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 Celeste Cumbia 



Daniel Moncada   cronopios@cable.net.co



Compositor, Director de Orquesta, Productor Popular de la Bacanería.
Nacido en Barranquilla - Colombia





Todos los pueblos del mundo identifican el sentir de su esencia primigenia con los símbolos que les son afines, los cuales satisfacen su vocación de unidad, o como se dice hoy, su sentido de pertenencia.

Cuando algún día rebusquemos en nuestros sentimientos el camino extraviado de los sueños, cuando iniciemos entre todos la deconstrucción/construcción paradigmática del nuevo hombre y mujer colombianos, cuando aterricemos sin complejos del egoísmo, el importaculismo y la injusticia, cuando comprendamos que los cañones más potentes que nos dio el destino para conquistarnos y conquistar el pluriverso son nuestras músicas raizales, nuestra bacanería igualitaria y nuestra alegría invencible, ese día redescubriremos colectivamente a la tranquila, noble, ancestral y Celeste Cumbia .

La cumbia es un baile reinventado y enriquecido en la costa caribe colombiana, unión sagrada del cumbé, danza típica de Guinea Ecuatorial, con el aporte musical indígena y español. Originariamente la coreografía se organizaba en una serie de parejas sueltas que portaban velas o antorchas encendidas como ofrenda a sus compañeros. Es un potente y majestuoso homenaje vital que se eleva en el aire; el golpe imperturbable del llamador semeja nuestro sino de luchadores irreductibles, la risa continua del guache y las maracas son nuestra alegría consustancial, las filigranas audaces del tambor alegre recuerdan nuestra vocación lúdica y genial, la flauta de millo pregona al viento nuestro espíritu de libertad y la tambora es la madre, la Ursula Iguarán, la sacerdotisa que nos lleva por medio del cuarto tiempo shamánico a estados trascendentes de la conciencia, puesto que el alma colombiana responde a este conjuro musical como a un hechizo.

La cumbia es sin duda, el diapasón fiel en el que mejor vibra el alma de este mosaico de emociones desacordadas que llamamos Colombia; su mágica presencia donde quiera que resuene, en una noche de los llanos, en un atardecer pastuso o en la bucólica sabana boyacense nos hace sentirnos hermanos Pan-colombianos.

La reina de nuestro folclor, la mama grande de nuestros cantos, la monumental, la elegante, la transparente, la única en América que tiene sus claves en el tiempo al aire, la Celeste Cumbia, ha tenido que marchar al exilio, como tantas mujeres nuestras, en busca de su destino y hoy la vemos vestida con atuendo mexicano, gringo, chicano o argentino, para seguir fertilizando con su cadencia vivificante otras tierras más propicias. En efecto desde la Argentina hasta Canadá la cumbia ha sido adoptada como suya por todos los pueblos de América. La cumbia es una voz popular que vitaliza la resistencia cultural Latinoamericana. Su aliento divierte multitudes y consagra tanto a modestos y espontáneos grupos de músicos barriales en Argentina, en México o Perú, como a superestrellas del género pop insertas en el mercado discográfico norteamericano como la desaparecida Selena.

En los últimos años en Colombia se ha hecho uso y abuso de vocablos como Cumbia y Folclor, hasta el punto que cualquier desprevenido podría pensar que este despliegue de interés obedece a una sincera pasión por nuestros cantos y ritmos primordiales. Pero la verdad, aunque duela, es que desde las altas esferas hasta el hombre común, en cada rumba de alto y bajo vuelo, nuestra cumbia es la humilde muchacha, llamada de última al baile para entretener a los amos, ahítos de licor foráneo y sones extranjeros.

Desde nuestros músicos cultivados y consagrados hasta los neófitos alquimistas de “fusiones” folclóricas juran fidelidad a la cumbia en agonizantes e intrascendentes festivales vernáculos. Pero el amor no es sincero. La cumbia amada por fuera pasa casi desapercibida en casa. Esta discordancia no es gratuita, es otra prueba del rumbo extraviado de nuestro barco colombiano; la cultura se ha politizado, corrompido, amanerado y altos cargos desde donde se podrían trazar directrices más afines a nuestro auténtico sentir, se asignan generalmente a jóvenes señoras inexpertas pero siempre de encumbrada genealogía política. La cumbia no hace parte de una política cultural de protección por parte del Estado. Muchas manifestaciones musicales folclóricas en Colombia están al servicio de egoístas intereses politiqueros que buscan legitimarse camuflándose como defensores de lo popular. Lo arcaico sostiene el poder.

Ante esta situación sería menester incentivar el amor, el gusto, la fascinación por la cumbia como símbolo de identidad continental con raíces y proyecciones planetarias. Todos las asociaciones que amen la vida en América deben recordar que la cumbia es uno de los pocos y últimos símbolos de la alegría, es un instrumento espiritual para sobreponer la desgracia de la pobreza e impulsa el aliento libertario. La tarea cultural es realizar actos sencillos, factibles e inmediatos donde la cumbia esté presente. Por ejemplo: asignar un grupo de cumbia libertaria que siempre acompañe, como talismán afortunado, a delegaciones deportivas, a todos los luchadores por la dignidad humana, a los ecologistas y pacifistas en todas sus manifestaciones tanto lúdicas como políticas.

Un gobierno popular y democrático con interés en el patrimonio cultural podría crear un instituto de Cumbiología, con divulgadores en los medios masivos de comunicación e investigadores comprometidos con la resistencia a las músicas globalizadas; ojalá se instaure una cátedra obligatoria de Cumbiología en cada conservatorio musical del país; un festival internacional de la cumbia vigoroso, cuyos frutos provoquen una renovación estilística, formal, instrumental, armónica y melódica de nuestro ritmo insignia; y en fin, regresar a lo nuestro que es el vivir acordes a ese pulso lento de nave que surca el océano sin prisa, desprovistos de la alienación que nos deparan otras músicas mercenarias conque infectamos nuestra sensibilidad a diario. . .

Cuando deseemos unir este territorio de costeños y cachacos y clausurar de buena fe el antagonismo atávico entre Bolívar y Santander y cuando por fin podamos emerger por sobre nuestros abismos rencorosos, entonces encontraremos el verdadero corazón colombiano y caribe, obstinado, intrépido, justiciero, indio, español, negro, mestizo, rebelde, mulato, soñador, poeta y cósmico andariego en la Celeste Cumbia.



Noviembre 2004


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