocimiento y recompensa platónica y por vida. La batalla de la unión americana, de “nuestra América” es de ayer, de hoy y de mañana. Sólo así, con esta unificación de lo que nació unido, podremos enfrentar el embate invasor, posesivo y divisionista.

La Revolución Cubana, incluso cuando sólo estaba concebida en embrión, mucho antes de su triunfo, siempre pensó que la animaba una idea cultural altruista. Mostró desde antes de sus orígenes una originalidad plena. Tomó la iniciativa en todos los terrenos. Aprendió del mundo lo que había que aprender, pero se nutrió siempre de las esencias internas, de su propia odisea, del sentimiento latinoamericano y caribeño, sumando la fuerza de todas sus raíces, rescatándolas en su intimidad del fondo de tres continentes, proyectándolas para generar una nueva realidad justiciera y democrática, ese nuevo “pequeño género humano”, como lo definió Bolívar.

Digamos que los primeros pasos de la Revolución Cubana fueron formidablemente masivos, populares e inspirados por el reto de la conquista indispensable del conocimiento. El esfuerzo inicial de índole colectiva fue enorme y fructífero: alfabetizó a todos sus habitantes. Había que pensar en grande, educar a un pueblo hasta transformarlo en el más culto de América, en el más sabio y también en el más generoso y abierto a la justicia, a la literatura, el arte, la ciencia más moderna y responsable. Porque Cuba prepara médicos para toda América Latina y hace de los antiguos cuarteles escuelas. Nadie se queda al margen del proceso, de la gran refundación. El Caballero de la Triste Figura es el personaje más solidario. Cuba el país más solidario del mundo, en grado superlativo, casi inverosímil, pero absolutamente real.

No creo que haya país en el orbe que haga tanto por el desarrollo de las fuerzas morales, por el conocimiento lúcido generalizado. Aquello que en el resto de América Latina y en la mayor parte del planeta, es la concepción de la cultura como privilegio de un sector, quinta rueda del coche o simplemente una flor en el ojal, que hay que lucir en el festejo de las efemérides, en Cuba es un hecho natural, cotidiano, como el pan o la respiración del aire limpio, que también purifica el ambiente, con el mar a la vista desde todas partes.

El trabajo del jurado

Hoy se inauguran con alegría y expectante sentido de responsabilidad las tareas del Jurado del concurso literario Premio Casa de las Américas. Es el más importante del continente. Ahora se concede el Premio en un período de madurez y por vez 46, la misma edad de la Revolución. Camina con el paso firme y consolidado de la Revolución Cubana. Es un ejemplo de continuidad, de ritmo sostenido en el tiempo, conquistando grandes espacios intelectuales de nuestra órbita, con crecedora cobertura, con la fuerza del talento expansivo que va llegando en son de paz cultural, aparte de su tierra natal de América Latina y del Caribe multicultural, a los enclaves del castellano en Estados Unidos.

Creció chiquito y se hizo grande porque ha sido garantía de amplitud, de aquel que abre puertas a los más diversos géneros y procede en justicia haciendo de la calidad un requisito primordial. Son ya muchos los premiados por Casa de las Américas que lucen sin vanidad ante el mundo el galardón merecido y enaltecedor de una concepción de la literatura libre, exigente pero también expuesta a todos los vientos renovadores, sembrando nuevas libertades incluso en continentes lejanos, fomentando todas las sensibilidades creativas de la mujer y del hombre que quieren escribir como una manera de ser. No caben aquí ni el sectarismo ni el compadrazgo ni la estrechez. Enorgullece al Jurado aceptar esta misión espiritual de tanto alcance. Porque gran parte de la literatura, atravesando husos horarios y paralelos remotos, sin duda, incluso en esta América que amamos, está polucionada por los malos aires de la dictadura del mercado, de la farándula, del amiguismo, muchas veces hijos corruptos del marketing y del favoritismo respecto a los que han cedido a la seducción del establishment. Figuran en la lista de los pupilos del régimen, así como la mayoría de los escritores independientes queda recluida en las torvas nóminas, tácitas o explícitas, de la lista negra.

Aquí en Cuba, no hay favoritismos mezquinos ni listas negras de ninguna clase. Escribir con rigor, hondura y sinceridad, conforme a la conciencia libre de cada cual, es una tarea que en nuestra América Latina suele ser labor casi heroica. Bajo el imperio de las corporaciones y las tentaculares multinacionales del libro, dominando el mercado de la llamada “cultura industrial”, la convierten en una prisionera dorada u oscura. En el primer caso, exaltada por los medios hasta las nubes retóricas en función del mercado. Dicho ambiente no es el más propicio para el despliegue de las letras, a las cuales dedicó su vida don Miguel de Cervantes Saavedra, el autor, incomprendido en vida de ese Quijote prohibido en la América Española colonial. Quiso venir a ella para probar mejor suerte. Pero ni él en persona ni su libro padre fueron admitidos.

Son muchos los grandes o los medianos que confiaron y seguirán revelando sus mundos secretos, entretejiendo la realidad y los sueños actuales y permanentes de la humanidad, con la esperanza que la literatura ayudaría a la sociedad a ser mejor, convertida en la expresión más entrañable de los anhelos de la gente.

No es nuestra misión imponer reglas, escuelas, recetas ni tendencia ninguna. Sólo nos regimos por el dictado de la conciencia, de la libertad de pensamiento y la capacidad de creación de cada persona, junto al amor también por la belleza, que es el amor que un hombre puede sentir por una mujer y también la decisión ética de defender la identidad de su pueblo, la paz y el respeto a sí mismo, a una extensa condición humana, que rechaza el fantasma ya estrenado y palpable de las bombas atómicas, de invasiones, de guerras, de hambrunas y miserias del Tercer Mundo, que hacen del globo terrestre un sitio que necesita arreglo urgente y que empezó mal el siglo XXI y el Tercer Milenio.

A pesar de todos los Irak, de todos los bloqueos contra Cuba, tenemos confianza en que un día no lejano se impondrá la humanidad propositiva de don Quijote; que enseñará algo a las naciones, así como otros Textos Capitales, los Manifiestos que entraron en la historia, las novelas que conmovieron a las madres, a los jóvenes; los cuentos de misterio, los poemas encendidos, que desataron el encantamiento de los enamorados, esos libros que comunican a la conciencia mensajes de humanidad, de ternura, de amor. Tales libros figuran también entre los forjadores de los grandes y pequeños cambios necesarios. Contribuirán a abrir la puerta del porvenir que Cervantes avizoró como la utopía que, animando a los hombres de buena voluntad, quieren convertir en realidad los sueños ancestrales y modernos, posibles para todos los Quijotes y Sanchos de este mundo. Desean alcanzar algún día la pequeña cuota, modesta porción de la soñada ínsula de felicidad para todos, superando la vigente filosofía del “valle de lágrimas”, como se han propuesto los necesarios, los indispensables para hacer mejor este mundo, donde los “malos” son muy poderosos pero no hay constancia que sean más que los buenos, según los cuentos que leímos en nuestra muy remota infancia.



Texto enviado por Enrique Lopez Oliva monitorhavana@enet.cu      Enero de 2005


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