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  La culebra de José



Ramiro Herrero Beatón   beaton@cultstgo.cult.cu







José terminó la consulta médica a las tres y treinta de la tarde. el diagnóstico del doctor no fue nada agradable. Los análisis no especificaron el tipo de enfermedad, aunque el médico se inclinaba por un posible cáncer, hasta ahora desconocido, que estaba minando todo su organismo. Era como una especie de autofagia para protegerse del entorno. El organismo de José se estaba comiendo a sí mismo. En los últimos cincuenta años no se había producido un caso como ese.

José salió del hospital y caminó por las calles de la ciudad sin rumbo fijo. Estaba como anonadado. Se negaba a aceptar que los médicos no hubieran podido diagnosticarle con exactitud la enfermedad por muy terminal que fuera. Tal vez le ocultaban la verdad por un falso humanismo. Muchos eran los pensamientos que poblaban su mente. Cuando se vino a dar cuenta, estaba llegando al parque en las afueras de la ciudad, donde se había refugiado muchas veces para meditar, reflexionar, estudiar y hacer el amor. Allí se acostó sobre la yerba recién podada, cuyo olor penetró todo su cuerpo por el sentido del olfato. Cerró los ojos y respiró profundamente varias veces hasta sentir cierta paz. Así estuvo acostado más de una hora.

Por su mente pasaron muchos recuerdos: algunos bellos y hermosos y otros tristes y amargos. La madre muerta le sonreía sentada en su cama nupcial con toda la cabellera negra desplegada sobre sus hombros desnudos, mientras que su difunto padre le mostraba una carta donde le decía cómo era la exuberante selva venezolana, llena de animales peligros y árboles que podían acabar con la vida de una persona en pocos minutos. Pensó en la antropofagia subsistente aún entre algunos pueblos africanos y en las selvas vírgenes de América del Sur. Pero nunca se imaginó que el propio organismo del hombre se devorara a sí mismo hasta su desaparición. ¿Qué hacer? ¿Ver otros médicos? ¿Realizarse nuevas pruebas? Se preguntaba una y otra vez. Entonces, esperanzado, decidió ver otros especialistas que llegaron a la misma conclusión de los primeros médicos. La angustia lo fue minando poco a poco por su incapacidad para buscar una solución satisfactoria al problema.

Había perdido los ánimos, el entusiasmo y la alegría para vivir. Hasta que una noche se despertó sobresaltado porque le habían revelado la manera en que podía salvarse. No se volvió a dormir. Por el contrario, preparó una mochila con ropas para una semana y se fue para el monte, a un lugar que llamaban la Caridad. En la terminal de ómnibus tomó una guagua hasta el Cruce de Gladys, donde alquiló un caballo que dejaría en la Torcaza en la casa de un campesino llamado Hilario. A pesar de lo abrupto del camino y la lluvia pertinaz arribó a la tienda de Luis Perera a la cinco de la tarde. El trayecto lo había realizado en tres horas. Caminó hasta la casa de una persona muy allegada donde pasó la noche. Allí recuperó fuerzas para trasladarse hasta lo de Nicolás, haitiano que practicaba el vodú desde su infancia hasta convertirse en sacerdote del rito.

Como era un viernes, José tuvo que esperar que Nicolás terminara su consulta. Cuando le tocó su turno, se presentó al sacerdote y éste le ordenó quitarse las ropas y subirse sobre un caldero que había puesto boca bajo. Nicolás tomó un candil encendido y comenzó a pasarlo por todo el cuerpo de José quien estremecido por el miedo temblaba como una hoja. Los ojos de Nicolás parecían dos llamas que pretendían quemar el cuerpo de José y junto con él, el daño que había recibido de intereses enemigos.

Al terminar el despojo, Nicolás salió del cuarto ritual y se adentró en el monte. José se quedó en la habitación y observó que era pequeña , pero llena de abalorios, fetiches, copas, piedras, raíces y láminas de santos. Le llamó la atención una pequeña piedra imán que reposaba en el fondo de una enorme copa de cristal. ¿Para qué sería aquello? --se preguntó. La respuesta la dio Nicolás al entrar poco tiempo después.

-- Es una piedra santa que con su favor se puede lograr cuanto se quiera. Pero tiene que ser bien atendida. Es celosa, susceptible, de grandes condiciones y bebe la sangre de gallo y el aguardiente con pimienta y ají guaguao. Posee dos caminos: el del bien y el del mal. Esta vez nos ayudará a curarte con estas ciento un raíces que acaba de sacar del corazón del monte. Con ellas voy a prepararte un brebaje que debes tomar todos los días en ayuna. Usarás esta pequeña jícara como medida. No debes tomar más que lo que te marqué.

Nicolás estuvo más de dos horas preparando la botella con el brebaje. Mientras él se las ingeniaba para dotar de poder bienhechor el contenido de la botella, José esperaba sentado en uno de los secaderos de café. Allí tomó café pilado al instante y colado con agua de azúcar hirviente.

Después que Nicolás le entregó la botella, José emprendió el regreso a su casa y al siguiente día comenzó a tomar la pócima bendita que arrancaría de su cuerpo el daño terrible que le habían hecho. Al término de los siete días empezó a sentir unos tremendos dolores de barriga que lo hicieron correr al servicio sanitario, pero no le dio tiempo a sentarse en la taza. Una culebra negra de gran tamaño salió de sus intestinos y huyó despavorida hacia el patio. Cuando José la vio se dio tal susto que comenzó a dar gritos. Sin embargo como nadie la pudo ver, no le creyeron, y a partir de ese momento fue el hazmerreír de familiares y amigos y cuando lo veían le preguntaban:

-- ¿Dónde está la culebra, José?

Pero a José no le importaba que se rieran de él porque a partir de ese momento, la enfermedad que lo aquejaba desapareció. Su rostro recuperó el color normal del hombre sano. Sus ojos, hasta ese momento apagados y tristes, brillaron de nuevo con intensidad y alegría. José había regresado a la vida. Al mes justo retornó a la casa de Nicolás y ofrendó un chivo que fue sacrificado al santo propiciatorio.



Marzo de 2006



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