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  El "almohadón de plumas", como diría Quiroga



Mirta Yañez



Texto reproducido por cortesía de la autora, que agradecemos.
Con su libro de cuentos Falsos documentos (ed. Unión, La Habana 2005) Mirta Yañez ganó el Premio de la Crítica Literaria 2006 auspiciado por el Instituto Cubano del Libro.




(Vease también Falsos documentos de Mirta Yañez y el cuento Nada salvo el aire)



Poco antes de despertar de la última pesadilla de su vida, Rodríguez tuvo aquella visión nítida e incomprensible: una carta de baraja, la Sota de Bastos, se deslizaba sigilosa debajo de su cama de moribundo.

Abrió los ojos e hizo un esfuerzo por preguntarle a Irene el sentido de la carta furtiva, algo dañino sin dudas. ¿Traición ? ¿Venganza ? ¿Destrucción ?

Irene observó con indiferencia el rostro demudado de su marido, pero no se movió de la silla ni le habló. Volvió la vista al libro que estaba leyendo y pensó que su vida junto a Rodríguez había sido « un largo escalofrío », como diría Quiroga.

La Sota de Bastos, se angustiaba Rodríguez, en dónde estaría escondida la metáfora que se le escapaba. Si tan siquiera Irene lo ayudara a encontrar una explicación, alguna lógica. En la lejanía, Irene supo que Rodríguez acusaba en carne propia la sensación que tantas veces la laceró a ella, « indemne en la casa hostil », como diría Quiroga.

Rodríguez suspiró hondo para llamar la atención, apenas con una frase ella sabría calmarlo. Irene, sin embargo, siguió leyendo, simulando un desinterés que estaba muy lejos de sentir. Durante mucho, demasiado tiempo, Rodríguez la había sometido a sus mudeces, a sus enquistamientos ya inocuos, pero que antaño había odiado con « todo su espanto callado », como diría Quiroga.

Qué importaba ahora nada, se dijo a su vez Rodríguez. La sangre se fue yendo de su rostro y recostó desfallecido la cabeza. En un vago impulso, Irene no pudo dejar de mirar los pliegues de la piel que alguna vez había amado tanto, el dejo de brillantez en la mirada, ahora desvaída, que le había hecho soportar todos aquellos años « en el silencio agónico de la casa », como diría Quiroga.

La expresión de horror en la cara de Rodríguez hizo que, por fin, Irene se acercase y acomodara mejor la cabeza del enfermo sobre « el almohadón de plumas », como diría Quiroga.

Rodríguez cerró los ojos. A Irene nadie, nadie podría culparla de nada. Ni siquiera que mientras Rodríguez dormía, el almohadón de plumas hiciera su trabajo. « Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a adquirir en ciertas condiciones proporciones enormes. La sangre humana parece serles particularmente favorable, y no es raro hallarlos en los almohadones de plumas », como diría Quiroga.



Octubre de 2006



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