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  Nada salvo el aire



Mirta Yañez



Texto reproducido por cortesía de la autora, que agradecemos.
Mirta Yañez presenta su libro de cuentos Falsos documentos (ed. Unión, La Habana 2005) a La Feria del libro de La Habana 2006 (2-12 de febrero en La Habana y hasta el 15 de marzo en otras ciudades cubanas)




(Vease también Falsos documentos de Mirta Yañez y El "almohadón de plumas", como diría Quiroga)



Todo fue encajando. Necesitaba hacer tiempo y la Morgan Library, en la esquina de Madison y la 36, quedaba apenas a ocho cuadras del parque Bryant donde tenía la cita con K. No desaproveché la oportunidad que me regalaba el destino de ver con mis propios ojos los manuscritos de Poe, la apretada y nerviosa caligrafía que dibujaba la palabra nevermore.

Todavía sobrecogida por la contigüidad con el Maestro, caminé por la 5ta avenida hasta la 42. Nadie parecía darse cuenta que un cuervo volaba tras mis pasos.

Y allí estaba yo, con mis lúgubres pensamientos sobre el abandono, en un banco del parque Bryant, al final de aquella helada tarde de la primavera neoyorquina. K. no llegaba, y creo que nunca llegó. Aunque daba igual: sobre mi cabeza, en las peladas ramas del árbol, me acompañaba el Cuervo.

"Cuervo solo, cuervo viudo", dijo el vagabundo. No se dirigía a nadie en particular. Etaba vestido todo de negro; por lo demás, como yo misma y la mayoría de los transeúntes de New York. Bebía, a pequeños sorbos de una botella plástica, un líquido transparente que parecía agua; pero olía a aguardiente barato. Fumaba un cigarillo tras otro que sacaba de un maletín colocado encima de un bulto de trapos y papeles, acomodados en un carrito de supermercado donde parecía acumular todas sus pertenencias en este mundo.

El aire se enrareció y el Cuervo soltó un graznido punzante. El vagabundo levantó un dedo hacia mí y me preguntó:
"¿Has maldecido a las potencias celestes?"
Contesté sinceramente que no, con la cabeza.
"¿Has bebido hasta hundirte en el cieno de la inconsciencia?"
Volví a negar.
El vagabundo frunció el ceño con desaprobación y yo pensé que no pasaría la prueba. Me dio tra oportunidad:
"¿Alguna vez has intentado doblegar el dolor del alma con el dolor físico?"
Con alivio le respondí que sí.
El vagabundo dirigió al Cuervo una mirada cómplice. "Las certidumbres, dijo, siempre entrañan sufrimiento, sea cual sea la verdad alcanzada. Van Gogh... - y, con la mano tan blanca que se transparentaban las venas, realizó un gesto como abarcando una bandada de aves en los celajes del atardecer - el último año de su vida pintó a unos cuervos en el trigal. Los cuervos no abandonan..."

Sin darme cuenta se había hecho de noche. Quise retornar al orden natural, al de aquellos paseantes despreocupados o con prisa. El vagabundo entonces, como dando por cerrada la conversación, citó de memoria los mismos versos que yo acababa de leer, hacía apenas unas horas, en la Morgan Library: Nada salvo el aire que encubre la mágica soledad. Me miró y yo, como si hubiera visto a un fantasma, palidecí.



Febrero de 2006



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