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  Walter Ferguson - El Compay Segundo de Costa Rica



Yazmin Ross   yazminross@racsa.co.cr



Img: www.calabashmusic.com



Un comercial que promueve transitar por el mundo del consumo a bordo de una alfombra mágica llamada Visa, utiliza como banda sonora el calypso de un viejito caribeño que parodia la vida del músico desposeído, capaz de ir por la vida con una guitarra herrumbrada y un solo pantalón.

“Vivís en este mundo. Necesitás Visa”. Curiosamente la voz y la música que acompaña las imágenes que muestran un Buenos Aires glamoroso, hipermoderno, por el que se puede transitar sin restricciones con una tarjeta de crédito, pertenecen a un viejito caribeño de 86 años que nunca puso un pie en un estudio de grabación, jamás entró a una cadena de hamburguesas y su única relación con las computadoras es un calypso que les dedicó a esas “loras de vidrio” que lo volvieron loco dándole y quitándole una pensión.

Su nombre es Walter Ferguson, una especie de Compay Segundo que vive en Cahuita, una aldea de pescadores y cultivadores de cacao en el Caribe de Costa Rica, que estuvo aislada del mundo hasta hace poco y a la que ahora llegan cientos de turistas en busca de su sueño tropical.

Al igual que Compay Segundo y todos los artistas cubanos del Buena Vista Social Club, Ferguson vive su momento de gloria a los 80, cuando su voz y sus canciones fueron registradas en un improvisado estudio de grabación montado en un modesto hotelito que su familia posee a la entrada del Parque Nacional de Cahuita.

Ahí, sofocado por el calor de los colchones y las alfombras puestas contra puertas y ventanas para aislar el sonido de las loras, los perros, la heladera y los buses turísticos, Ferguson aceptó cantar algunos de sus calypsos y dejar un testamento musical en un CD llamado Babylon. Eso fue en julio del 2002 y su voz, su sencillez, el inocente humor de sus canciones, conquistaron a un basto público y alentaron el surgimiento de una colección centroamericana de música con el sello Papaya Music, que se dedica precisamente a reflotar músicos o géneros olvidados.



La cabaña en el agua

Muchos argentinos han comenzado a preguntarse de quién es esa voz frágil, carcomida por la edad que se acompaña nada más que de una guitarra y de dónde viene la canción que sirve de hilo conductor a este supra-comercial, que publicita una serie de marcas icono (Adidas, Fedex, Microsoft, McDonald’s, Pirelli, Aerolíneas Argentinas) muchas de ellas citadas con sólo un fragmento de neón, el paisaje visual que circunda al ciudadano de la gran urbe, “el mundo en que vivís”, el que se surca mejor a bordo de una alfombra mágica llamada Visa.

La canción que transporta esta alfombra mágica es Cabin in the wata, (Cabaña en el agua), un calypso compuesto por Ferguson allá por los años 80’s que cuenta la historia de Bato, un amigo suyo que tenía su casa frente a la playa. Cuando fue creado el Parque Nacional de Cahuita, una representante del gobierno llegó a desalojar a Bato, un descendiente jamaiquino que alegaba haber nacido en Costa Rica. “No importa si nació en Etiopía o en Costa Rica, usted no puede quedarse ahí”. La canción deriva en una situación muy cómica entre Bato que decide construir su casa en el mar y la representante del gobierno que, muerta de calor, termina saltando al agua para refrescarse.

“Aparte de sincera y simple, la canción de Ferguson es muy inocente por decirlo de alguna manera –comenta Sebastián Olivieri, el Director Creativo de la Filial argentina del monstruo de la Publicidad Yunger and Rubican-. La letra, más allá de su sonido, sentimos que nos ayudaba a hacer crecer el comercial en ironía por contraste”.

“En el mundo capitalista de las marcas alguien vive en una cabaña al borde del agua y es capaz de hacer una canción de la misma manera en que vive: desprovista de casi todo. Tiene sólo lo indispensable: una voz y un instrumento, hasta su sonido es simple”.

Ferguson llegó a las manos de Sebastián Olivieri como regalo de una persona que lo compró en sus vacaciones en Costa Rica. Las casualidades hicieron que la música de Ferguson se filtrara sin querer en los oídos de los creativos cuando estaban en el dilema de optar por una música muy densa y estridente o por algo muy simple, algo como lo que estaba sonando en ese momento en el equipo casero.

“Racionalizar una sensación es complicado y la verdad teníamos la idea y estando en mi casa con mi coequiper escuchando el disco, cuando empezó a sonar Cabin in the wata y los dos sentimos que teníamos banda para el comercial”, agrega Olivieri, quien se siente muy complacido con el efecto que produce la banda sonora sobre esa propaganda de las propagandas.



El calypsonian

Esta anécdota es totalmente coherente con la historia musical de Ferguson, quien hasta antes de la llegada de Papaya Music a su entrañable Cahuita, se encerraba en su dormitorio con la guitarra y un viejo grabador a confeccionar un cassette diferente para cada persona que deseaba comprarle su música.

Nadie sabía el carácter personalizado de cada cinta, el tesoro fonográfico que se llevaban a cambio de unos cuantos colones (la moneda tica). Gavitt –como lo llaman sus familiares y amigos- se limitaba a preguntar al interesado cuándo se iba de Cahuita, hacía sus cálculos, iba a la pulpería de la esquina a comprar un cassete virgen, invertía el tiempo necesario en llenarlo con una buena muestra de su repertorio y lo entregaba al turista sin mayor pretensión que ofrecerle un recuerdo de su aldea. Y es que don Walter vive en otra dimensión, una dimensión que no se corrompe con la tecnología.

Cuando una turista alemana le obsequió un sistema de doble cassettera, Gavitt encontró muy complicado eso de quedarse con un original y hacer clones para la venta. Aún ahora, con dos compactos en su haber (Babylon y Dr. Bombodee), Gavitt sigue ofreciendo sus grabaciones caseras en las que se filtran los perros, los monos aulladores, las dudas, los dedazos, los cortes abruptos y ese tipo de contingencias. No se lo ofrece a cualquiera, sino a un selecto grupo: “Si es una buena persona, le doy un cassette”. Lo importante no es la calidad del sonido, sino el gesto afectivo.

Walter Gavitt Ferguson proviene de una tradición que tuvo especial desarrollo en Trinidad y Tobago, Barbados, en las islas Providencia, Ciudad Colón, Panamá, y cuyos mejores compositores han desaparecido: Lord Cobra, Lord Panamá, Lord Kitchener, Papá Houdini, uno de sus mentores.

Esa isla se convirtió en la cuna del calypso debido a un hecho fortuito: la llegada de un equipo de grabación en 1912, y con ello la posibilidad de grabar esta nueva música con piano, banjos, guitarras, contrabajo o quijongo. Los ritmos del calypso comenzaron a navegar hacia Nueva Orleáns, Nueva York y las islas del Caribe junto con los intérpretes y compositores de Trinidad que se hicieron muy populares en Jamaica y en Nueva York.

Paradójicamente, el calypso se hizo famoso en Estados Unidos con un tema de Lord Invader que parodiaba la alegre vida de los marines norteamericanos acantonados en las islas del Caribe durante la Segunda Guerra Mundial, con “Rum & Coca Cola”. El tema data de 1943 y fue una especie de dulce venganza hacia el imperio que luego se encargaron de propagar el actor Robert Mitchum, en los ambientes de Hollywood; y el cantante Harry Belafonte, el primero en vender un millón de copias de un producto discográfico.



El hombre de un solo pantalón

Ferguson es probablemente uno de los últimos contadores de historias al más puro estilo de los trovadores caribeños, siempre dispuestos a narrar lo que acontece en la comarca con personajes que pasan de un calypso a otro como en las tiras cómicas. El equivalente sudamericano del calypsonian es el coplero, el que posee agilidad mental e ingenio para la improvisación y el duelo verbal.

Los Calypso Tents de Trinidad han sido el escenario donde los improvisadores y cantantes miden su ingenio y rivalizan entre sí mofándose de la realidad, derrotando al contrincante con la mejor rima y la sagacidad. Los Calypso Tents se libran en los días previos al carnaval y son el sitio donde se disputa el reinado entre lores que exhiben nombres pomposos (Lord Melody, Lord Relator, Lord Radio). En el Caribe Centroamericano, los calypsonians son seres más marginales.

La figura del calypsonian, tal y como Ferguson lo pinta, está desapareciendo: ese personaje que transita con más pena que gloria por los ambientes artísticos y por la vida; el extranjero, el desposeído, el perdedor que ha renunciado al romanticismo porque las mujeres se aburren de él o lo hunden en la pobreza.

Ferguson es músico, pero también un gran humorista. Se ríe de la inutilidad del calypsonian atraído por el carnaval y por chicas glamorosas que lo desvalijan luego de llamarlo “caramelito”.

Su vida y sus canciones están salpicadas de situaciones absurdas, que no siempre son entendidas por el público que compra sus discos, ya que están cantadas en inglés criollo con algunas influencias hispanas propias de la cultura dominante en Costa Rica. De niño su madre lo envió a Puerto Limón, a la casa de la tía Doris con la esperanza de que aprendiera música. La tía tenía el mejor piano de Limón, pero nunca mandó al muchacho a tomar lecciones de música, de modo que la enseñanza no pasó de ahí, de vivir una temporada con una tía que tenía un hermoso piano en la sala.

Ferguson es el “Dr. Bomodee”, el médico de la aldea, el que cura a todos con su música. Es el hombre de un solo pantalón (One pantman) y de una sola camisa (One shirt man). Y es el estudiante que cree tener resuelta la vida deletreando la palabra Bueno.

Su calypso “Computer” también es mitad ficción, mitad vivencia personal que retrata de manera genial lo que sucede cuando uno es borrado del sistema: “Hace un tiempo me dieron una pensión a mí y a mi familia/ la computadora nos hizo entender que yo tenía mucho dinero y propiedades. Computer dice esto, Computer dice lo otro y los oficiales están de acuerdo. Computer dice el diablo sabe lo que hace y me quitaron la pensión, yeh, yeh!...”

Lo más grandioso de Gavitt es que ocurra lo que ocurra con su música, así se filtre de chiripa al mundo de las grandes marcas, sirva para sublimar el consumo o para icontrarrestarlo, él permanecerá inalterable, ajeno al fenómeno que ha creado, contentándose con atender a las buenas personas en el hotelito de familia y quizás regalarles un cassette con perros, loras y alguna otra contingencia caribeña.



Octubre de 2006



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